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Uno se tienta y se sube al caballo para despotricar desde un lugar un poco más alto que el piso. En una de ésas así se escucha mejor, piensa y ya acomodado en la montura, se da cuenta que no hay mucha diferencia, pero ya que está montado, se quedará allí para no reconocer que se equivocó en la estrategia. Mientras tanto y como para hacer algo, elige los insultos y los imagina como dardos envenenados de punta muy aguda, capaces de paralizar a esos personajes que tienen sometido al mundo. Uno se deja llevar, un poco por la sangre caliente, otro poco por la ignorancia y termina mezclando las cosas. Pone en la misma bolsa a los que especulan con la pobreza y la necesidad, a los que se atornillan en un cargo que en sus comienzos puede ser electivo, pero se transforma con el tiempo en patrimonial, a los que no tienen el menor sentido del bien común, a los chorros de arrebato y a los jueces que se empeñan en sembrar delincuentes porque según ellos, la ley así lo prevé. Son iguales los que comercian con medicamentos adulterados, los que saben que se descalabra el dólar y salen antes que cualquiera a comprar cuanto verde ande suelto. En esa visión borroneada por la bronca y la impotencia, todo se ve oscuro y como los contornos dejan de ser definido, existe el peligro de que paguen justos por pecadores, cosa rara por otra parte, ya que el stock de justos se halla en franca disminución y de hecho, hay mucha gente interesada en que se extingan.
Un pierde tiempo y calidad de vida quejándose de todo lo que pase cerca y transformando lo que en un momento fue indignación legítima y deseo genuino de luchar para que cambie aquello que no funciona, en fuegos de artificio que podrán hacer mucho ruido, pero duran tan poco tiempo que no alcanzan a inquietar a nadie. Sólo los niños, los estúpidos y los inconscientes se lastiman con la pirotecnia y el mundo que nos duele no obedece está al mando de ninguno de esos tres grupos, de tal suerte que después de tamaño despliegue de protesta y declamación apocalíptica, los que manejan los hilos siguen allí, detrás del escenario y para sorpresa de muchos ingenuos, tienen a su disposición unas cuantas marionetas más. Es inútil manejarse con pirotecnia o con francotiradores porque estos podrán ser muy precisos en sus disparos, pero en los tiempos que nos toca vivir, no tienen mucho sentido porque le acertarán a unos pocos, pero son tantos los enemigos que no dan tiempo a remontar el arma y entones dejan pasar a la mayoría. No es tiempo de guerra abierta, ni de discursos encendidos, ni de quejas de amplio espectro.
Ha llegado la hora de asumir que somos parte de las estructuras perversas que pretendemos derribar. Los abogados que se dieron cuenta que muchos de sus colegas están tan cerca del derecho como D’Elía de la tolerancia, los policías que entienden que a muchos les queda grande el uniforme porque se lo colocan demasiado pronto, los jueces que saben que no han llegado a los tribunales para ganar amigos y que de algún modo, cada vez que emiten un fallo, alguien no queda conforme, los médicos que ven como la vara de medir competencias y actitudes va bajando cada vez más, hasta colocarse peligrosamente cercana al piso y así la lista podría seguir en un repaso a vuelo rasante por todas las profesiones y cada uno de los ámbitos que uno quiera analizar. Desde la política hasta la iglesia. Pero que quede claro algo. Cuando yo, como médico, describo con lujo de detalles la patología de mi profesión, debo asumirme como parte de ella. Una célula sana de un cuerpo enfermo no deja de pertenecer, por su sanidad, a ese cuerpo. Lo que se hace es tratar de curar lo que se ha alterado, ya sea con medicamentos o con cirugía y esos tratamientos, se sabe, producen efectos secundarios que no respetan a ninguna de las unidades del cuerpo. Si uno se considera sano, debe recordar que la marea de la enfermedad, de tanto en tanto, también baña sus costas y por eso se debe estar alerta para que no se estanque agua contaminada en la playa, a la vez activo para limpiar los posibles desechos que vienen montados en las olas.
