Home

Vengo pensando desde hace un tiempo largo en esta medicina que de pronto veo lastimada, si profundizo el análisis se me aparece enferma y si hago un esfuerzo por ir hasta el fondo, hasta llego a creer que está malherida. No digo herida de muerte porque sería más apocalíptico que real. No pretendo con esta afirmación dejar por sentado que me ubico del lado de los ‘chicos buenos’, ángeles inocentes y puros que están más lejos de equivocarse que Independiente de llegar a la Libertadores de América. Nada de eso y por una sencilla razón y es que el estado actual de las cosas impide hablar de lados o de buenos y malos. Se ha llegado a un clímax de relativización que como suele suceder en las grandes crisis institucionales, beneficia a algunos (pocos) y perjudica a otros (muchos).

Cada uno sabrá si le cabe el poncho o si no le corresponden los tiros por elevación o las críticas. Como una suerte de declaración de principios, estoy convencido que tanto el poncho como las críticas vienen en todos los talles, de todos los colores, en los más variados modelos y para colmo accesibles a todos los bolsillos, de modo que virtualmente todos los que de un modo u otro tenemos que ver con la medicina nos tendremos que hacer cargo de la parte del deterioro, lastimadura, enfermedad o herida grave que la ha dejado como está, con pocas chances de recuperarse sin secuelas. Una de tantas razones que me llevan a decir esto, es que adhiero con plena consciencia a lo que afirmó en su momento el político y escritor irlandés Edmund Burke (1729-1797): ‘Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada’.

Que el mal está triunfando puede ser discutible, en especial para aquellos que adoptan el optimismo como una forma de vida, gente de buena fe que debería de tanto en tanto asomarse y percibir al realidad, digo, como para darse cuenta que pasan cosas que hacen tambalear las buenas ondas hasta derribarlas sin piedad, sin darle la menor oportunidad de que se levanten del piso. Hay quienes no se dan cuenta de eso y serán con justicia calificados de ingenuos que no es lo mismo que inocuos porque para un sistema que necesita defensa activa e involucramiento, un ingenuo puede llegar a ser peligroso y malo o no, contribuir a la decadencia por omisión o por declararse, lo diga o no, neutral.

Una cosa es creer sin otro argumento que la fe en la bondad universal del género humano, al menos hasta que se pruebe lo contrario y ser en extremo exigentes a la hora de evaluar la evidencia y otra muy distinta es hacer como que se cree y de modo colateral cultivar una habilidad sinuosa y despreciable que tiene que ver más con la ‘rosca’ política, con el juego de ida y vuelta de favores y prebendas, con la confusión intencionada entre ética y encubrimiento al mirar para el otro lado y mientras con todo el apuro del caso se esconde la manguera y el incendio aprovecha para devorar el bosque. Esa postura prescinde de criterios de diferenciación y pone a todos los miembros de una fauna en particular en un plano de igualdad que no es más que un ejemplo acabado de hipocresía. No hay varas de medida, no hay mejores ni peores. Para esta gente, con sólo ser médico alcanza para acceder al formulario de salvación y al certificado de inocencia. Es más. Se sostiene que un médico es incapaz de hacer el mal. Lo peor del caso es que desde esta posición se pregona la existencia de un solo tipo de profesional, definido como ‘excelente colega’.

¿Qué les queda entonces a los buenos? (Conste que no digo ‘nos’ porque no creo merecer la inclusión en el grupo). Una opción es tratar de que se tome conciencia de la situación, tarea no sólo complicada sino ingrata y extenuante porque implica ir contra una corriente que por volumen y beneficios cada vez es más poderosa. Más de uno, es este sentido, se sorprendería de lo que la gente piensa de algunos profesionales a los que debería extirpárseles la matricula, sin derecho a prótesis. Es interesante averiguarlo porque en una de ésas, la imagen de ciertos ‘excelentes colegas’ se ve en la sociedad muy diferente a lo que es en realidad y a la hora de proponer cambios, será esa misma sociedad la que se muestre reticente. A veces, este tipo de situaciones me recuerdan a esos ídolos del fútbol (se ve más que en otros deportes) que aún jugando horrible, siguen bancados por la tribuna por el sólo hecho de ser ídolos. Se me ocurre pensar que esta no es una actitud de reconocimiento en memoria de un pasado, sino de incapacidad de apostar a lo que viene.

