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Eran amigos desde muy chicos. Se habían criado juntos. Vivieron en la misma cuadra hasta que les tocó irse a estudiar afuera porque en la provincia no había facultad de Medicina. Armando fue a Córdoba y Pablo a Tucumán. Los dos partieron el mismo año, pero Armando se recibió primero porque en Córdoba la carrera duraba un año menos. ‘Y era mucho más fácil’ decía Pablo a quien lo quisiera escuchar. La rivalidad de las dos facultades era muy conocida. Era una especie de Boca-River académico, con fanáticos de los dos lados y en las discusiones que muchas veces llegaban a las manos, seres que se suponía estaban aprendiendo a ser pensantes, se transformaban en fanáticos. Un calco exacto de los clásicos del fútbol, con la diferencia de que los integrantes de estas barras bravas universitarias estaban en proceso de convertirse en médicos, dato no menor si los hay y que como anticipo del futuro no auguraba nada auspicioso. Ojalá que ese tipo de conductas se esfumen con el tiempo, era la plegaria a la que recurrían sobre todo las madres. Lo cierto es que este chicaneo permanente marcó la adolescencia tardía de Armando y Pablo que tal vez en lo más profundo del inconsciente fueron cocinando a fuego lento una bronca recíproca que con el tiempo como catalizador, alcanzó la adultez y se la notaba robusta y saludable. En una de ésas el hecho de que Armando hubiera terminado su residencia en Clínica Médica y Pablo no, también contribuía a la discordia porque Armando aprovechaba cuanta ocasión propicia se presentaba para recordarle a Pablo su ‘cuenta pendiente’ con la formación médica canonizada que poco más, poco menos, lo hacía un médico ‘de segunda’. Si nunca Armando lo dijo así, con esas palabras, fue porque Armando tenía muy claro con quién podía meterse y con quién no. Pablo estaba en el segundo grupo y de eso no cabía la menor duda. Así estaban dadas las cosas. Se detestaban con constancia y prolijidad y de algún modo actuaban como boxeadores en el primer round de una pelea, se estudiaban y buscaban el momento de colocar el golpe que definiera las cosas. No mostraban casi nunca la hilacha, pero cuando los dos estaban en el mismo lugar, el aire parecía gelatina y como al descuido, en una especie de improvisado ballet, los partidarios de uno y del otro iban tomando posición en el escenario para que se viera con claridad quién era quién. Tal vez la Divina Providencia hizo las gestiones del caso como para disuadir a Pablo de pelear por la Dirección Médica del hospital y él mismo pregonó a los cuatro vientos que no le interesaba en lo más mínimo. El se consideraba ‘de trinchera’ y jamás se le ocurriría pasar al bando de los ‘de escritorio’, a los que despreciaba abiertamente porque entre otras cosas, ocupar ese sitio implicaba la necesidad de ‘hacer política’. Es muy probable que esa falta de ambición política de Pablo haya contribuido a que en el Hospital no se hubiera declarado una guerra abierta porque bueno es decir que uno tenía el poder ‘oficial’ y el apoyo del Ministro, mientras que el otro, una molesta piedra en el zapato del sistema, se había ido ganando con los años un respeto que a la hora de medir fuerzas, no era poca cosa. Un Director contra una especie líder puede dar como resultado una batalla más que interesante, pero estos dos leones viejos cada vez tenían menos ganas de que corriera sangre y su odio mutuo se desplegaba puertas adentro de la oficina de uno o del otro y es importante decir que nadie se enteró de detalle alguno de esos encuentros. Dos tumbas. Ni más ni menos. Sí se sabía que en reuniones con los íntimos, Armando le decía a Pablo ‘Doctor House’, no por lo acertado de sus diagnósticos en los casos más complicados o por su enorme conocimiento médico, sino porque no había rengo que no fuera hijo de puta y aunque Pablo caminaba perfectamente, la segunda parte, según Armando, se aplicaba a él como a medida. Pablo le devolvía las atenciones cuando estaba con su gente y Armando pasaba a ser ‘Mundial de Uganda’ porque no se iba a jugar en la perra vida. Dos angelitos de Dios, señora. Elija cuál elije para yerno. Si me insiste un poco, yo les daría los dos por el precio de uno, por supuesto que sin derecho a devolución. Usted se hace cargo de lo que lleva y no hay reclamos una vez que se ha retirado de ventanilla. Armando intentaba pilotear la Dirección del hospital sin ganarse más enemigos que los estrictamente necesarios y conducía con la idea de que un avispero no debe ser revuelto jamás porque lo único que se gana es que las avispas se enojen y cuando se enojan, pican y cuando pican, dejan ronchas que son algo molesto y sobre todo evidente. Mientras menos se expusiera ‘la institución’, sobre todo ante la prensa, mejor la iban a pasar todos y en especial él mismo que a esa altura de su vida, amaba la placidez y los días sin contratiempos, prefería a los gremios lejos y a la gente contenta aunque no siempre se mostraba dispuesto a pagar el precio para conseguir todas esas cosas. No era ingenuo y mucho menos estúpido. Sabía que desde el mismo momento de asumir, la ‘corporación’ lo iba a empezar a ver ya no como colega, sino como una especie de blanco móvil que dejaría de serlo sólo si se adaptaba a las reglas de juego. Por lo pronto, la amistad se suspendía. Quedaba pendiente  hasta nuevo aviso. Nada personal, sólo negocios, como solía decir don Vito Corleone. El tema era entender que no había que exigir a ´los changos’ y menos aún cuestionarlos. Había que dejarlos hacer las cosas como ellos sabían hacerlas. Como dijo alguna vez un Ministro en funciones: ‘Los médicos hacen de cuenta que trabajan y nosotros desde el Ministerio, hacemos de cuenta que les pagamos’. En este juego perverso de máscaras y simulaciones, el acopio de poder no estaba en los silos del Ministerio, sino en la ‘corpo’, así que desde una Dirección de Hospital, sólo se trataba de hacer buena letra con los verdaderos amos y entonces todo marcharía razonablemente bien. La consigna no negociable era mantener al león tranquilo. Nada de ideas peregrinas como poner relojes de marcación, auditar prestaciones (no se le vaya a ocurrir a nadie poner en tela de juicio algún estudio ‘de más’ o algún antibiótico ‘por si acaso’). Había que sacarse de la cabeza impulsar la protocolización de los servicios y delegar las responsabilidades en los jefes intermedios y sobre todo ni hablar de un sistema de méritos y deméritos. Ya el mundo estaba cansado de revoluciones y los hospitales no necesitaban que llegara del espacio una manga de iluminados para decir cómo se tenían que hacer las cosas. El sistema funcionaba y punto. La gente ya se había acostumbrado a las colas, a los turnos diferidos para meses después, a ir a la guardia por cualquier cosa, a que precisamente en la guardia por regla general se los destratara o se les pusiera un parche como si se tratara de cubiertas pinchadas. La gente se había acostumbrado a que le dijeran que si tenía obra social, ‘mejor se fuera a una clínica porque en este hospital ni algodón hay’. Muchas veces esos mismos samaritanos eran los que se encargaban de llevarse el algodón del hospital, una que otra ampolla de las más costosas, algún instrumento de cirugía y menudencias por el estilo para que sus clínicas pudieran recibir a los pacientes que se salvaban de ser atendidos en los hospitales y no les faltara nada. De eso no se habla y ha de ser porque es cierto.  

'En este Hospital no hay nada. Ni algodón tenemos'

‘En este Hospital no hay nada. Ni algodón tenemos’

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