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Lo interesante de todo esto es que los que se levantan por la mañana pensando en la misión real del médico están a merced del fuego cruzado y sin más armas que un estetoscopio, un tensiómetro, una lapicera, un sello y un recetario, pertrechos insuficientes como para lograr un sitio en medio de tamaña balacera, donde se dispara a discreción, cosa que resulta peligrosa para la integridad personal de cualquier blanco que se precie de móvil. Los otros, los que se parapetan detrás de enormes estructuras (se ofenden si se les llama corporaciones), están mejor armados y ha sido preparados como corresponde para una batalla de este porte. Además, pese a ser en esencia mercenarios, son adoctrinados para que la ‘camiseta’ pese y al mismo tiempo se les hace saber que de resultar triunfadores, conseguirán al final de la pelea el amparo de una posición reconocida a la que se podrán aferrar merced a ese mecanismo de utilización perversa que ha sido dado en llamar derecho adquirido que les va a permitir mantener ese lugar, incluso sin importar que ya ha dejado de corresponderles y sólo por el hecho de haber sido funcionales a un modelo que como se fija como objetivo primordial la ocupación de la mayor cantidad de espacios posible.

Para que no se piérdala idea y volviendo un poco atrás, se me ocurre pensar que existen pocas cosas tan vergonzosas como el famoso concepto de derecho adquirido, más aún cuando se lo aplica al ámbito de la salud pública porque significa ni más ni menos que una vez alcanzado un nivel determinado, ya no es preciso hacer nada por mantenerse porque lo que se ganó se incorpora definitivamente a la persona, como si fuera parte de su ADN. El derecho adquirido le confiere al beneficiado una pátina de bronce que no es otra cosa que un certificado de inmovilidad e impermeabilidad a cualquier cambio o crecimiento posible. El problema básico es que alcanzar ese nivel no se asocia con esfuerzo sostenido, sacrificio, adquisición de conocimiento y competencias o actitud permanente de superación, con una meta que incluye marcar diferencias, salir de la nebulosa del término medio, sopa viscosa donde hay demasiados ingredientes como para que tenga un sabor definido. Es claro que para alcanzar ese ‘nivel’ no se necesita asumir riesgos, tomar decisiones o mantener vigentes valores y principios, tanto profesionales como personales. En muchos casos (demasiados lamentablemente) se llega por ‘gravedad inversa’, una suerte de ascenso contra las leyes físicas que rigen la mecánica del universo. Sólo se trata de saber dónde se localizan estas ‘corrientes térmicas’ que en general se mueven en base a la política y/o a las relacionales públicas, ámbitos propicios para usar a las personas como peldaños, sin que tenga demasiada importancia qué cabeza se pisa para subir unos centímetros y quedar cada día más cerca de lo que se supone que para esta gente es la cima.

Volviendo al tema central. Existen tres franjas. Dos extremas y una central, amplia y móvil. Al menos a primera vista, las posiciones son complicadas de conciliar y no parece haber espacio para el disenso civilizado, con respeto y en paz que en definitiva es como se deben discutir todos y cada uno de los temas que importan de verdad. En apariencia, es una utopía llegar a consensos mínimos acerca de las prioridades. No veo factible que gente que ha optado por mantener ‘relaciones carnales’ con el demonio se convenza de abandonar tan cálido contubernio y cruzar el puente hacia el reino donde trabajar más y mejor, pero ganando menos es la regla básica a la que atenerse. Los cambios de incentivo son una fantasía. En cada una de las franjas hay prioridades y valores que de tan diferentes, resultan incompatibles. Se trata de valores o de convivencia, sino la actuación profesional y vínculo con los pacientes.