Como si todo esto fuera poco, el tren de la autocrítica ya anunció su partida en un viaje sin retorno y dentro de nada va a ser tarde para alcanzarlo, a menos que se haga el intento de subirse al vuelo, a riesgo de dar con las narices contra el piso del andén y correr con la humillación de la caída. Es así. La autocrítica no es gratis ni está exenta de riesgos y tal vez esa sea una de las razones por las cuales no es una práctica tan difundida, no sólo en el ámbito de la medicina, justo es reconocerlo. Al menos desde el punto de vista teórico, echar un vistazo hacia adentro que por otra parte no es lo mismo que mirarse el ombligo, debería tener más beneficios que perjuicios. Quién puede discutir las ventajas de ser un vigía honesto de la marcha de nuestra propia historia y tener la posibilidad al mismo tiempo de maniobrar cuando se pierde el rumbo. Retroceder, echar anclas hasta que se defina el clima, virar, variar la velocidad, consultar cada vez que sea necesario las hojas de ruta y preguntarle sin temor a los navegantes más expertos. Todos recursos válidos que surgen a partir de la vigilancia permanente de lo que se hace y de lo que se deja de hacer. Tanto las acciones como las omisiones tienen sus causas y sus resultados. De eso se trata. De mirar el proceso y darse cuenta en qué punto se lo puede hacer mejor la próxima vez. Es cuestión de no saltar de alegría si las cosas salen bien o por lo menos tener el pudor de posponer el festejo hasta estar seguros de que el resultado favorable tuvo más que ver con el modo de hacer las cosas que con el azar. Tampoco se trata de caer en los abismos de la depresión hasta quedar a merced de las moléculas regeneradoras del ánimo cada vez que algo no sale como se espera. La misma cautela y la misma prudencia que en el acierto habría que adoptar en el desacierto porque son las dos caras de una misma moneda.

Nada de esto se puede sin autocrítica que vendría a ser una especie de biopsia de nuestra práctica que debe ser tomada periódicamente porque es alto el riesgo de que sufra alteraciones (la realidad de hoy demuestra que esto es cierto), es así que el desarrollo profesional puede compararse en cierto modo al de cualquier tejido. Puede diferenciarse y volverse cada vez más apto para lo que ha sido diseñado. Puede degenerarse y a pesar de que mantiene su volumen e incluso su apariencia a primera vista, lo noble es reemplazado por estructuras inertes o nocivas, cosa que sucede cuando se emplea mal. Puede atrofiarse por falta de uso, disminuyendo no sólo su volumen, sino su función. Finalmente, puede transformarse en maligno, creciendo de manera anárquica, sin límites ni reglas. Avanza centrado en sí mismo y consume al organismo entero  en su expansión irrefrenable. Cada cambio puede tener indicios que permiten inferir que se está produciendo, pero nada mejor que la autocrítica para hacer el diagnóstico.

Otra analogía interesante tiene que ver con la oportunidad de la autocrítica porque así como en la enfermedad, el análisis precoz de las desviaciones, permite llegar a tiempo para evitar que se conviertan en estructurales y por ende que toda corrección deje algún tipo de secuelas y en ese sentido, es importante trabajar con los factores de riesgo que en este caso están bien definidos. Sería complicado discutir que la excesiva dependencia de la industria que incluye relación más estrecha de la deseable (y en algunos casos perversa) con laboratorios farmacéuticos y/o la adquisición de tecnología no imprescindible que debe ser amortizada creando demanda a veces artificial. Es factor de riesgo aunque todavía cueste reconocerlo, la coexistencia de ‘dos amos’ que se da en quienes trabajan en salud pública y en el ámbito privado, situación difícil de sostener sin una cuota importante de equilibrio, honestidad y sensatez. Es factor de riesgo mucho menos reconocido aún, la falta de mecanismos de evaluación de competencias y de depuración del sistema porque la anarquía aprovecha la oportunidad y a poco de andar, comienzan a depreciarse los valores, cae la credibilidad de los sistemas y hace que cualquier autocrítica en esa instancia sea inútil por lo tardía.

Es factor de riesgo, finalmente, el uso indiscriminado de la palabra y del concepto ‘ética’ para legitimar actitudes corporativas que incluyen desviación de eje del debate cuando se cuestiona la salud de la medicina o en el peor de los casos encubrimiento de conductas inaceptables que llegan incluso a lo delictivo. Para que quede claro. Cuando me refiero a lo delictivo, hablo entre otras cosas de: Prometer curación, garantizar resultados (hay [o hubo] publicidad radial que pregonaba que para un tomógrafo determinado ‘no había secretos’), ‘vender’ tratamientos de ineficiencia probada, prescribir combinaciones de medicamentos con o sin disfraz ‘homeopático’, sean tóxicas (preparados para adelgazar) o en teoría inocuas pero ineficaces (oligoelementos y vitaminas como terapia oncológica) o inducir a que un paciente acepte un procedimiento más rentable para el médico descalificando la alternativa ‘económica’ que, vaya coincidencia, puede llevarse a cabo en el hospital. Aunque parezca obvio, es importante destacar que ni la más beneficiosa para el médico es la octava maravilla ni la alternativa es un compendio trágico de desventajas.

