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Tenía una cara llena de señas particulares sobre la que valía la pena detenerse un momento. Más que cara, parecía un mapa o un libro de historia. Por esos gestos y por esas expresiones, por las arrugas y la textura de la piel parecían haber pasado cosas de esas que cuando suceden, dejan huellas. Daba la impresión, al menos a primera vista que el sufrimiento iba ganando la batalla por paliza. No se alcanzaba a divisar rastro de alegría alguna, ni siquiera remota. Ojos con una luz tenue, como apocada y con la expresión que tienen aquellos que saben algo que uno ignora y una sonrisa que viajaba rumbo a la mueca y colgaba ladeada y un tanto hacia arriba. No sé. Me pareció por un momento esos santones que aparecen en las películas ambientadas en la India, como ‘Indiana Jones y el Templo de la Perdición’, en la que aparecen esos tipos flacos, prácticamente esqueletos ambulantes de ojos desorbitados que hablan un inglés que parece dicho a golpes de tambor. Aquí en Salta, ese tipo de santones no forma parte de la fauna autóctona, así que mientras buscaba otra metáfora, me dejé convencer que la analogía inicial se debía a que días atrás vi por enésima vez esa película y como en las veces anteriores, me pareció muy bien logrado el personaje del santón principal, un veterano de pelo blanco, con un corte como el de Larry de ‘Los 3 Chiflados’ que era de todo, menos gracioso. Tan bien hecho estaba que parecía llevar puesto el Apocalipsis. Una mano flaca y de piel bronceada tomando el canto de la puerta mientras la otra mantenía bajo el picaporte. Sin aclararse la garganta y con una voz clara que parecía salir de un sistema de sonido, más que de ese pecho magro y chato donde era impensada tal resonancia, me dijo mirándome a los ojos con una expresión que pese a todo se me antojó bondadosa y cálida:

– Se va a morir, doctor. Eso venía a avisarle.

Dicho eso, cerró la puerta con delicadez y desapareció. A primera vista, parecía una afirmación obvia porque conforme a la evidencia médica disponible, la muerte es de las pocas cosas que le ocurren al cien por ciento de la raza humana y por añadidura, a todos los seres vivos o sea que viniera de quien viniera, fuese el emisor de la profecía una autoridad científica en el campo de la salud o no, lo que afirmaba era una un hecho a producirse de manera inexorable, cosa que a mi criterio no admitía el menor comentario. De hecho, si se me disculpa la obviedad, sólo puede morirse el que está vivo. Sonreí no sin un dejo de melancolía porque hacía bastante tiempo que no me permitía este tipo de navegación así, como a la deriva calculada y todo por alguien que abrió la puerta de mi consultorio de Guardia y me dio ese mensaje que en principio desestimé porque cuando no me dan precisiones acerca de hechos futuros que me involucran, suelo mandarlos a la papelera de reciclaje y mi memoria de inmediato se olvida de ellos. Es como si hubiera armado en mi cerebro, no sin mucho trabajo, un sistema de filtrado que deriva lo relevante y desecha lo banal o lo que no cumple los requisitos que yo mismo impuse como para ser considerado de importancia. Las cosas del porvenir sin fecha, hora y en lo posible causa última, no pasan ese primer filtro y van derecho a la papelera. No obstante haber intentado como de costumbre, una gestión expeditiva del mensaje, la voz seguía resonando en algún sitio dentro mío. Cualquier lugar era posible, menos la papelera de reciclaje porque por definición es muda. Algo había fallado en los sistemas de procesamiento de información. Se me encendió la luz de alerta amarilla, cosa que ocurre de manera automática apenas mi mente, por un fallo en los controles o por lo que fuere, permite que se deslicen como serpientes por su casa ideas como ésta. Es un mal signo, por no decir un mal presagio y en general sucede cuando algunos engranajes necesitan aceite, porque un tornillo tiene la rosca robada o simplemente porque algo me preocupa o me atemoriza. Luz más amarilla porque cuando algo me atemoriza o me inquieta suele venir cargado de recursos como para saltar sistemas y barreras y dar en el blanco justo ahí, donde se encienden los motores de la obsesión. Me hice una composición de lugar, como se recomienda ante un ataque de pánico. Chequeé mi nivel de lucidez e ironías aparte de mis detractores, era satisfactorio. Desde el punto de vista clínico, al menos según los parámetros clínicos que suelen utilizarse en medicina para definir la severidad de un estado, todo aparentaba estar bien. Di un vistazo a mis factores de riesgo y no parecía haber amenazas en el horizonte, al menos con la suficiente magnitud como para alterar el equilibrio, al menos de manera inminente. No conforme con esta primera evaluación y sin que se me pasara siquiera por la cabeza una consulta con algún colega disponible, fui hasta la puerta del consultorio y puse la traba. Me senté y examiné mi pulso arterial, me tomé la tensión y me ausculté como para estar más seguro de mis afirmaciones y llegué a la conclusión de que estaba bien. No daba para pedirme un laboratorio, un electrocardiograma o una placa de tórax. Hago ejercicio intenso más de cinco veces por semana. Me cuido en las comidas porque más que tendencia, tengo existencia de sobrepeso y he de confesar que la batalla no está ni ahí ganada. Dejé de fumar hace casi dieciocho años, consumo alcohol con moderación y no soy hipertenso y jamás un análisis me dio colesterol alto. Con el azúcar estoy ahí, creo que en la raya, en especial por el tema del sobrepeso que me sigue desde hacen más de treinta años como un perro fiel y en cuanto al estrés, procuro que pese a estar trabajando en un ambiente que percibo hostil, procurar encontrarle las ventajas y más o menos la voy llevando. Otro dato, en general la gente me da menos años de los que tengo (no sólo mis fans, sino uno que otro adversario). Además, manejo con prudencia, uso casco para andar en bici y ni se me ocurre manipular pirotecnia, armas de fuego, gas natural o electricidad y por supuesto, en casa no solemos usar elementos radioactivos, tomo leche todos los días y suelo tener la piel bronceada, así que con el tema de la vitamina D, no hay drama. Ahora que lo pienso, el sol es factor de riesgo para cáncer de piel, pero no me veo ninguna lesión sospechosa que me preocupe. Más todavía. Como mucha fruta y verdura y me gusta el pan integral. No consumo azúcar refinada desde hace casi veinte años y no necesito ACTIVIA® o sucedáneos. En conclusión: No veo el motivo por el cual la muerte deba tomarse la molestia de enviarme un emisario para ponerme en autos acerca de su inminente presencia. Digo, intuyo que ha de ser inminente porque si lo que me vaticina fuera una predicción a largo plazo, digamos veinticinco años, para qué tanto trámite porque ahí sí que se cae de maduro que va a suceder, tiempito más o tiempito menos, lo que le sucede a todo miembro de nuestra especie. Pese a que mi razonamiento (modestia aparte) era impecable, no había sido suficiente como para sacarme la cara y la voz del santón de encima. Dos golpes en la puerta. No en la trabada, sino en la que da al pasillo de la guardia.

-Pase

Era el santón y lo tenía a un par de metros delante, vestido de civil como cualquiera de nosotros. La cara era tanto o más peculiar vista de cerca

-Doctor. debo decirle algo muy importante.

Uno no sabe si es un cobarde hasta que se entera.

-¿Qué tiene que decirme?
– Que me equivoqué de consultorio. Disculpe la molestia, doctor, nos estamos viendo.

Si hubiera dicho ‘pronto’, me daba un ataque.

Equivocación

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