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No sé si soy el único que percibe lo mismo. Quiero penar que no. Tal vez sea mi personalidad de base que justo es reconocerlo, tiene un tinte más bien paranoide. No mucho, es verdad, pero sí lo suficiente como para que de vez en cuando me sienta como víctima de conspiraciones que se construyen en los estratos más elevados del poder. No soy tan pretencioso como para creer que gente importante que tiene mil cosas por hacer se tome la molestia de complotar contra un perejil de mi porte. Ni ahí, pero no se puede dejar de ver como razonable que las víctimas seamos miles, por no decir millones y en ese caso sí que cualquier conspiración es costo-efectiva. Ese es el punto. De tanto en tanto, casi como un fenómeno cíclico, se nota un ambiente de fiesta. Todo anda sobre ruedas, la fortuna le sonríe al país y la prosperidad llega para quedarse y el futuro no puede ser más venturoso. De algún modo, la inmensa mayoría no está invitada al baile y tiene que conformarse con verlo desde afuera a una distancia más que prudencial, sin que tenga demasiada importancia el hecho de que son los dueños de casa.

Las pantallas gigantes dispuestas estratégicamente muestran lo que ocurre en los salones iluminados como un estadio de fútbol en la final de una Copa del Mundo. La transmisión, por supuesto, es editada y va en bloques, con una tanda publicitaria entre cada uno, donde se le recuerda a los ciudadanos las bondades de un gobierno que tiene la grandeza de permitir a su pueblo compartir de algún modo el jolgorio. Es cierto que no se pueden probar los canapés ni acercarse a una copa de champagne, pero son detalles menores si se tiene que mirado en perspectiva, pocos países tienen de parte de su clase gobernante, un gesto de tamaña apertura que no significa otra cosa que un sentimiento de hermandad que se expresa como generosidad sin límites ni especulaciones de ningún tipo, menos aún políticas porque no se pretende otro rédito con esta convocatoria del pueblo a la fiesta que ver contenta a la gente, optimista, con el ánimo arriba y aunque sea por un momento, alejada de las influencias nefastas de aquellos no son capaces de ver la infinidad de cosas positivas que pasan en el día a día del país. No lo ven porque no les interesa verlo, eso no tiene ya discusión y seguramente ahora que el país baila al son de una música contagiosa que lo acompaña con ritmo hacia su futuro de grandeza, estos mismos agoreros seguramente van a poner énfasis en datos menores como que los dueños de la casa no parecen tener derecho a entrar libremente al domicilio, servirse del buffet, bailar un par de piezas y conversar de las cosas que se hablan en la fiestas con el resto de los invitados.

La música va decayendo y a los sándwiches de miga de jamón y queso se les empiezan a notar los extremos levantados, lo que indica que se están secando. Se ven muchos vasos medio llenos en las mesas y los manteles muestra más manchas de las que cualquier evento que se precie de elegante puede permitir. Se ve a los mozos desaliñados y algunos huelen a sudor y muestran en su cara las huellas del cansancio y sólo se mantienen en pie porque les sobra experiencia y oficio, además porque saben que el último en irse es el que mejor propina recibe y entonces no están dispuestos a regalar nada a nadie. En el trabajo no hay amigos y eso lo tienen muy claro. Respiran hondo, se entonan con un resto de algo fuerte que queda en un vaso olvidado que espera en un rincón alejado de miradas indiscretas. Los músicos guardan con la parsimonia de siempre sus instrumentos y en el ambiente suenan melodías de aeropuerto, impersonales y planas, sin una pizca de nada. Da la impresión de que son piezas que salen de latas de conserva y se deterioran a los pocos segundos de estar en contacto con el aire ambiente. Se degradan y la prueba de ello es al poco tiempo, todas suenan exactamente iguales y a esa altura no le importa a nadie que la música se haya convertido en una caricatura, las bebidas escaseen y las que se pueden conseguir mediante un soborno a las personas adecuadas estén tibias y que no haya una servilleta limpia por ninguna parte.

Es bastante desagradable andar esquivando borrachos, pero mucho peor es que encima de tener que limpiar el vómito, haya que acomodarlos cerca de la entrada, de donde sus choferes o asistentes van a retirarlos en calidad de bulto y con la dignidad maltrecha. Qué decir de las manchas de grasa en el piso de madera. Hay que raspar y encerar después de que se las saca con detergente y se debe hacer todo lo antes posible porque si no se seca y después cuesta el doble. Pareciera que esta gente no sabe mantener un bocado en su sitio porque el piso está lleno de migas, pedazos de sándwiches, restos de canapés y cuanta cosa con poder manchativo uno pueda imaginarse. Es un desastre y qué decir de los escarbadientes usados. Ni siquiera la delicadeza de dejarlos en los platos descartables que se ponen a propósito para eso. Estos invitados serán muy pitucos, pero parece que de reglas de urbanidad no entienden demasiado. Es de mal gusto hablar de los baños, pero son un capítulo aparte. Hay que entrar con escafandra y en alguno se ven objetos olvidados que uno piensa que no pertenecen a una fiesta de esa categoría, como los preservativos, los canutos para halar coca o un par de jeringas que no parecen de las que usan los diabéticos.

No sé si soy el único que percibe lo mismo. Ojalá que no porque somos muchos los que estamos limpiando nuestra propia casa ahora que ha pasado la fiesta. Los invitados ya no están. Se fueron en autos oscuros y enormes, todos con chofer. Algunos por sus propios medios y otros gracias a la ayuda externa. Dejaron todo a la miseria y aquí estamos, como siempre, tratando de poner en orden tamaño estropicio. Ellos ensucian, despilfarran, pecan, ostentan y nos dejan mirar desde afuera porque cuando termina la fiesta, vamos a ser nosotros los que limpiamos, pagamos, perdonamos, disimulamos y os prometemos firmemente que en las próximas elecciones vamos a votar a otros. Estos atorrantes no nos pillan más, nos repetimos para convencernos, mientras miramos el panorama y tratamos de adivinar cuáles son los atorrantes que vienen después, por los que vamos a votar y a quienes les tendremos que limpiar lo que ensucian.

Sirviente

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