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– ¿Por qué vino a verme?
– Porque nadie me cree que estoy enfermo

Ejemplo ajustado de los que se ve en la práctica diaria con tantas personas que han ido saltando ‘de piedra en piedra’ como cruzando un arroyo de montaña y en ninguna de esas piedras pudieron hacer pie. No lograron detenerse a descansar ni a pensar un instante en sí mismos porque el espacio ya estaba ocupado por musgo que hacía resbalosa la superficie y no permitía ni siquiera la ilusión de una estabilidad momentánea. Nadie puede soñar con la otra orilla si la única alternativa para vadear la correntada es peligrosa, poco confiable, armada con herramientas de expulsión y desestabilizadora. Nosotros los médicos, somos de algún modo esas piedras, la opción rudimentaria e incompleta de puente y en general solemos embadurnarnos de musgo que no es más que lo conocido que va decantando con más o menos análisis y se estratifica en nuestra manera de ser y de trabajar en la consulta. Capas superpuestas de preconceptos y prejuicios, tanta cosa sabida y poco cuestionada y tanto dogma suelto que nos ocupamos de atrapar con mucha facilidad porque se sabe que el dogma es un animal torpe que no sabe moverse y que es consciente de su carencia de predadores. Estamos protegidos de la novedad por una película impermeable que muy pocas cosas nuevas pueden atravesar, a menos, claro que nos demos cuenta que es nuestra curiosidad ingenua que remeda a la del niño la que hará que podamos perforar desde adentro hacia afuera esa costra paralizante que nos impide saber qué pasa en realidad con el ser humano que nos mira a los ojos y espera que le preguntemos para disparar un torrente de historias que se van a renovar constantemente y siempre serán nuevas y quién dice que hasta sean las piedras fundamentales de una vida que minuto a minuto va a verse, va a oler, va a saber y va a tener la textura de algo recién estrenado. Seamos la piedra que recibe a ese caminante que no conoce el terreno y le ofrezcamos la superficie sólida y confiable donde su pie se asiente, así toma el impulso necesario para dar el próximo paso o seamos la alternativa para que se detenga en nosotros, se siente y dedique el tiempo que sea necesario para contemplar ese fluir del agua que seguro le hará recordar su propia historia y nosotros, desde esa posición falsamente estática de piedra asentada en el lecho del arroyo, nos preguntaremos por qué fuimos elegidos y a la vez trataremos de encontrar el modo de saberlo a través de quién nos eligió. Haremos preguntas y él responderá porque en cierto modo esperaba que preguntáramos y nosotros ansiábamos saber y mientras más hondo llegamos en la historia, mientras más agua cristalina e inquieta se desliza delante nuestro, estaremos más cerca de estar cerca de la verdad de ese momento, de ese destello de sol en el agua que no se va a repetir jamás. El nos dirá que le pasan cosas y nosotros vamos a creer que eso es cierto y no va a importar en lo absoluto que no sepamos el nombre de esas cosas que él siente que le pasan y por eso, justamente, necesita decirlo. Sin juicios de valor ni prejuicios, sin etiquetas (tan parecidas a los estigmas), sin púlpitos del saber que sólo sirven para controlar ‘al más débil’ para que no se desboque. El y yo buscando el modo de entender, de perderle el miedo a los torrentes de montaña y de saber no tanto por qué le pasan las cosas, sino que cuando le pasen, va a haber alguien al lado suyo para ayudar en procura de la porción de luz que corresponda para iluminar lo que viene.

Torrente

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