Tan así es la cosa que ya no queda claro si el objetivo de la práctica médica sigue siendo el paciente o si se ha cambiado el blanco y todo o casi todo debe hacerse ahora en función del propio médico o de los intereses que ese médico representa (que es más o menos lo mismo). Se podría pensar que eso ocurre consciente o inconscientemente aunque a esta altura de la historia, apostar a la ingenuidad de un adulto es tirar el dinero a la basura y queda establecido en este punto que una cosa es ser cándido y otra muy diferente hacerse el estúpido. Sea como fuere, en un mundo perfecto, esta gente no debería ejercer la medicina como se debe porque o son fácilmente engañados porque no son conscientes o tienen la costumbre de engañar porque tienen plena conciencia de lo que hacen. Favorecer la existencia de este tipo de profesionales es abrir las puertas a la manipulación médica, conducta peligrosa si las hay.

Si no está claro el objetivo real de la práctica médica en lo que va de este tercer milenio, menos claro todavía queda la discusión circular entre las partes sobre la legitimidad que ostenta cada una de ellas. Los que piensan en el otro, los que piensan en sí mismos y los que han perdido la capacidad de pensar y se limitan a obedecer, tienen sus motivos para defender la posición, sin dudas, pero es importante considerar que mientras se desarrolla esa pelea inútil, grotesca y patética, los pacientes siguen esperando que alguien baje del pedestal, se ensucie los pies al tocar tierra y les acerque una respuesta que en definitiva es lo que vienen a buscar cuando acuden a la consulta. No una solución, sino simplemente una respuesta que demuestre que el médico ha escuchado y asumido la pregunta crucial de la persona que tiene enfrente y que llega a esta instancia en general porque está enfermo o se siente enfermo y si no lo está, del mismo modo necesita cerrar el círculo de la duda porque es su derecho y eso es materia no negociable.

No hay piedad en los argumentos que muchas veces son excusas y otras tantas adoptan la forma de axiomas vacíos que como golpes de efecto son espectaculares. La consideración y el respeto por el otro parecen borrarse del catálogo de virtudes de algunos a los que sólo les interesa prevalecer y lo intentan a cualquier precio y lo peor del caso es que muchas veces lo logran. No se duda de calificar de charlatán a un curandero que mantiene a su gente más o menos a salvo y lo hace porque durante siglos y siglos, generación tras generación, sus antepasados se fueron impregnando de un conocimiento que puede no ser estrictamente científico según los cánones establecidos, pero sí es útil (vaya que lo es) para dar respuestas haciendo muchas veces más bien que daño. No olvidemos que el curandero ‘en serio’ tiene internalizado de modo más profundo el ‘priumum non nocere’ que muchos consagrados médicos que ‘hacen todo lo posible por sus pacientes’. Hacer el menor daño posible es algo de lo que no muchos ‘científicos’ pueden presumir si vamos al caso. No tiembla el pulso al endilgarle a un homeópata el sarcástico título de vendedor de ilusiones y en una de ésas, la moleculita flotando en el agüita, compuesto que tanto ruido les hace a los alópatas o mejor dicho a los fundamentalistas de la medicina alopática, tenga en verdad un efecto que va más allá de la mera sugestión o del efecto placebo. No se duda en ponerle la etiqueta de farsante a quien ha encontrado una que otra respuesta válida en la medicina alternativa, denominación que justo es dejarlo claro, en cierto modo es una bolsa de gatos también porque incluye dentro toda una gama que incluye desde médicos con sentido y visión amplia del arte de curar, hasta aprendices de brujos a los que no les da el cuero ni para comprarse la escoba por plan de ahorro, pero igual se las ingenian y atraen a más incautos de los que uno cree. Tanto en el caso de los curanderos, como los homeópatas o los representante de la fauna variopinta que compone la ‘medicina alternativa’, no cabe duda que hay mucho de superchería, de engaño, de seudociencia, charlatanismo e incluso moda. No menos cierto es que la mayoría de estos personajes merecen el mote de farsantes como mínimo. De acuerdo, pero también, ya que estamos en pleno proceso de cargar las tintas sobre estos tipos que en gran parte de los casos no pasan de ser hechiceros de pacotilla, miremos un poco hacia adentro de la ‘ciencia médica’ y veremos que ahí, justo en el centro del ‘panteón de los dioses’ hay vendedores de humo tan malos o peores que aquellos denostados por la corporación.

