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‘Me parece que existe una buena porción de evidencia de que las cosas que los seres humanos básicamente necesitan son muy pocas en número. Precisan un sentimiento de protección y seguridad a fin de que se les atienda cuando son jóvenes, de modo que sientan seguros. En segundo lugar, requieren una familia, clan o grupo o algo que les haga sentir que están dentro y que pertenecen por derecho a él. En tercer lugar, han de tener el sentimiento de que la gente los aprecia y de que merecen ser amados. Y en cuarto lugar, deben experimentar estima y respeto’.
(Abraham H. Maslow, 1967)

Se sostiene que algunos países que viven en democracia porque están gobernados por el pueblo a través de sus representantes, de modo que por lo menos desde el punto de vista formal, se cumple el precepto y mejor en ciertos casos no nos detengamos a analizar mucho la cosa. Hay otros a los que por suerte y Designio Divino les ha tocado una Dinastía de la que de tanto en tanto se desprende un Rey que reemplaza al saliente y continúa en la ilusión de decidir sus destinos mientras los políticos, remedo contemporáneo de los cortesanos, manejan los hilos mientras la realeza se pavonea en la revista HOLA®. Esto es lo que se conoce como monarquía y hay países en los que nos guste o no, funciona. También, en nuestro bendito planeta, hay naciones con feroces tiranos que se apoderan del gobierno por la fuerza y después someten a la gente bajo el paso del miedo y a esos los llamamos dictaduras. Serían interesante saber qué somos nosotros, los habitantes de este país periférico del sur que tenemos, al parece, un poco de cada uno y como todo ente híbrido, estamos en riesgo de que nos emerjan taras desconocidas producto en muchos casos de indefiniciones de identidad social que lleva a no saber qué hacer con lo que nos toca cada vez que nos toca. Tenemos un ADN inestable. De pronto somos mesiánicos y concebimos líderes (por así llamarlos) que nos llevan al estrago, como dice Fandermole en su canción ‘Solo’, para pasar a paroxismos de democracia en los que os la pasamos deliberando en planos de igualdad hasta llegar al estado de ‘parálisis por el análisis’ que termina en la mayoría de los casos en abandonos prematuros de la Casa Rosada. Somos una suerte de demócratas por discurso, monárquicos (súbditos) por vocación y dictatoriales por nuestra propia soberbia de creernos los mejores del mundo y por ende, portadores de todas las soluciones.
Formo parte de un pequeño y aún disperso grupo. Soy uno de los que piensan que vamos derecho al iceberg mientras los capitanes miran para un costado y hacen como que no ven esa inmensa mole de hielo que se recorta en el horizonte y ha superado ya la categoría de amenaza para convertirse en hecho. Vaya uno a saber por qué no se dan cuenta que el golpe de timón es aún posible, pero el margen de tiempo para darlo cada vez se estrecha más y va a llegar un momento en que por más que se intenten maniobras heroicas, plenas de efectismo, el choque va a ser atroz y se va a cobrar muchas víctimas, básicamente porque este enorme barco no tiene la cantidad necesaria de botes salvavidas, ni la provisión de chalecos que hacen falta para toda la tripulación y los pasajeros y menos aún un plan de evacuación coordinado que permita desalojar la nave en orden y sin desmanes ni aglomeraciones en las salidas de emergencia. Muy por el contrario. Nadie ha previsto que haya que abandonar el buque de un momento a otro y entonces se deja en manos de la providencia que es la denominación teológica de la improvisación y que se salve quien pueda, sin respetar siquiera el precepto: ‘Las mujeres y los niños primero’.
A la hora de tirar hipótesis a los vientos para que corran la suerte que deban correr, se podría pensar que no es tanto que se ignore el estado de cosas, sino que sucede algo bastante peor: Se subestima, algo así como pasaba años atrás con las drogas y el narcotráficos que jamás nos iba a pasar a nosotros porque no somos Mexico o Colombia, verdad de Perogrullo si las hay, pero tampoco nos hemos ocupado en adquirir un sistema de defensas que aleje la posibilidad de estar como ellos en este tema … o peor que ellos porque cuando decimos que no somos iguales (nos conozco) queremos decir que somos mejores y eso sí que es mentira. Una mentira tan grande como el iceberg hacia el que vamos derechito para darle de lleno cuando llegue el momento. Con las drogas y el narcotráfico no nos iba a pasar y nos pasó. Ni qué hablar de lo que ha sucedido de un tiempo a esta parte con la educación. Justo a nosotros que éramos más que el ‘granero