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La miré. Era una cara conocida. En algún lugar la había visto. De eso estaba seguro, pero me asumo flojo de disco duro porque los vasos sanguíneos de mi sistema nervioso no son los mismos de antes. Mi incipiente deterioro focalizado en áreas sensibles (o convenientes) de la memoria tiene sus ventajas, he de decir. Tal vez porque en cierto modo se acompasa con el precepto del inefable Sigmund Freud que solía decir: ‘Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo’ o el más ajustado: ‘El secreto de la felicidad es tener buena salud y mala memoria’, cita atribuida a Cesare Beccaría, Albert Schweitzer e Ingrid Bergman en orden cronológico. Tal vez y sólo tal vez, este re-direccionamiento del nutritivo flujo sanguíneo a centros más primarios sea parte de una estrategia de defensa producto de la evolución de la especie que no logró otros mecanismos para mantener alegres a sus miembros, fuera de las coyunturas de éxtasis naturales o con el auxilio de sustancias que tienen efectos adversos que las hacen desaconsejables para su uso masivo. Es así que conforme a lo propuesto por Charles Darwin, la evolución decidió que olvidar es más inocuo y ha de ser por eso que a partir de cierta edad, es frecuente que se traban los recuerdos, como si la memoria tartamudeara y como segunda línea de protección, está dispuesto que cuando alguno logra escapar del cerco, aparece en la superficie mejorado y sin aristas deprimentes o melancólicas. No es la cara de este paciente que esperaba en el pasillo de los consultorios externos del hospital lo que despertó en mí esta catarata de reflexiones. Para nada. De un tiempo a esta parte ando por el mundo acompañado de diálogos internos que procuran desentrañar preguntas trascendentes con éxito variable. A no confundir estas conversaciones con alucinaciones auditivas, forma de presentación habitual de una esquizofrenia. Yo no hablo más que conmigo, lo hago en silencio, sin siquiera mover los labios, cada conversación se dispara en base a una pregunta concreta y jamás resulta en una orden o en una consigna y mucho menos en un deseo de producir mal o daño al prójimo, elementos que estimo me alejan de la psicosis y me convierten en un candidato muy poco potable a asesino serial, creo, al menos, pero en estos tiempos que corren, uno no puede estar completamente seguro de nada. El tema entonces es que creía conocer la cara del buen señor que esperaba justo frente a la puerta del consultorio, sentado muy compuesto en la silla. Punto. Que se me haya figurado la posibilidad aunque remota de que pueda estar incubando en mi interior un asesino serial me ha dado el motivo ideal para cesar tanto diálogo interno, para suspender ese andar a la deriva por pensamientos que entretienen, pero que no suelen conducir a nada. A partir de este momento, hago el firme propósito de limitarme a los hechos y no desviarme de ellos ni un milímetro. El hecho es que tenía un paciente esperando. Miré su ficha y no encontré nada que pudiera llamarme la atención. En realidad, para ser claro y sincero. No encontré nada de nada porque este buen cristiano era la primera vez que venía a la consulta. Cincuenta años, nacido en Salta Capital, secundario completo, cobertura médica por prepaga (no de las top), empleado en el ramo comercial, casado y residente en un típico barrio de clase media en las afueras de la ciudad. Si me hubiera esforzado en convocar a un tipo promedio, con nadie acertaba tan en el centro como con éste. Registros de enfermería normales y motivo de consulta: ‘Chequeo’. Me pongo loco. He de confesar que detesto unas pocas palabras de nuestro idioma: caballero, cabello (suenan parecido, así que sería un odio por patrón sonoro), esposa, chomba y chequeo. Creo que a esta última no la soporto por lo que se quiere hacer creer que es un chequeo. Hay como una tendencia al mensaje subliminal que trata de convencer a la gente que es bueno ‘hacerse todos los estudios’ una vez por año para ver ‘si hay algo’. Como suele ocurrir, sobre todo cuando se trata de temas de salud, se cuenta sólo parte de la historia y lo que se omite es sustancioso. Es imposible hacerse ‘todos los estudios’ y aunque se haga ‘casi todos’, ‘sí hay algos’ que ni la tecnología más fina y sofisticada es capaz de detectar y siguiendo el hilo del razonamiento, si todo sale normal, no significa que el médico pueda decirle al paciente, ‘vaya tranquilo que no tiene nada’. Sobran