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La soledad y la reflexión parecen tener mala prensa en los últimos tiempos en los que hacerse preguntas incómodas y escapar de un espacio vital repleto de interferencias es sinónimo de que se anda necesitando algún químico que acuda en auxilio del desvalido, de ese náufrago social que no ha comprendido aún que tener decenas de miles de amigos es lo que se pregona hoy como paradigma de éxito en la gestión de las relaciones humanas. Seguidores. Ávidos navegantes de la red que no ven la hora de aportar su ‘me gusta’ o ‘no me gusta’ o ‘etiqueto’ o ‘ me siento …’, colgados de un sistema impersonal como un adorno más de ese inmenso arbolito que así como se arma con toda esperanza, al poco tiempo se suele desarmar sin pena ni gloria. También hay gente que espera del otro lado de la línea que un mensaje de 140 caracteres le acerque un motivo para tipear algo y de ese modo andar por el tiempo a los saltos como piedra en piedra al vadear un torrente de montaña, con todo el riesgo de pisar musgo y dar con las posaderas en el agua o peor porque responder de manera instantánea a un mensaje sin repregunta o reflexión, me suena parecido a que un clavadista de Acapulco, se lance al agua sin tener en cuenta la marea, conducta que lo sitúa como candidato número uno a terminar como un grotesco amasijo de carne y huesos contra las rocas.

Da la impresión que la consigna es vivir alerta, en un estado que poco tiene de inteligente y mucho de astuto, poco de reflexivo y mucho de reflejo. El asunto es tener lista la réplica o a mano la adhesión porque en uno de los lenguajes dominantes de hoy, el de las redes sociales, estar es más o menos lo mismo que ser, con lo cual los existencialista (muy a mi pesar) puede que vayan ganando la batalla. Total. Convertirse a través de una foto minúscula en un ícono más parece que es lo top. La tendencia, como se suele decir ahora. Es simple. El que propone el tema tiene una dosis (homeopática) de esperanza y se siente alguien mientras espera ese click que cambie sus estadísticas o sea el número de seguidores. En definitiva, da lo mismo porque como no hay que hacerse cargo de nada, la verdad es que no pasa nada, salvo en los casos en los que muchos seguidores tienen valor de moneda de curso legal y ahí, cuando la billetera extermina los galanes, la ‘comunidad’ se transforma en un lucrativo ‘mercado de pulgas’ del chisme. La verdad, con la elegancia que la caracteriza, le cede el paso a los relatos y todo se transforma en un lance patético, con espadas y esgrimistas de plástico, a los que vuelta a vuelta se les ven los piolines.

La comunidad. Ese universo donde lo virtual tiene mucho que ver con la fantasía y donde se percibe en tiempo real de qué modo se los continentes se desintegran para pasar a ser archipiélagos en los que cualquier islote puede ser quien mande en el concierto. Democracia caótica en la que la ilusión de estar rodeado de gente no es más que un maquillaje grotesco de una soledad mucho más profunda que la meramente física. Hoy parece que la necesidad legítima de estar solo de tanto en tanto es poco menos que una amenaza terrorista contra uno mismo y contra el sistema. no vaya a ser que a uno se lo dé por rebobinar la cinta y mirar un poco lo que fue, lo que pudo haber sido y por qué no, lo que puede ser si se hace algo al respecto. No, gracias. Ese espacio reflexivo no provoca un aluvión de ‘me gusta’, simplemente porque no se sube a la red. No está pensado para eso y tal vez sea la razón de que se lo considere en cierto modo peligroso. Estar con uno mismo no es la peor compañía o al menos no debería serlo, así como tampoco es bueno que sea la única. Pero cuidado, no vaya a ser que como antídoto mediocre y transitorio cuando la soledad tiene peso y volumen, desespera y no conduce a ninguna parte, se busque refugio en las redes sociales como si hubiera quedado a merced de una lluvia inclemente, perdiendo al mismo tiempo la capacidad de pensar que es cierto que el agua empapa, pero no menos cierto es que lava.

Está claro que no me cabe esta cosa de desnudarse así, de modo indiscriminado, en una especie de culto al exhibicionismo y haciendo ostentación, si se quiere, de una cierta actitud deportiva. Me suena como si  hubiera obligación de poner lo que guardamos dentro a disposición de un enorme juego en el que no se distingue entre compañeros y adversarios. No le veo la gracia a mostrar las huellas de la historia a la tribuna que en muchos casos goza con el deterioro y pide más y el stripper obedece, siempre y cuando lo que se muestre quede lo más dentro posible del radar del fotoshop para que se disimule lo evidente. Visto desde cierto ángulo, se podría incluso decir que no es malo mostrarse tal como uno es, pero también es cierto que una cosa es mostrar y otra exhibir como en un escaparate. Una cosa es poner sobre la mesa lo que hay y lo que falta, delante de quien sabemos que nos escucha y de paso nos concede la gracia de la empatía y otra muy diferente es andar sembrando los pequeños triunfos, los contratiempos y las infaltables miserias en un terreno del que se desconoce la fertilidad y por ende no se sabe qué es lo que ha de crecer a partir de todo lo que se le va arrojando. Nunca tuvo buen final una siembra a ciegas.

Rumiante

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