Home

Lo más trágico, lo más miserable de la pobreza no es la falta de pan y de techo, sino el sentirse nadie, en ser nadie, en no tener identidad, carecer de estima pública y ser ignorado. La más terrible pobreza es la soledad y no sentirse amado’ (Madre Teresa de Calcuta)

Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, al angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son una pobres causas’ (Ramón Carrillo)

¿Qué le voy a decir? ¿Le explico que no sé dónde queda el alma y por eso no le puedo explicar dónde le duele? ¿Me convenzo que se trata de un problema de localización? Ayudarlo, darle una mano en ésta que se le viene complicada porque se le han juntado muchas cosas que tiene que resolver o resolver y suena como imposible que con dos manos pueda agarrar más de dos remos y mirando la corriente, asusta porque viene desbocada. Uno se da cuenta que es brava y no va a alcanzar con dos remos y un bote chiquito. Me detengo en su cara, en las manos que tratan de buscar un lugar donde quedarse quietas y en calma aunque sea un momento. Descansar de tanto temblor, de vivir con el golpe preparado porque en la calle las palabras no valen tanto como la gente cree y muchas veces no queda otra que pegar primero. Le doy un vistazo a sus ojos y confieso que no me atrevo a pasar de la superficie.

Se me aparece un miedo inexplicable a que esa mirada como de arenas movedizas me atrape y yo no pueda evitar hundirme en esa ciénaga por más fuerza que haga para impedirlo. El está sentado casi en el borde de la silla, tenso como una cuerda de guitarra, con la espalda cargada hacia adelante y la mirada apuntado a un  horizonte que sólo él sabe dónde está. Dentro del consultorio hace calor y flota, como colgando del techo, un aire viscoso que hace lento el tiempo y da la sensación de respirar aceite.

No habla y se me ocurre desde mi limitada mente de médico que debería tener mucho que decir y que está desaprovechando una oportunidad valiosa de contar lo que le pasa porque saberlo o mejor dicho que yo lo sepa, es la única manera que tengo de ayudarlo. Puede que eso sea cierto o puede que no y no es lo que vale la pena discutir mientras espero que se diluya o se derrumbe esa pared de silencio que no tiene una sola fisura donde poder entrarle para debilitarla. ¿Qué le pregunto? ¿Servirá que le pida que me diga qué se siente al perder un hijo? Siento lo mismo que un ratón en un laberinto. Cada vez que se abren dos caminos, me doy cuento que no tengo pistas, ni el indicio más insignificante y me paralizo. Me detengo. Me congelo y lo vuelvo a mirar como si esperara encontrar en algún sitio de su piel, el mapa del tesoro escrito.

Levanta la cabeza y me mira. De nuevo tengo enfrente la ciénaga y otra vez el pánico, ahora más profundo, de hundirme sin remedio. Bajo la vista y me dejo invadir con la sensación estúpida de que él ha ganado esta especie que no pasó de ser un simulacro de encuentro. ¿Qué estará pensando? ¿Qué cosas pasarán pos su cabeza en este momento? Hago el intento de ponerme en su lugar y salgo de ahí inmediatamente porque en ese sitio se hace grande el odio y de ahí al deseo de matar hay un camino demasiado corto, tanto que cualquiera, incluso yo, sería capaz de recorrerlo sin dificultades. Me inquieta esa posibilidad. Tal vez porque son de esas cosas que se llevan dentro sin saberlo y que de un momento a otro aparecen en la superficie y ahí ya es demasiado tarde como para frenar el impulso.

Huyo y me ubico en mí, en el tipo que se sienta de este lado del escritorio ¿Por qué estas cosas le pasan casi siempre a la misma gente? ¿Acaso no le alcanza a Dios o como quiera que se llame ponerlos a prueba sin el pan nuestro de cada día? ¿Tiene que darles estos golpes de gracia y dejarlos con el alma triturada y sin fuerzas para levantarse? Se me esfuman los recursos habituales de consuelo. Me parecen no sólo estériles, sino estúpidos, ridículos y vacíos. No me atrevo al abrazo, a caminar unos cuantos pasos, ir del otro lado del escritorio y al menos poner mi mano en su hombro para que se entere que estoy y que en una de ésas puedo hacer algo más que escapar como un conejo asustado y esconderme en los rincones más oscuros, a salvo de sus ojos, de la ciénaga y del odio que alcancé a verle dentro, como un destello.

¿Qué pretendo? Si dentro de un par de horas voy a estar en m auto, yendo a casa, a ese lugar donde ahora me doy cuenta, casi de golpe que sobra todo, pero igual sigo siendo incapaz de deprenderme de nada, más allá de unas monedas o alguna ropa que se ha puesto amarilla de tanto abandono en el fondo del ropero. ¿Acaso soy capaz de garantizarle que mañana va a doler menos? ¿Tengo alguna posibilidad de hacer algo para que el dolor se meta en ese cajoncito pequeño y quede encerrado para toda la eternidad ni bien cierren la tapa? No. Ni ahí.  No hay modo ni soy quien para quitarle el único derecho que este mundo le deja que es el de sufrir sin límites y sin que nadie le diga hasta dónde ni cómo tiene que hacerlo. Pienso en darle algo, como para que se tranquilice, pero abandono la idea porque de algún modo así también le estaría mezquinando ese derecho. Busco palabras y no hay, trato de imaginar gestos, pero tengo la mente negra y sin fondo. Ni pensar en que aparezca alguna luz, por mínima que sea, en el futuro inmediato.

Veinte años de aula, más o menos desde los cuatro o cinco años y hasta los veinticinco, para que el día menos pensado venga una historia que seguro pasa en todas partes todos los días y me revuelque por el piso, me humille, me deje sin armas para combatirla y me arranque de las manos las herramientas mínimas de consuelo que puedo haberme procurado con mucho esfuerzo y que ahora ya no tengo porque se las llevó el dolor brutal del hijo que ya no será, como si fuera una correntada sin control que arrastra todo y lo mezcla. Tal vez y sólo tal vez por eso es que aparece junto con ese dolor de herida abierta el odio, la impotencia, la bronca y la sensación de que debería haber pasado otra cosa, cualquier cosa menos ésta. De qué me sirve saber que eso pasa, si igual dentro de un par de horas él va a llegar a su casa en las afueras de la ciudad, donde los gobiernos ocultan la miseria de los ojos de la gente de bien que se impresiona al verla y vive mejor sin tener consciencia de que existe y se va cerrando como una pinza sobre la ciudad.

Cómo duele lo que le pasa, señor, Manuel, hermano, tengo ganas de decirle antes que sea más tarde de lo que es en este momento. No pudimos hace más. Había poco por hacer. Era muy grave lo de Jorgito y se lo digo, al menos eso creo porque levanta la cabeza y ya no me ofrece su mirada de ciénaga, sino dos ojos que tantean por ahí, como buscando más lágrimas porque las que había ya se gastaron. Se arregla el pelo. Me paro y doy dos pasos. Él hace lo mismo. Le pongo la mano en el hombro y hay un abrazo que aparece no sé de dónde y se queda con los dos unos momentos. Nunca es tarde, me digo y me repito. Nunca es tarde y por un instante me crece desde adentro la ilusión de que en este momento, al menos, fui bueno.

La sopa de los pobres de Reinaldo Giudici, Lombardía 1853, Buenos Aires 1921)

La sopa de los pobres de Reinaldo Giudici, Lombardía 1853, Buenos Aires 1921)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s