las anécdotas de ‘conocidos’ que tuvieran un infarto que casi los manda a pastar en las praderas del señor tres días después de un electrocardiograma normal, cosa que es perfectamente posible porque se trata de un estudio inespecífico cuya normalidad no descarta enfermedad cardiaca. Odio la palabra chequeo porque de esta ceremonia que es cada vez más tecnológica y menos médica, surgen frases del tipo ‘tiene una manchita en el pulmón que no me gusta’, ‘su colesterol está en el límite superior normal’ y ‘me parece que tiene un principio de hipertensión (o diabetes u osteoporosis, da más o menos lo mismo)’. En el primer caso, se abra la puerta al peregrinar de estudio por imágenes a estudio por imágenes porque hoy en día con una tomografía computada no basta. En los otros casos, lo que se pone en la mesa, es la necesidad de comenzar tratamiento con medicamentos, cosa que al grueso de los pacientes, a decir verdad, parece satisfacerles como respuesta médica, aún en los casos en lo que es la única que reciben, todo bajo la conocida sentencia: ‘Usted tiene esto … tome esto y dentro de … lo veo de nuevo, hacemos unos análisis y miramos cómo anda la cosa’. Da la impresión de que muchas de las recetas que salen de los consultorios son tiros de dado. No sé. Me parece y pocas veces he visto que la recomendación no pase por una molécula y menos aún que el chequeo no haya comenzado con una entrevista abierta en la que cada uno de los involucrados se tome su tiempo, un examen clínico detallado y luego los estudios que se desprendan como necesarios a partir de esa evaluación del paciente. No recuerdo que un profesional haya indicado dieta y ejercicios como únicos componentes de un tratamiento ante un paciente con ligero sobrepeso y niveles de azúcar en sangre un demasiado cercanos a los rangos que se consideran peligrosos. Es una de las preguntas que me vengo haciendo hace bastante tiempo ¿Qué entendemos por prevenir? ‘Una cosa es prevenir o sea emplear los recursos razonables para que una enfermedad no impacte en la población susceptible (el ejemplo más claro son las vacunas, la administración de ácido fólico en la gestación y la higiene dental, la potabilización del agua, el combate de vectores y el respeto a las normas de tránsito y otra muy diferente es fabricar una falsa sensación de seguridad a un paciente, a partir de los resultados de sus análisis, de una placa de tórax, un electrocardiograma y lo que el caballero y la dama gusten (y puedan pagar). ‘El doctor me hizo todos los estudios y me dijo que estoy bien’, frase que tiene algo en común con ‘Boudou es honesto’ o ‘Las empresas farmacéuticas sólo buscan el bien de las personas’. ¿Qué tienen en común estas tres sentencias? Que son mentira. El problema es que si Boudou es o no inocente no le cambia realmente la vida a nadie. En cambio, el negocio impúdico de la industria y la tendencia médica a hacer futurología irresponsable sí que pueden tener consecuencias nefastas sobre la gente que aún confía. Ya los japoneses hace unas décadas demostraron que mantener un estilo de vida sano era el determinante mayor de la salud de la gente, aseveración que debe haber dejado con la trompa por el piso a más de un médico que no ha leído a Li-Po que decía: ‘Los médicos sólo curan las enfermedades curables’ (y parafraseando, ‘sólo previenen las enfermedades prevenibles’). Lo tengamos claro: No sé a quién se lo escuché, pero es una frase que suelo usar mucho: ‘Hoy salvé quince vidas: No hice consultorio’. Créanme. Viendo el stock médico disponible, ya esta sentencia no me parece descabellada y lamentablemente ha perdido la gracia. Llamé al señor que seguía esperando en el pasillo:

-Buenas tardes, señor Alvarez
-Buenas tardes, doctor… veo que usted no se acuerda de mí

Sabía que lo conocía, pero seguía sin tener la menor idea de quién era. Saber su apellido no me ayudó. Se acomodó la corbata, dejó el maletín en el asiento de la silla, aclaró la voz y me explicó:

-Disculpe que abuse de su confianza. En realidad no vengo a consultar. Humberto Alvarez, de Truchofarm. Usted me conoció cuando estaba en Chantamedic. Vengo a presentarle nuestra nueva línea de antidepresivos que son muy superiores en calidad y precio en relación con los de la competencia.

Me vio la cara, levantó el maletín y desapareció de en el acto. Debió pasar por su cabeza que en mi interior se incubaba un asesino serial.

Chequeo II

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