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Como para alejar cualquier sombra de duda, dejo establecido que la bondad no es una virtud que tenga disponible en mi repertorio. Es mejor decir que la tengo algo así como ‘en obra’, en forma de proyecto inacabado al que día le doy una vuelta de tuerca para ver si puedo evitar que siga siendo una expresión de deseos y convertirlo en un objetivo que se mueva con libertad hasta superar la frontera de las aspiraciones. Es cierto también es que no tengo mucha idea de cómo iré a cumplir ese objetivo. No tengo muy claro qué debería hacer y por ende, cómo y el cuándo hacerlo. Las tres preguntas claves de todo proyecto hoy por hoy parecen correr la misma suerte, cosa de la que no estoy orgulloso, ni mucho menos, pero es lo que hay y por sobre todo, es lo que soy. Por más que trate, contra la propia naturaleza se estrella más de un argumento que a primera vista puede sonar lógico y tal vez será por eso que algunas de las cosas que uno hace o deja de hacer deberían archivarse en el baúl de lo inexplicable. A no confundirse. No estoy haciendo el  prólogo para confesar en un estudiado golpe de escena que soy un psicópata antisocial o un asesino en serie. Que conste en actas que soy incapaz de matar un ser humano e incluso debo reconocer que cada vez que hice daño y fui consciente de ello, sentí no sólo vergüenza, sino un dolor tan profundo que en un par de ocasiones llegó a ser físico. ‘Dale una máscara y hablará’ decía el buen Oscar Wilde que de juegos de engaño y ocultamiento algo sabía.

Es así. Lo voy expresar con toda la honestidad de la que soy capaz. Pese a lo que se alcanza a ver en la superficie, les puedo asegurar que no hay día en el que me despierte sin la idea de ser bueno como uno de los primeros pensamientos que llegan en ese apresurado amanecer de la conciencia, un cachito antes de que las ideas se pongan realmente en orden. Algo en mi interior que ustedes podrían llamarlo como gusten, me sugiere, por decirlo de manera elegante que ser bueno es la mejor alternativa. Entre paréntesis, hace ya mucho tiempo que dejé de ser tan ingenuo como para pensar que es la única opción que existe. Denle un vistazo rápido al mundo que los rodea y seguro se darán cuenta a lo que me refiero. En fin. Ser bueno es lo que pretendo de mí como idea base o cimiento de mi propia construcción y conste que no estoy hablando de ser mejor, de esforzarme en una suerte de perfeccionamiento progresivo, modificando o erradicando cosas de las que estoy lejos de enorgullecerme, sino de ser bueno, así, sin más.

En esto, sigo a Mario Bunge cuando dice que para definir la bondad de un individuo no debería usarse la expresión ‘es incapaz de matar una mosca’ o ‘es bueno como el pan’. En el primer caso porque centenares de miles de millones de moscas también son incapaces de exterminar a un prójimo (cosa que no puede decirse con tanta soltura de cuerpo de un ser humano) y en el segundo, porque la sentencia sólo funciona para alguien que no sea celíaco porque para los que padecen esa enfermedad, el pan puede ser cualquier cosa, menos bueno, salvo que no tenga avena, trigo, cebada, centeno, con lo cual, la definición de pan que todo el mundo evoca ya tiene límites adicionales a considerar, lo que atenta contra ella porque lo que emerge de la sabiduría popular como refranes, sentencias, frases o consejos tiene que ser lo suficientemente generales como para dejar el menor espacio posible al divague filosófico y a las interpretaciones. Algunos sostienen que fulano de tal es ‘más bueno que Lassie atado’. Se ve que quien ha acuñado esta frase ignora que si algo distorsiona y retuerce el comportamiento de un perro es justamente atarlo. La sabiduría popular es tan falible como el conocimiento científico. Queda demostrado.

En este ejercicio de pensar en voz alta, me sitúo en lo que dijo hace muchos años Edmund Burke (1729-1797): ‘Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los hombres buenos no hagan nada’ o tal vez podría dársele una vuelta de tuerca y decir ‘Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los hombres buenos no cumplan con su deber’, con lo que en cierto modo se coloca al mal como una fuerza activa que se cuela a través de la brecha abierta en la pasividad de los que se supone tienen la misión de actuar. Haciendo abstracción de lo que flota en el aire, se importante mantener concepto de que deber no es un tema menor. Mal que nos pese, daría la impresión de que está perdiendo batalla tras batalla frente a los derechos que por supuesto tienen más difusión y muchos más adherentes, hasta el punto que junto con los deseos, han adquirido más envergadura que los mandatos de la conciencia, ese enanito devaluado que se supone nos dice lo que corresponde a cada momento. La situación no es del todo ilógica, ya que por definición, es más beneficioso esperar y recibir lo que se piensa que corresponde que relegar la procura de la satisfacción y dejarla en manos de de la sensatez. Que en la vida de un ser humano haya lugar para las dos es algo que muy pocos parecen entender, a juzgar por la alármate proliferación de mentes infantiles que obedecen al imperativo tiránico del ‘quiero’ y van desplazando con la prepotencia del niño que poco entiende de límites a los que persisten en la idea que también es un producto de la sabiduría popular: ‘Primero el deber, después el placer’.

