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Medicamentos que hacen más daño que bien o no hacen nada o no mejoran lo existente aunque cuesten diez veces más. Papelones de mercado que no tienen nada de gracioso como para ser considerados ‘Bloopers’ y subirlos a YouTube para que se viralicen. En estos casos la cosa para a años luz del chiste. Se enferma gente y algunos mueren, salga lo que salga en los diarios. Me hace acordar a las noticias que se publican cuando dos bandas de delincuentes rivales se agarran a tiros o con lo que tienen a mano y como es de prever, la batalla termina con bajas que se atribuyen a ‘ajuste de cuentas’. Me suena mal porque esa expresión tan poco feliz da aval al dicho ‘quien mal anda, mal acaba’ o sea esa o esas muertes se toman como algo previsible como ‘muertes anunciadas’ porque ‘algo habrán hecho’. En el caso de las ‘bajas’ que se relacionan con el lanzamiento muchas veces precoz de un fármaco, cosa que tiene que ver con una especie de ‘ansiedad de mercado’, son muertes inherentes a un proceso de investigación, pero tan anónimas y marginadas de los medios de comunicación que no dan la talla ni siquiera para ser mártires. Cuántos habrá de los que ni siquiera tenemos noticias. No es que prefiera no pensarlo, pero al no tener punto de referencia alguno como para ponderar la magnitud del fenómeno, todo lo que diga va a quedar suspendido en el aire sin tener siquiera el formato de hipótesis. Uno o mil. Tampoco da lo mismo, pero con que sea uno es suficiente para que algo se movilice dentro nuestro y nos obligue a pensar si es que acaso la investigación puede tomarse esas licencias y permitirse esos ‘daños colaterales’ que debemos recordar son seres humanos con identidad y rol social determinado que de un día para el otro, dejan de estar y la despiadada escoba del olvido los barre más temprano que tarde sin remedio.
Qué decir los recursos a los que debemos echar mano los profesionales de la medicina para mantenernos lo más al día posible. Qué decir de la La Literatura Médica que cada vez es más literatura y en consonancia, cada vez es menos médica (en el sentido clásico de lo científico) porque obedece en gran medida a intereses que tiene que ver más con la necesidad de imponer modalidades de diagnóstico y/o tratamiento que benefician sobre todo al que fabrica los equipos que sirven para detectar enfermedades y a los que desarrollan drogas que vienen a solucionar problemas de salud. No siempre el conflicto de intereses se revela. Muchas veces es sutil y otras tantas se mantiene oculto para ‘el gran público’ que en general no ha desarrollado una habilidad de lectura crítica tan competente como para descubrir dónde se esconden las pistas que llevan a concluir que uno o más autores de un artículo o un trabajo tienen vínculos con la industria. El tema es que esos autores, muchas veces catalogados de ‘expertos’ lideran el diseño y la confección de guías de práctica clínica ‘hechas a medida’ para el uso de tecnología y/o moléculas y miles y miles de profesionales con fe en esa expertise, siguen los consejos de los popes de la medicina creyendo que todo lo que se dice en esas guías es transparente y ´sobre todo sustentado en la mejor evidencia científica disponible. Habrá guías, sinopsis o síntesis que sí se mantienen dentro del marco ético y dicen la verdad que se conoce (por más provisional que sea esa verdad), pero habrá otras que no y no siempre se nota la diferencia a simple vista. Hay que andar por los mares de la lectura y empaparse bien de lo que se escribe, mirar con muchos ojos el mismo texto, averiguar de dónde viene y sobre todo quién o quiénes están detrás, lo que en resumidas cuentas y en buen romance significa preguntarse a quién o quiénes les conviene lo que sale publicado día a día en las distintas fuentes de información biomédica. No nos olvidemos, por otra parte que muchos trabajos, precisamente los que no resultan como se previó y no pueden ser falseados, ‘mejorados’ o torcidos para el lado del provecho de investigadores y patrocinadores, no se publican, de tal suerte que cuando llega un medicamento o una innovación tecnológica al mercado, sólo disponemos para juzgar su pertinencia y verdadera utilidad de los datos publicados, algo peligroso porque dentro de lo que no sale a la luz puede haber información que desalentaría el uso de un elemento si es que esa información se conociera con la misma fuerza con la que se resaltan los hechos positivos.
¿Estas cosas se saben? ¿Los médicos tienen idea de que ocurren? Sí que se saben y estimo o quiero creer que los médicos tienen idea de que ocurren. Digo estimo porque a veces, conversando con algunos profesionales es como que no me queda claro si son o se hacen, partiendo de la premisa que sostengo desde hace mucho tiempo y es que la ingenuidad se pierde una vez que recibimos el alta de neonatología. Me da por pensar de repente que a veces no conviene saber y menos aún hablar de ciertas cosas porque en algunos casos sería más o menos lo mismo que escupir al cielo. Alguien con conflicto de intereses, por más insignificante que sea, jamás mencionaría el tema de manera abierta porque corree el riesgo de que ese poncho que se despliega puede calzarle. Esta es una de las razones por la que es complicado mantenerse dentro de ciertas líneas de conducta en el ambiente de la medicina actual. Da la impresión de que hay que ceder demasiado para no obtener casi nada, al menos desde un pensamiento materialista que tiende a relegar un poco preguntas tales como ¿Por qué se es médico?

Adentro III

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