La medicina está enferma y lo suyo es terminal. Puede ser aunque me parece un enfoque no sólo excesivo en lo pesimista, sino cómodo porque da la excusa perfecta para no hacer nada, ni siquiera algo paliativo, total, el paciente tiene los minutos contados. Después de mucho dar vueltas sobre el mismo asunto, rumiar con persistencia bovina hasta que el jugo empiece a rezumar, darme contra las paredes y hasta recuperar la capacidad de asombro que tenía traspapelada, creo que sí, que es cierto que la medicina está enferma, lastimada, malherida si se quiere, pero no desahuciada. Lejos de eso, estoy convencido que hay cura posible, pero a partir de un presupuesto no negociable y es que los sanos y los enfermos somos parte de la patología y de algún modo tenemos que ver con su tratamiento, en una suerte de reescritura de la afirmación clásica de origen bíblico: ‘El que esté libre de culpas que tire la primera piedra’ aunque con variantes que adecuan más esta sentencia a la realidad con la que nos toca lidiar. Hay culpas y culpas. Hay quienes estuvieron donde no se debe, se dieron cuenta y volvieron. Mientras otros que pese a saber dónde van, siguen por el mismo camino, hay unos cuantos que se quedaron allí, le sacan provecho a su situación y no tienen entre sus planes inmediatos el regreso porque no les conviene. Otros oscilan entre las dos posiciones sin definirse, simulando que van a la deriva cuando en realidad se mueven de manera calculada como mejor les resulta. A veces da la impresión que están de este lado, pero a la primera de cambio, muestran la camiseta del equipo rival. Son los más peligrosos, sin dudas y es bueno saber de su existencia. Más aún, parecen ser los que poseen mayor capacidad de multiplicarse y de ocupar espacios. De modo que el refrán bíblico podría reformularse sosteniendo que a menor es la culpa, mayor el tamaño de la piedra que se puede tirar. Ahora bien, de las pedradas que se pueden recibir en el transcurso de la historia, poco se dice.
Guerra de guerrillas. Vietnam del Norte contra los Estados Unidos. Mimetizarse con ellos y corroer su sistema desde las propias entrañas en un sutil juego de espías y simulaciones. Puede ser una táctica efectiva llegar a los portales de la verdad, donde residen los dueños de los cuchillos con los que se corta el queso todos los días tocando la flautita del afilador. No se pierde nada con intentarlo. No sólo porque la mano de obra calificada está escasa, sino porque es en general complicado el problema de la pérdida de filo de los cuchillos, más aún cuando vemos que el queso cada día viene más duro y complicado de trozar. No se trata de arruinarles las hojas o de hacer un trabajo chapucero porque no sólo no nos llamarán más, sino que se pueden despertar sospechas y eso no nos conviene. A no olvidar que carecemos del poder de fuego suficiente como para enfrentarlos. En esta instancia, nuestras mejores armas (tal vez las únicas), son la cabeza fría, la astucia, la perseverancia y la paciencia. Se trata de mantener la calma y de avanzar con cautela como si estuviéramos en un campo minado. Tiene que ser así, por más que nos pese a todos los que tenemos ansias de atacar del fuerte de una, con la cara pintada de rojo, revoleando el hacha y gritando como energúmenos, bien a lo indio y ahí que pase lo que pase. A asumirlo, muchachos, los malones son cosa del pasado. Ahora se pelea de otro modo y habrá que adecuarse. No queda otra.
El primer problema o sea cómo la emprendemos contra los indeseables queda más o menos definido. La infiltración en las estructuras perversas es imprescindible y de allí, la mimetización y el trabajo de hormiga de ir carcomiendo los pilares de la perversión hasta que el sistema que enferma y mata al mundo termine derrumbándose. Fenómeno. Dicho así, en estos términos, parece una pavada, pero a poco que uno se mete en el tema, se da cuenta que es bien complicada la cosa y que sobre todo, no se va a hacer de un día para el otro. Se hace patente la idea de que los resultados son inciertos y que muchos de los que empiecen la pelea se podrán arrepentir a la mitad y pasarse a las filas del frente. Riesgos calculados que le dicen. Complicado, largo, penoso, sin recompensas a la vista ni beneficios tangibles. Es probable que además haya muchas bajas y que al final de todo, el sistema termine más fuerte porque lo que no mata … Todo eso puede ser cierto y hasta concedo que llega a tener la fuerza de una verdad revelada, pero hay otra certeza que llevamos dentro los que podemos tirar piedras de un buen tamaño y es que el intento, vale la pena. Algunos lo sabemos porque estuvimos donde no se debe y ahora, de regreso, podemos contar de qué se trata y otros porque entendieron que no hace falta cruzar el río para saber qué los espera en la otra orilla

Adentro II

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