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No es tanto tiempo. O sí, dependiendo de cómo se mida. Veinticinco años puede ser una eternidad para algunos o una muesca casi imperceptible en el curso de la historia para otros. Eso sí. No cabe duda que pasaron muchas cosas desde aquellos ‘80s avanzados cuando la provincia se ilusionaba con el Plan de Salud Ramón Carrillo que se llamó así como tantas cosas en salud, tal vez en un intento casi infantil de legitimar anhelos, proteger proyectos y amparar obras que no podían salir mal con semejante nombre, como si ese nombre tuviera el poder suficiente como para volatilizar amenazas, ahuyentar fantasmas, extirpar de cuajo los palos en la rueda, anular detractores, neutralizar intereses creados, erradicar la ineficiencia, impedir prebendas, negociados y acomodos y al mismo tiempo cerrarle las puertas a la desidia. Hasta el gran doctor Ramón Carrillo tiene límites en su capacidad de protección y no puede contra parte del género humano que se confabula para disparar con una precisión quirúrgica torpedos que lastiman bajo la línea de flotación de cualquier propuesta, abriendo fuego apenas se sabe que los beneficiados serán los que menos tienen y más aún si se comete la osadía de dejar fuera del juego a esos a los que les sobra de todo, pero que jamás faltan a las fiestas del poder porque siempre están invitados. El mundo de alfombras rojas no tiene interés de mirar más allá de su propio glamour ni proyecta ampliar su abanico de hipocresía haciéndonos creer que le importan aquellos para los que comer todos los días es una aventura de final abierto.

Allá por los ’80, Salta, mi provincia, era tan o más periférica que ahora y al norte, bien al norte de un país también periférico, se debatía entra la tradición de gloria y heroísmo patrio y la realidad evidente de inequidad y vergüenza que únicamente los ciegos no percibían porque la miseria, como toda enfermedad, tiene manifestaciones clínicas imposibles de ignorar, a menos que se crea que todos los chicos que lustran zapatos desde temprano en la mañana lo hacen por vocación o en el peor de los casos para juntar unos pesos para ‘paco’ o pegamento. La presencia de los que tienen menos de lo que se necesita infiltraba la sociedad y sobre todo, inquietaba a aquellos que sostenían que por nada del mundo se debe arruinar un paisaje casi perfecto con miradas implorantes y manos extendidas con una costra de mugre que ni siquiera sirve para proteger del frío. Tal vez y sólo tal vez, la realidad dice que los niños vendedores de cuanta cosa se pueda comerciar, los muchachos limpiadores de parabrisas o los improvisados malabaristas que arman su escenario en los semáforos largos son todos seres felices que se sienten plenamente libres sin obligaciones tan ingratas como el estudio, la vida sana, las comidas en familia y la ropa agradable que no sólo abriga, sino que de algún modo embellece. En una de ésas era esta miopía que arrastro desde hace más de cincuenta años la no me distorsionaba la verdad y he hacía creer que la miseria era un invento de unos pocos inescrupulosos que vaya a saber uno con qué intenciones, hacían correr la voz de que esta provincia padecía calamidades tales como el hambre, la ignorancia, las enfermedades crónicas por abandono y las muertes sin explicación (al menos políticamente correcta), evitables, anónimas, desprovistas de identidad por la sencilla razón de que no le importaban a nadie con poder de decisión para cambiar el estado de cosas y entonces esas personas se transformaban en habitantes de la estadística, en un intento tan hipócrita como inconducente de atenuar todo lo que significa la muerte que no debió haber sido.

Quiero seguir creyendo que allá en los ’80 había gente que tenía la intención de dar vuelta la historia, al menos de nuestra provincia y en ese intento revivió ideas, conceptos y valores entumecidos por la falta de ejercicio, pero que habían resurgido pocos años atrás, en la conferencia de atención primaria de Alma-Ata en 1978. Dicho sea de paso y entre paréntesis, nosotros en ese momento estábamos demasiado ocupados con esa vergonzosa cortina de humo que fue el mundial de fútbol en el que se gritaban goles y se tiraban papelitos en un intento patético de tapar toneladas de dolor y crueldad que se desplomaban sobre muchos hermanos a los que desde el gobierno se los sacó del juego para siempre. 1978, Alma-Ata. Declaración de principios y valores que al menos en ese tiempo no parecía estar condenada a ser una mera expresión de deseos. Los ’70 se iban definitivamente de la historia, cerrando dos décadas de revulsión y cambios, pasiones y derroche de muertes, progreso para pocos y postergación para muchos, muchísimos más y esa era merecía cerrarse dejando una herencia que al menos mantuviera vigente la esperanza de un mundo vasto y repleto de postergados que enfermaban y morían con mucha más pena que gloria sólo por haber nacido en el lugar equivocado. Allí donde resultaba poco menos que una quimera acercarse a cosas en apariencia tan básicas como una vacuna, alimentos que permitieran el desarrollo, un antibiótico, un parto seguro, un equipo de salud con las manos limpias en todo sentido, agua potable y una vivienda que se pareciera más a un hogar que a una amenaza. La humanidad vulnerable (la mayoría de los habitantes del planeta, por otra parte) no pedía a gritos que proliferaran los centros de diagnóstico por imágenes, los hospitales de alta complejidad, las terapias intensivas o los más sofisticados quirófanos            . No se rogaba a los dioses por más sub-especialistas que dominaran los más intrincados procedimientos, dedicando su vida a buscar ese caso que aparece en letra chiquita dentro de un libro enorme y que en general lleva nombre propio. Esa enfermedad o síndrome con una cantidad de casos descriptos que caben en un taxi que maneja el que describió el trastorno y le dio su nombre, cosa que suele saber a gloria y no me refiero precisamente a manejar el taxi. Lo cierto es que toda esa gente que se pasaba la vida mirando el mundo feliz del otro lado de la vidriera (o de la reja), sobrevivía (si había suerte) en medio del hambre, la miseria, el hacinamiento, la promiscuidad, la inequidad y la postergación, excelentes caldos de cultivo para la violencia, el resentimiento (por qué no el odio), la necesidad de embotar la conciencia y en definitiva, la búsqueda frenética de la muerte. Si era tan simple como comida, abrigo, techo, agua potable, jabón, vacunas y educación. Si sólo hacía falta que se llegara a la gente con conocimiento, generosidad, tiempo y vocación ¿Qué pasó que nadie se dio cuenta y por eso se avanzó tan poco? Sería muy ingenuo pensar que aquellos que toman las decisiones no entendieron el mensaje que sólo fue decodificado por los que llevan puesto el sufrimiento como una parte inseparable de su vida diaria más que como un estigma.

Ramón Carrillo dijo: ”La medicina moderna tiende a ocuparse de la salud y de los sanos y el objetivo principal es ya no curar al enfermo sino evitar estar enfermo”

Ramón Carrillo dijo: ”La medicina moderna tiende a ocuparse de la salud y de los sanos y el objetivo principal es ya no curar al enfermo sino evitar estar enfermo” … ¿Será así? La verdad es que no alcanzo a verlo con ese optimismo

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