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El sistema hacía agua por los cuatro costados y era muy sugestivo que todo el mundo mirara para otro lado y fuera víctima de ataques transitorios de ceguera, sordera y mutismo. Esa profunda mengua de los sentidos que evocaba la imagen de los tres monitos, era funcional a un estado de cosas que ya llevaba tantos años y llevaba tanta inercia encima que el cambio era un sueño poco menos que imposible. La renovación de la salud pública de la provincia estaba bien guardada en el cajón de un escritorio de algún oscuro funcionario de carrera, juntando polvo y a la espera de algo que se sabía que por lo pronto no iba a ocurrir. Armando  lo había entendido con claridad meridiana. Si algo no había que hacer con el tablero era patearlo. Ni bien se sentó por primera vez en el sillón de cuero de su despacho, después de una sarta interminable de abrazos con palmadas en la espalda y buenos deseos incluidos, mandó a llamar a los Jefes de Servicio para convocarlos a la sagrada misión de reforzar la inercia y levantar paredes lo más altas posibles y sin la menor grieta para que no hubiera posibilidad de que se filtrara la menor insinuación de una brisa de cambio. La mejor herramienta para proteger un sistema perverso es hacerlo hermético. Quedó establecido que todo seguiría como siempre porque no había razón para modificarlo. ‘Si funciona, no lo arregles’, dicen los norteamericanos que me imagino deben tener a mano una definición del vocablo ‘funciona’ muy diferente a la nuestra, pero por estos lados eso importa poco. El hecho es que las reuniones con los Jefes fueron casi rondas de amigos, y el ‘casi’ tenía que ver con Pablo Toledo que no podía con su naturaleza y no es que se dedicara a poner palos en la rueda, pero pedía la palabra y eso parecía suficiente como para que los ánimos se pusieran tensos. Decía lo que pensaba y los parroquianos, tal vez no todos, pero sí la mayoría, se movían en las sillas como si alguien se hubiera ocupado de sembrar chinches en los asientos, se miraban entre ellos e intercambiaban sonrisas que más bien se veían como muecas de asco y gestos subrepticios de jugadores de truco, haciendo gala del modo profesional que tenían los mandos medios del hospital de responder a un cuestionamiento. Descalificar al mensajero era la única estrategia a la que echaba mano casi todos los que se suponía eran responsables de que la gente fuera atendida como corresponde. Tal vez el título de jefe de servicio es un par de talles más grandes del que se empeña en llevarlo puesto aunque sea evidente que no lo merece, riesgo que corren los sistemas en los que la antigüedad, los intereses comunes y las relaciones públicas pesan mucho más que las competencias a la hora de decidir a quiénes se les debe confiar la responsabilidad de asistir a la personas que no tienen otra opción que recurrir a los hospitales. Discutir lo que planteaba Pablo (o cualquiera que pensaba como él), oponer argumentos para rebatir lo que decía o por lo menos plantear algún matiz diferente, eso no aparecía, como demostrando que si algo no estaba en los planes de ‘los changos’ era un diálogo a fondo. Silencio de radio como toda respuesta a unas pocas voces que pretendían abrir el juego para ver de qué se trataba la historia. Quince Jefes de Servicio callados y tiesos como granaderos mientras este tipo con dos o tres gatos locos más trataban por todos los medios que se generara algo diferente. Como era previsible, no pasaba nada. La clave era que a nadie (y mucho menos a esos quince) le convenía los cambios que proponía Pablo y sus pocos adeptos porque significaban ni más ni menos que hacerse cargo de lo que se hacía y de lo que se dejaba de hacer, sea esto último por decisión u omisión y hacerse cargo, poner el pecho o la cara, no eran conductas contempladas en el repertorio de un jefe de servicio promedio que en términos generales usaba su cargo y rango como una placa de bronce portátil que no sólo le daba prestigio, sino que a fin de mes significaba unos pesos más  que no le vienen mal a nadie, más aún en los tiempos que corren. Los encuentros con la fauna completa que no fueron más de dos o tres, terminaban en todos los casos con las frases vacías de siempre, ‘mi Dirección tiene las puertas abiertas’, ‘ustedes son muy importantes para el hospital’, ‘conducen servicios de excelencia’ y yerbas por el estilo. Por el otro lado ‘hacemos todo por el paciente’ y ‘siempre fuimos médicos de hospital’ eran los slogans preferidos. Aunque parezca insólito hay algunos que siguen creyendo (o hacen de cuenta que creen) en esas cosas y en casos extremos de patología, hay quienes piensan que son imprescindibles y más aún, están convencidos que tienen la espalda blindada, a prueba de puñales. De esas reuniones salían pequeños grupitos de murmurantes que se dispersaban por los pasillos hablando pestes de unos y de otros y en ese interludio de sinceridad brutal cada uno decía a su banda lo que pensaba de los hasta hacía pocos minutos y en el recinto de la dirección eran ‘excelentes colegas’ e incluso ‘grandes amigos’. Era interesante inferir el proceso de metamorfosis que se producía en pocos metros de marcha a lo largo de los cuales esos Santos de la Espada (del bisturí en este caso) se convertían en la peor de las lacras. El beso de Judas quedaba reducido a una travesura de adolescente al lado de esta competencia encarnizada de traidores que dejaban la ética de lado o la usaban para su provecho, volviéndola elástica y maleable y cruzaban amenazas veladas corroborando la teoría del famosos filósofo contemporáneo Jorge Rial que dejó establecido que ‘nadie resiste un archivo’. Nada que envidiarle a una pelea de vestuarios de un club de fútbol o un jaleo de vedettes de un teatro de revistas, salvo tal vez las formas que en el caso de estos retoños de Hipócrates son un poco (sólo un poco) más cuidadas. Juego peligroso el que jugaba Armando porque como era de prever había decidido simpatizar de modo más o menos explícito con ‘la comparsa de los quince’ que a su vez llamaban a Pablo y los suyos ‘Las Carmelitas Descalzas’. Es una lástima que el ingenio (de ambos grupos) no hubiera sido canalizado de una manera más constructiva, pero eso forma parte también de nuestra naturaleza como colectivo. Es como si no hubiéramos dejado atrás la infancia y en cambio aún entrados en años, seguimos optando por lo que creemos que son travesuras, transgresiones que asumimos y inocentes precisamente porque creemos que no sigue amparando la impunidad por nuestro status de niños que dicho sea de paso, aprovechan para hacer lo que se les da la gana, con quiénes se les da la gana y cuando se les da la gana, haciendo que el verbo ‘quiero’ sea más conjugado que el ‘puedo’ y mucho más que el ‘debo’. Si bien nadie podía arrogarse la capacidad de meterse en el alma y en los pensamientos de Armando como para concluir que su posición le resultaba cómoda y no le generaba angustia o remordimiento alguno, no menos cierto es que él hacía poco o nada para que los demás creyeran que estaba allí por razones ajenas a su voluntad y que en cierto modo, fuerzas extrañas le habían escamoteado el poder de decisión. Todo indicaba que se había ubicado justo donde pensaba que era más conveniente estar. Incluso hasta parecía disfrutar de ese mundo donde las alianzas pendulan y se reciclan o se deshacen como espuma, donde los muertos políticos son reanimados o rematados según se los necesite o no, respectivamente. Se sentía a sus anchas allí, donde uno más uno no sólo no eran dos, sino que podían ser el número que mejor cuadrara a la situación. El reino de lo relativo, de los valores de tribuna y las verdades de discurso que se disuelven en aire y no dejan la menor huella porque al mismo tiempo limpian la memoria.

Prédica IV

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