Dicho sea de paso. En nuestro Código Penal podremos encontrar esta ‘perlitas médicas’ dentro de receptáculos tan definidos como imprudencia, impericia o negligencia. Por si acaso, al Código Penal no lo inventé yo, como tampoco soy protagonista ni mucho menos autor intelectual de estas conductas que se han diseminado de modo alarmante. Aquel que se haga el desentendido y pretenda poner su mejor cara de asombrado o recién descendido del último vuelo Saturno-Tierra que se ahorre la hipocresía y tenga el buen gusto de ahorrarse cualquier comentario porque diga lo que diga, servirá para hundirlo. Parece mentira, pero siguen creciendo los defensores de estas inconductas y en algunos casos, hasta montan un entramado endeble y penoso de seudo-argumentos en un intento inútil de justificar a los ‘excelentes colegas’ que han perdido el norte hace un rato largo y todo indica que no tienen ni la capacidad, ni la vocación, ni el interés por recuperarlo, lo cual en cierto modo suena lógico porque la mayoría de ellos no la pasa tan mal. Más aún: La mayoría de ellos la pasa mejor que aquellos que proponen la autocrítica, la evaluación, la transparencia en las relaciones con la industria, el involucramiento con el paciente y en definitiva, el retorno al espíritu y a la filosofía de la medicina como una disciplina que busca no sólo no hacer daño, sino incidir del mejor modo posible en la historia de aquel al que le toca sufrir.

Desde muy pequeño, padezco ataques de idealismo que no me detectaron  (o no se dimensionó en su severidad) cuando era incipiente y aún estaba a tiempo de ser erradicado con una cirugía simple. Por esa razón, de tanto en tanto, sobre todo cuando dejo de tomar la medicación, se me da por preguntarme, a modo de autoevaluación. El médico hoy:

(1).  ¿Entiende la diferencia entre hacer lo que debe o lo que puede?, (2). ¿Es consciente de las implicancias y del significado de su práctica?, (3). ¿Tiene claras cuáles son las competencias clínicas básicas y cuál es la importancia de desarrollarlas?, (4). Es realmente libre en su ejercicio?, (5). ¿Entiende el significado del conflicto de intereses?, (6). ¿Continúa su formación de manera sistemática?, (7). ¿Cuenta con argumentos para sostener su rol y seguir siendo llamado ‘doctor’?, (8). ¿Prioriza realmente al paciente?, (9). ¿Procura extender sus saberes más allá de las fronteras de la medicina?, (10). ¿Es capaz de seleccionar por sí mismo la información relevante, lo que vale la pena aprender?, (11). ¿Sustenta sus decisiones importantes en una base firme de conocimiento y evidencia disponible, integrándolos con su juicio clínico y la realidad-contexto del paciente al que asiste?, (12). ¿Tiene claro el significado de la palabra ética y su aplicación en el ejercicio diario? (13). ¿Sabe que está seriamente cuestionado por la sociedad?, (14). ¿Entiende que el paciente dispone cada vez de mayores recursos para proponer el debate ante una decisión de diagnóstico y/o de tratamiento que lo involucra?, (15). ¿Se ha percatado de las presiones a las que se halla sometido?, (16). ¿Es capaz de evitar demandas por responsabilidad médica por conocer el modo de hacerlo?, (17). ¿Tiene clara la definición de medicina defensiva y los peligros que entraña adherirse a ella?, (18). ¿Se siente en condiciones de ‘servir a dos amos’?, (19). ¿Está dispuesto a resignar su protagonismo en el proceso asistencial y cedérselo al paciente?, (20). ¿Cree que debe ser evaluado con más rigor en sus actitudes y competencias?

Trataré de contestar dentro de mi alcance y limitaciones cada una de estas preguntas. Tal vez no en ese orden o sí. Ya se verá. Es un trabajo de hormiga, pero creo que vale la pena. En realidad. Todo intento para mejorar esta medicina tan deteriorada es válido, siempre y cuando sea honesto.

 Autoevaluación

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s