Tal vez y sólo tal vez, la línea de razonamiento conduzca a afirmar: ‘Bueno es aquel que hace cosas buenas’. Si se acuerda con esta afirmación, se la bondad no se pondría de manifiesto en las intenciones, sino en los resultados que por otra parte son más útiles a todo fin y refuerzan eso que tanto se sostiene y que aparece hasta en la Biblia: ‘El árbol se conocerá por sus frutos’. Reconocer a la gente por sus acciones es un buen modo de apreciar hasta dónde llegan sus virtudes y por ende cuánto valen sus defectos. Asumiendo que entraña ciertos peligros, sobre todo en lo que respecta a la vara de medida, a quienes la usan y de qué modo la emplean, me quedo con esta idea porque estoy convencido que la bondad no es una característica virtuosa que nace de la ausencia de mal (a la inversa de lo que sucedería con éste), sino  que es una consecuencia más o menos lógica de una decisión tan íntima como compleja que implica la opción de cambiar el entorno que nos rodea incidiendo en él de modo positivo, mientras se intenta mantener la coherencia entre intenciones y resultados. Con esto, es posible concluir que ser bueno cuesta mucho trabajo. Mucho más que ser malo porque como se dijo, los  buenos a veces son capaces de dejar brechas por inacción y por allí los malos se deslizan con la mitad o un poco más del trabajo hecho. La bondad es una actitud humana que se debe edificar desde los cimientos y que jamás adquirirá la solidez suficiente como para que quien la construyó pueda descuidarse en cuanto a dejarla a mercede de los elementos. Como toda virtud superior, la bondad es inestable, frágil y aunque suene en cierto modo paradójico, tiene más enemigos que amigos, de modo que deberá adaptarse a estar más tiempo amenazada que protegida.

Elegir ser bueno significa emprender un camino de lucha porque no todo el mundo es permeable a los resultados de las buenas acciones y si se tiene en cuenta que el ser humano promedio necesita de tanto en tanto un reconocimiento. Saberse bueno y que nadie lo valore puede ser un incentivo demasiado magro como para que valga la pena jugarse el pellejo porque convengamos que el bueno, si parte de la base del deber y de la sensatez, puede ir contra lo establecido social o individualmente, puede lesionar intereses o modificar estados de cosas dentro de los que mucha gente estaba confortablemente instalada. Es bueno saber de entrada que las buenas acciones  no son buenas para todo el mundo porque suelen ubicar donde corresponde lo que estaba fuera de su sitio y so  incomoda, restringen privilegios y hace que algunos se sientan perjudicados.

No tengo, como es obvio, la respuesta y este tema es uno de los tantos que me hace ir y venir de reflexión en reflexión y de acción en acción, tanto así que a veces me siento tan a contramano del planeta que me inclino a pensar que soy yo el equivocado, opción más confortable que andar por la vida cuestionando. Reconocer que uno se estaba manejando en la dirección equivocada asegura la adherencia automática a la mayoría, con lo que es de suponer que el nivel de conflicto debería disminuir porque nadie confronta con los que piensan igual. Lo malo del asunto es que esa salida va contra mi naturaleza y desde hace un tiempo he dejado de luchar contra lo que soy. ¿Qué soy en definitiva? Alguien que mantiene las ganas de pelear contra lo que cree que no funciona. Alguien que mira cómo su país se convierte en un coto de depredación donde lo que vale es llevarse lo más posible. Alguien que se da cuenta que no somos capaces de darles las herramientas que nuestros hijos necesitan para no estar tan a merced de un futuro complicado en el que los valores, algunos de ellos por lo menos, son especies en extinción. Alguien que ve que su profesión, la que eligió hace unos 30 años está siendo sitiada desde adentro y desde afuera y al que de tanto en tanto (cada vez con más frecuencia) se le cruza delante en el camino una pregunta que lo inquieta: ¿Qué es ser un buen médico y por qué uno debe serlo?.

Lassie

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