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´Los pensamientos vienen y se van de forma caprichosa. No existe ningún sistema para contenerlos ni para poseerlos. Se ha escapado un pensamiento que yo estaba tratando de escribir y entonces escribo que se ha escapado’.

‘Cuando escribo mis pensamientos, a veces se me escapan, pero esto me hace recordar mi propia debilidad que olvido continuamente y me enseña tanto como mi pensamiento olvidado, pues sólo lucho por reconocer mi propia insignificancia’

 

(Blas Pascal), citado por Paul Auster en ‘La Invención de la Soledad’, Anagrama-Otra vuelta de Tuerca ©1982, Página 191.

 

Cada día que comienza, pese a los esperanzados crónicos que persisten en la idea contraria, es posible que uno se despierte con enemigos y amenazas que acechan, formando una suerte de círculo que se empeña en cerrarse hasta que la sensación de ahogo se hace patente. Este modo de empezar el día no forma parte de un destino inexorable. Para nada. Es un hecho que ocurre de tanto en tanto y que forma parte de nuestra historia que por otra parte suele correr, sobre todo en estas circunstancias, bastante por fuera del mito que dice que mañana todo ha de ser mejor. A veces mañana es mejor, cierto y a no dudarlo, pero otras veces no es así y de eso se trata. De estar preparado para la tormenta porque partamos de la base que en los días calmos cualquiera se siente con las habilidades suficientes como para ser un avezado timonel, así como en una jornada de tregua a mitad de una guerra, desde los generales hasta los soldados alardean de su valor sin límites sin que haya demasiado que perder.

La cosa cambia cuando el horizonte deja de ser plano. Para saber cómo capear los temporales y salir bien librado de los enemigos y de las amenazas, habría que empezar de cero. Tratando de definir las distintas formas de ataque que tienen los que nos sitian la fortaleza y pretenden de un modo sutil o más o menos desenfadado derribar nuestras defensas. Vaya tarea ésta la de descifrar tácticas. Se necesita tiempo, inteligencia y libertad de pensamiento para emprenderla y no siempre disponemos de esos recursos tan valiosos.  Tal vez será por eso que optamos por negociar siempre, cediendo la mayor parte de las veces y manteniendo las cosas así como están, en lugar de ponernos de pie, asumir lo que somos y deseamos ser y llevar adelante esta visión pese a quien pese.

Será que es más sencillo pensar que las cosas nos pasan y de esa manera desechar la idea de hacer que por lo menos algunas de esas cosas sucedan por nuestra intervención, sin pretender por ello jugar a ser dioses pequeños, sino ejerciendo la potestad del humano que es la de intervenir sobre el entorno y modificarlo de tal modo que sea menos hostil. Si no hacemos eso, ese entorno nos perderá el respeto en algún punto y a partir de allí, nos iremos reduciendo a expresiones mínimas de lo que pudimos ser en algún momento, cuando todavía no era demasiado tarde. Se puede partir del presupuesto de que todos tenemos potencialidad de cumbre y somos capaces de plantar  nuestra bandera en la cima del monte más alto y desafiante. Concedido, pero no es menos cierto que a lo largo de la historia se ha demostrado que resulta más sencillo el llano, las laderas apacibles y la previsibilidad de la tierra que andar colgados de las rocas, a merced de los abismos, desplazarse por el aire o esquivar olas en un mar embravecido que lo único que quiere es quitarse de encima nuestra molesta presencia. Es sabido que tanto cambio de ritmo y de velocidad inquietan hasta la más templada de las almas.

En esta especie de montaña rusa que es la vida diaria, guste a quien guste y a la que por otra parte nos aferramos con la tenacidad de una garrapata, hay subidas y bajadas, idas y vueltas, rectas y curvas, vértigo y parálisis, sucesos y esperas, triunfos y fracasos. No estamos  libres de tener sorpresas a cada momento, pese a que percibamos que todo se presenta como previsible. No nos es ajena la sensación de que llegamos a destino y cuando estamos por detenernos, una aceleración inusitada nos impulsa hacia adelante sin rumbo fijo ni tiempo de asegurarnos a la butaca, cosa que con suerte lograremos lograr un segundo antes de frenar de nuevo. En definitiva, es como si nos pasáramos la mayor parte del tiempo acomodando el cuerpo a las circunstancias (y no siempre con éxito), tal vez porque carecemos de la visión suficiente como para anticiparnos a los hechos, será que la tenemos y no nos atrevamos a usarla (o no queremos hacerlo), tal vez y sólo tal vez se deba a que desconocemos lo que guardamos dentro, a fuerza de andar tanto tiempo derivando en nuestra propia superficie sin la vocación de sumergirnos o quizás todo se reduzca al resultado de esa ecuación nefasta que integra inmediatez, temor al cambio y crispación con actitud permanente de defensa que nos malversa el tiempo.

No hay secretos. Todo se reduce a ser. A alcanzar metas. A no negarse lo que se desea por la negación misma. A no perder el rumbo y al mismo tiempo no transformar un camino que debería ser más o menos amplio y transitable en una cuerda tensa que no permite el menor traspié porque el riesgo de estrellarse en el fondo del precipicio es real. Exigirse y demandar del entorno lo que nos merecemos. Mantener la propia vigencia, sin permitir que los años nos marquen con huellas demasiado profundas. Al fin y al cabo, se trata sólo de tiempo y nada más y se sabe que el tiempo es relativo porque puede servir de soporte para envejecer o de sustrato para renovarse y crearse nuevamente.

No es mucho lo que se espera de nosotros. Sólo que estemos a la altura de las circunstancias, que seamos capaces de proponer y de vivir para marcar la diferencia. Se nos pide que la vara con la que nos medimos no sea ni más ni menos piadosa que la que empleamos para medir a los demás y que hagamos lo que se debe lo mejor posible. Ser sensatos, autocríticos, honestos y sobre todo permeables a este ejercicio de aprender que no cesa ni se interrumpe, incluso en el momento del sueño más profundo y hasta el mismo umbral de la muerte. No se nos demanda otra cosa que procurar la plenitud o acercarnos lo más posible a ella, entendiendo que nuestra historia es básicamente búsqueda de sentido que tendrá sus momentos de luz y por consiguiente habrá sombras que a veces nos pueden cubrir por completo, pero sepamos que esa penumbra no es jamás permanente, así como no es perenne la luz. Tanto el brillo como la oscuridad suelen ser transitorias. Somos seres dinámicos en un entorno que cambia. Está en nosotros tomar ese tren o quedarnos en el andén como una evidencia patética de un proyecto enorme que no fue.

¿Estamos en condiciones de aceptar el desafío? Si creemos que sí, habremos capturado la oportunidad de librarnos de la enfermedad del alma que más lastima a las personas que es la chatura porque no nos olvidemos que esa chatura trae consigo un resentimiento contagioso que se expande con la efectividad de un virus, atrapa a cuanto incauto camine por las cercanías y también lo enferma. Si aceptamos el desafío, entendiendo de entrada que es posible que no lleguemos jamás donde nos propusimos, tendremos el privilegio de que la muerte nos alcance en pleno viaje, evitando así ser una presa fácil para ella porque nos aquedamos a esperarla anclados en el mismo punto de siempre, incapaces de dar el primer paso.

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