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Así puestas las cosas y si se decide que el alquiler o venta del alma no es una opción válida, es bueno tener claro qué hay del otro lado, donde se supone que sí va a estar la alternativa. No es complicado saberlo, para nada. Del otro lado esperan horas de estudio que suelen no ser reconocidas, tanto así que no existe demasiada diferencia entre el que trata de estar razonablemente al día y el que picotea de aquí y de allá para ir la remando con garbo y astucia porque dicho sea de paso, hay profesionales competentes e incompetentes de ambos lados. Uno, si decide mantener la autonomía y la libertad de pensamiento, va a tener que lidiar con horarios bizarros, remuneraciones magras (o mucho menos cremosas que las que se perciben enfrente), muros de silencio que se elevan cada vez que se intenta debatir un tema médico, asimetría de compromiso, dejando el hospital en segundo plano en la mayoría de los casos y manteniendo el puesto porque pese a quien pese, ocupar un sitio en un hospital sigue siendo un modo de aprovisionarse de prestigio. No todos, obviamente, pero un buen número de médicos toman a sus pacientes como un mazo de baraja y los dirigen al sanatorio o al hospital, según la conveniencia y los intereses. Que esta conducta no esté contemplada en el Juramento Hipocrático poco importa, pero que existe, existe.

En este punto de la historia nos damos con que aparece un grupo intermedio que se ubica en la amplia franja cuyos límites que está limitada hacia abajo por la transacción del alma y hacia arriba por el respeto y el amor por la profesión. Asumiendo que los tres colectivos tienen aciertos y errores y que en cada uno de ellos hay simpatizantes, adherentes y fanáticos fundamentalistas, la cosa tiende a complicarse porque llega un momento en que uno no sabe quién es quién y dónde está parado cada uno, máxime teniendo en cuenta que existen también, como para descalabrar más la cosa, los itinerantes que van desde el centro hacia los extremos y derivan de un lado a otro con espíritu nómade y aversión por afincarse un sitio y echar raíces. No pertenecen a ninguno de los grupos, pero rozan a todos. En fin y para no correr riesgo de alguna calamidad mental en el curso del análisis, baste con ponerse a pensar que hay fenicios con matrícula y sello de goma que desde el punto de vista técnico son prácticamente irreprochables y por el otro lado ‘honestos integrales’ a los que nadie en su sano juicio les derivaría un paciente. Si en los extremos existen estas variantes, lo que será la zona central del espectro, en la que todo es más o menos, como a medio hacer y para colmo, aquí reside la mayoría de la población médica, la que se evoca cuando uno responde a la fatídica pregunta ¿Qué tal médico es fulano de tal? Y … más o menos, yo la verdad es que muy bien no lo conozco. En esta ancha franja central vamos a encontrar todas las variantes posibles que tienen en común el cumplimiento una de estas dos condiciones: No alquilan ni venden su alma al diablo, ni mantienen el amor por lo que hacen sin olvidarse por qué lo hacen. Mercenarios y vocacionales no pisan ni por asomo esta franja donde reina el término medio, el ‘ni muy muy, ni tan tan’ (que en cierto modo se corresponde con la mediocridad) porque para ellos, por tener clara su definición y pertenencia, está vedada.

Tres grupos entonces, mercenarios, vocacionales y término medio, a los que habría que agregar la sub-población de los itinerantes que por número no influye demasiado sobre el colectivo ni mueve amperímetros. Sería bueno, en este punto, ocuparse de los vocacionales, de los que valen la pena (al menos se supone que es así), los que tienen sobre los hombros la responsabilidad de preservar todo lo bueno que aún persiste en nuestra profesión y más aún, deben asumir la misión de mejorar lo existente y a la vez emprender la tarea complicada y extenuante de combatir contra cada una de las fuerzas que los atomizan. Para entender mejor esto, los imaginemos como moléculas que inicialmente están muy cerca una de la otra y forman un cuerpo sólido y muy difícil de dañar. Un cuerpo noble y resistente. Pensemos ahora  que por más resistente que sea un cuerpo, hay presiones que no soporta y termina a la larga, a la mediana o  a la corta resquebrajándose y perdiendo su estructura, con lo que se hace cada vez más fácil entrarle y lastimarlo dentro, en la parte más honda, allí donde las heridas casi nunca curan por completo. Miremos a la todopoderosa industria que no vacila en fabricar drogas para esperar enfermedades, falsear datos en procura de imponer estrategias tratamiento que se ajusten a sus intereses, sin que importen nimiedades como el aumento de efectos adversos que en algunos casos se lleva gente antes de tiempo. Miremos fijo a esa industria que no tiene el menor reparo en comprar las voluntades que se precisen para llegar al objetivo, en un alarde de confirmación de que el fin justifica los medios. Trabajos ‘científicos’ sostenidos por un entramado de falsedad en los datos e inmerso en un dislate metodológico que no resiste un primer plano y menos aún la lectura crítica a la que debería ser sometida cualquier publicación científica y no obstante, pasa los filtros de algunas ‘revistas de prestigio’ que tal vez tengan algún vínculo con ese mecenas en las sombras que nos quiere convencer de la bondad de sus productos y echa mano a cuanto recurso tiene disponible para lograrlo, sin morir en el intento porque en realidad en este caso, los que mueren son siempre otros y no los matan las balas, las bombas o la violencia insana del terrorismo de derecha o izquierda. Nada de eso. Las armas en este caso son lapiceras que indican por convicción o entrega de alma una droga que no se sabe aún qué límites de seguridad y efectividad tiene.