Como corolario. Miremos un poco a los protagonistas. Por un lado están los ‘representantes visibles’ y hasta cierto punto canonizados de la disciplina médica científica, protagonistas de la mayoría de las publicaciones de primer nivel, nivel que se mide con la vara que se acepta como válida para juzgar ese tipo de producciones. Son defensores de un método que como cualquier otro, tiene su lado positivo, sus aristas filosas capaces de lastimar y sus rincones oscuros, donde suele esconderse el fantasma de lo no dicho en una estrategia de omisión que en ocasiones puede ser hasta delictiva. Dentro de este grupo, como en todos, existen adherentes y fanáticos. Estos últimos se enorgullecen y se legitiman por su formación académica y técnica en las instancias de pre y postgrado, sin que se molesten en reconocer que esta formación no incluye conocimientos de antropología, psicología, filosofía, historia, sociología y ciencias políticas además de artes, disciplinas que enriquecen y aportan la capacidad de mirar bosques antes de ocuparse sólo de un árbol. Esos médicos que sólo saben medicina, es decir que parafraseando a Ramón Carrillo, saben bastante poco, casi nada. Lo curioso es que pese a la carencia de saberes humanísticos, pretenden ocuparse del ser humano. Estos personajes son los que en realidad plantean de modo iterativo una discusión que no es tal acerca de la validez que tienen otras formas de acercarse a los que sufren, partiendo de la base de que ellos mismos no hacen autocrítica de sus propios métodos (si es que los tienen). Ellos plantean la ecuación simple de que enfrente tienen un problema (no una persona con problemas que no es lo mismo) y ante ello sólo cabe una solución (no una respuesta que es en definitiva lo que alguien enfermo busca del médico).

En definitiva, hay muchas y muy variadas maneras de abordar el sufrimiento humano. Cada una tendrá sus elementos a favor y sus elementos en contra, partiendo de la base que todas se sustentan en una estructura honesta y legítima de pensamiento. Al haber tantos modos de asumir el sufrimiento del otro para tratar de construir la mejor respuesta posible, cae de maduro que quien plantea una verdad ‘revelada’ y única está equivocado porque en realidad no está planteando un debate de ideas, sino que busca de manera incesante reafirmar su legitimidad descalificando al adversario bajo el peso del dogma que no es más que un torpedo bajo la línea de flotación de la ciencia. Será que ese dogma les sirve para llegar a lo que se propusieron cuando eligieron esta profesión, no con el objetivo básico de incidir de manera positiva en la vida del otro, sino con el fin de lograr reconocimiento por parte de sus pares y de la sociedad. En medicina, como en cualquier aspecto de la vida, no se puede servir a dos amos. Si pretendemos que la imagen y la esencia de nuestra profesión vuelvan a ser lo que nunca debieron dejar de ser, es tiempo de elegir, de asumir riesgos, de tomar decisiones y de hacernos cargo de un camino en el que podrá pasarnos de todo, menos no ser protagonistas de un proceso de resurrección que no está en manos de nadie más que de nosotros.

Ya está bien, maestro, lo dejo que descanse (al menos por un tiempo). Perdone la lata, pero es que el tema me inquieta cada vez más y como cuando sea grande quiero ser médico, insisto en buscarle la vuelta. Si necesito algo, lo llamo. Usted perdonará el atrevimiento, pero le tengo confianza y me siento seguro si anda por aquí cerca

Ya está bien, maestro, lo dejo que descanse al menos por un tiempo (no le garantizo que sea mucho). Perdone la lata, pero es que el tema me inquieta cada vez más y como cuando sea grande quiero ser médico, insisto en buscarle la vuelta. Mire, si necesito algo, lo voy a estar llamando. Usted perdonará el atrevimiento, pero le tengo confianza y me siento seguro si anda por aquí cerca

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