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Subir no es fácil y eso tiene que ver con la ley de la gravedad. En cierto modo con el hecho de transgredirla porque se supone que lo natural para las especies de a pie es perseverar a ras del piso y todo intento de torcer el brazo a ese designio legislado por la física desde hace más de dos siglos no sólo tiene sus riesgos, sino también sus costos. Como en todo, la cosa es hacer un buen balance, poniendo en un platillo lo que significa elevarse por sobre la mayoría de los semejantes y en el otro, las ventajas de mantener el estatus humano natural, cerca del suelo, sin permitirse siquiera una planeadita de prueba. Las respuestas, como es obvio, no son de manual y el sólo hecho de tener que ir a buscarlas en general dentro de cada uno, sea el motivo principal de la escasez de humanos con vocación de vuelo. Ya es complicado salir de la zona donde uno se siente cómodo y si encima para hacerlo, hay que renunciar a redes, paracaídas y otros dispositivos de seguridad, es lógico que la mayoría opte por gastar calzado aunque con ello se asegure una visión del mundo que no se extiende mucho más allá de sus narices y esos a la corta o a la larga, a mucha gente no le alcanza y ahí empiezan los improvisados, los que se largan tarde a cruzar los cielos, sin vocación, alas adecuadas ni entrenamiento. Tantos que despegan para terminar estrellados contra el piso por falta de sustentación, sin pena ni gloria porque en general caen de tan baja altura que sólo les cuesta unos cuantos magullones y en el peor de los casos, uno o dos huesos rotos, el ego averiado y la firme convicción de caminar sobre un piso lo más firme posible por el resto de sus vidas.

Algo que cuesta entender es que no se puede tomar altura cargado y para ello conviene desprenderse de cosas que no son vitales y que al fin y al cabo para lo único que sirven es para frenar el ascenso porque funcionan como lastre. El objetivo es llegar a lo alto, donde la única opción es mirar hacia abajo porque se trata de la cima, la cúspide absoluta que algunos gustan de llamar éxito y que al menos desde el punto de vista teórico, se supone que le pone el punto final deseado a una carrera que de otro modo se quedaría a medio camino, reptando en la medianía, reducida a un intento que no llegó a corporizarse. Pura potencia, círculos abiertos, dispersión y como resultado, nada concreto y una bolsa repleta de promesas que terminan aplastándose unas a otras hasta que se ahogan y se mueren. Parecería que la premisa es la cumbre o nada. De eso se trata y no hay matiz posible. Es tan despiadado el desafío que no existe siquiera la intención de darle valor al mérito al que se ha acercado y casi llegó a rozar el punto máximo porque lo único que sirve es llegar y mantenerse allí a cualquier precio por el mayor tiempo posible.

De lo primero que hay que desprenderse para volar como se debe, es de los escrúpulos porque le quitan velocidad al ascenso. No se aconseja al emprender contra el aire, caer en la tentación de poner un freno prudente al ímpetu y a la ansiedad que empujan para llegar a la meta con la inmediatez de un niño. No es admisible tampoco tomarse un tiempo de reflexión, por más breve que sea, antes de dar los pasos más importantes, pensar si lo que se decide puede de algún modo dañar a otros y si fuera así, valorar alternativas hasta encontrar la respuesta. Menos todavía se acepta la idea de tomar de la mano a quien no se atreve a planear unos instantes y mirar al mundo desde el aire. Esta actitud quita velocidad, restringe altura, obliga a duplicar los esfuerzos para mantener la estabilidad en vuelo y trae aparejado un riesgo de caídas mucho mayor al que no vale la pena exponerse. Si otro quiere elevarse, la idea es que lo haga solo y si no puede lograrlo, también solo deberá resolver ese problema o sea que en buen romance, de lo segundo que hay que liberarse es de la solidaridad porque tienta ser piadoso, a mirar demasiado por el otro, como velando por él, más cuando el otro lo necesita. Eso quita energía y estrecha el tiempo a cambio de una recompensa insustancial e incierta que si llega, no suele alcanzar a justificar lo que se ha resignado, en especial si uno tiene la convicción de que el despegue vertical y el ascenso ininterrumpido es lo que le va a dar sentido a su existencia y ya que estamos allí, en ese lugar reservado para pocos, casi exclusivamente para aquellos que fueron capaces de sacarse de encima el lastre de los escrúpulos y de la solidaridad, no olvidemos que para mantenerse es obligatorio dejar de lado la generosidad porque distrae recursos, la lealtad porque impide sacar provecho de situaciones en las que una dosis de traición es necesaria para lograr algún beneficio y la honestidad porque este tipo vuelo es como la política, tiene tan restringida la apertura de las puertas de la verdad que da la impresión que a los fines prácticos, directamente las cierra

Es obvio que en este mundo de valores tajantes, donde el éxito es la única moneda que sirve, no se va a admitir como legítima la elección de quien decide que lo mejor para él es no abandonar del todo su hábitat natural con la idea de mimetizarse en ave, sino caminar a paso firme sorteando los escollos con inteligencia, una dosis de esfuerzo y sacrificio y una vez dejado atrás el obstáculo, eso sí, permitirse como una merecida recompensa incursiones al espacio para tener otra mirada, ventilar el alma y sentirse a la vez inmenso y pequeño, según con qué se compare, pero sin tomar demasiado en serio los parámetros. Tal vez sólo por el hecho de no tener que desprenderse de lo que vale la pena y nos hace mejores. Tal vez porque no es cierto que en todos los casos haya que buscar las respuestas en lo más alto. Tal vez porque la conciencia de la posibilidad de caerse nos trae a la realidad y nos hace menos temerarios que es casi lo mismo que menos omnipotentes o menos soberbios. Tal vez porque es mejor estar más tiempo con todos aquellos que han encontrado el sentido cerca del suelo y no son menos que aquellos que sólo sirven para proyectar la sombra de sus alas desplegadas. Tal vez por todo eso y no por ser feliz con lo que soy y tengo, es que mantengo desde aquí, desde donde camino todos los días el placer de la búsqueda sin que esa búsqueda me provoque más inquietud de la que soy capaz de manejar sin dolor o angustia ¿Volar? Siempre que el clima lo permita y los vientos no sean desfavorables porque sigo creyendo que vale más la pena vivir que triunfar y que la felicidad, si es que acaso existe, está menos alta de lo que todo el mundo piensa.

Isaac Newton, su ley de la gravedad sigue vigente y su inobservancia, sin tomar las precauciones del caso, puede ser perjudicial para la salud

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