Miremos a los que escriben las recetas y veremos que en la mayoría de los casos lo hacen de ‘buena fe’ (al menos relativa porque la ingenuidad desaparece casi por completo con la escolarización), muchas veces sin saber realmente qué están prescribiendo, pero informados de soslayo por algún colega ‘solidario’ o un visitador médico que les acercó ‘información sobre el producto’ al consultorio. Breve y escueta porque se sabe que el doctor no tiene tiempo para ocuparse de detalles accesorios como el conocimiento de los fármacos que les indica a sus pacientes que en este caso y mal que nos pese, suelen ser muchísimo más ignorantes (y tal vez más ingenuos) que él. Esa ‘buena fe’ puede llamarse de ese modo (aunque no le cuadre por completo) porque en el ánimo de la mayoría de estos profesionales no pasa ni remotamente hacerle daño al prójimo por lo que quienes proceden de ese modo, podrían a lo sumo ser enrolados en el ‘ejército de los culposos’ porque todo lo indeseable que producen es inintencionado. Fenómeno, tal vez hasta se pueda justificar la conducta de esta gente por lo dicho. La vorágine laboral, la falta de tiempo, la desmotivación, la subestimación del riesgo (conducta humana universal, por otra parte). Todas excusas y ninguna de ellas con la potencia suficiente como para ser considerada un argumento. Es cierto que a la mayoría de ellos no les caerá como un martillazo en la cabeza una demanda de mala praxis. De eso casi seguro zafan, pero lo que no podrán evitar es el zumbido persistente de la conciencia que si bien no alcanza muchas veces para evitar el sueño o interrumpirlo, desgasta las defensas de a poco y con el tiempo llega a derrumbar a cualquiera, hasta al más templado que aparenta estar repleto de sangre fría.

Un factor de presión. Mayor si se quiere y miren los estragos que sería capaz de causar en esta estructura que se supone sólida de quienes mantienen los valores de la medicina. Sólo hagamos la composición de lugar y construyamos la imagen de esta fuerza incidiendo como la más filosa de las hojas de bisturí y abriendo una brecha en el bloque. La brecha, si no se cierra de inmediato, tenderá a separarse más y habrá zonas en las que las moléculas se irán alejando, zonas ‘líquidas’ por así decirlo que con el calor y el tiempo, la concurrencia de las presiones adicionales, además de la persistencia de los factores mayores, verán separarse sus moléculas cada vez más y de modo inexorable, hasta que de ese líquido surja el gas y a partir de allí, cada una de las moléculas seguirá su curso y la separación se hará más y más grande, hasta que llegará un momento en que será imposible unirlas de nuevo. Hoy creo que seguimos teniendo algunas áreas sólidas, pero cada vez hay más líquido en el bloque. No deberíamos esperar para hacer algo porque en la primera de cambio estaremos aislados en un universo hostil al que no le convenimos y que sólo tiene que esperar a que el tiempo y la física hagan su trabajo y terminen de atomizarnos.

Me sabrá perdonar, maestro, pero me parece que vamos a segir necesitando su presencia por aquí. La cosa pinta un poco más larga de lo que creí. Le pido un poquito más de paciencia porque de verdad hace mucha falta porque se nos están yendo hora a hora los puntos de referencia

Me sabrá perdonar, maestro, pero me parece que vamos a segir necesitando su presencia por aquí. La cosa pinta un poco más larga de lo que creí. Le pido un poquito más de paciencia porque de verdad usted hace mucha falta aquí, sobre todo porque se nos están yendo hora a hora los puntos de referencia

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