del mundo’ en este sentido. Exportábamos tantos cerebros que podríamos habernos llamado el ‘neuronero’ del mundo y también chocamos la calesita y se nos murieron los caballos de madera. No es de sorprenderse, entonces que un país que se sigue recostando en la figura de Favaloro como paradigma de la salud nacional, sin tener en cuenta que el gatillo del arma que se llevó al pobre René lo oprimió el sistema. El mismo sistema que hoy le rinde utilitarios homenajes, a la vez que mantiene su ‘nombre-marca registrada’ en la fachada de una fundación donde las guerras internas pondrían los pelos de punta a cualquier capo de una barra brava de las picantes que tenemos en nuestra enorme y generosa nación.
Seguridad y justicia no la pasaron mucho mejor y hasta se podría decir que se han transformado en el paradigma del descrédito y si la imagen del ‘vigilante de la esquina’ despertando confianza y sensación de protección nos acompañó a muchos en nuestra infancia, hoy nos evocan más a las fuerzas de seguridad el apriete, la coima fácil, la corrupción sistémica y la casi plena certeza de que a muchos, el arma les queda grande. Es complicado si la autoridad de quienes custodian la seguridad de los ciudadanos está en tela de juicio porque a partir de esa premisa, empiezan a regir reglas de juego nuevas que son en general la semilla de la barbarie, del ‘sálvese quien pueda’ y de la ley de la selva, donde cada uno, dejando la solidaridad colgada en el perchero más próximo a su domicilio, hará ‘la suya’ lo mejor que le cuadre y lo que salga, salga. Ya es tarde, me permito advertir, para pedirle a Dios que los libre y guarde porque lo primero no pudo o no quiso hacerlo y lo segundo, al menos con la gente que tiene encargada del trabajo, no parece que vaya a ser posible, al menos por lo pronto. Qué se puede decir de un sistema de seguridad y judicial que necesita tener seis chicos y una pareja muertos por un demente para darse cuenta que hay personas que no pueden andar sueltas por la calle y que la decisión de confinarlos lejos de la sociedad a la que han jurado lastimar pasa por ellos, por los que han sido designados por esa sociedad para hacer que las leyes se cumplan, para intentar en todo momento que se haga justicia y en especial, para anticiparse a cierto tipo de hechos, actuando como dicen ellos, de oficio porque de otro modo, vamos a necesitar una robusta cohorte de víctimas provista por más trenes descarrilados (los que fueron, no han resultado suficientes), uno que otro avión caído, unas cuantas mujeres y niños masacrados por violentos, algunas fechorías sangrientas de las barras bravas y combos delictivos varios para que la justicia reciba del poder político (como si hiciera falta) el mensaje producto de una exquisita percepción de la realidad: ‘algo hay que hacer’.
Es verdad que al menos en lo que se refiere a la salud, los que viajan en primera clase siguen disfrutando de la travesía, ajenos a lo que sucede más allá de los ojos de buey, sin prestar la menor atención a los signos sutiles de deterioro que se van notando en la embarcación a mediad que trascurre el viaje. Esta gente que ha pagado muy caro su pasaje para asegurarse de que no le falte nada y que toda contingencia esté prevista en el contrato, no tiene la menor idea de que cada vez hay menos con qué responder porque si bien es cierto que al recorrer las instalaciones uno se ve cautivado por la profusión de tecnología que impresiona y fascina con tanto indicador, tanta tecla, tanto botoncito y tana luz de color. Tanto aparato y tanto dispositivo puesto al servicio de quienes eventualmente lo necesiten da una sensación de seguridad pocas veces percibida por un mortal común. Uno se siente protegido bajo un techo electrónico que no permitirá que pase inadvertido ningún indicio de enfermedad, por más insignificante que sea. Esa certeza de estar a salvo no es un dato menor y vale lo que se paga por ella porque en definitiva se cambia una cantidad determinada de dinero por tranquilidad y tratándose de gente para la que el dinero no es problema, pero la incertidumbre sobre su futuro sí, el negocio es más que redondo. Comprar protección y sanidad a cambio de cuotas elevadas y ajustables según vaya a saber uno qué índices, parece ser hasta ahora un buen negocio en nuestro país. Ahora. Para los de clase económica, segunda y tercera, sobre todo a los que viajan debajo de la línea de flotación, el panorama no es tan auspicioso porque el día en que no haya para todos, a los primeros que les va a faltar, en serio y sin vueltas, es a ellos.

Naufragio

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