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Explicar lo inexplicable es una parte del trabajo de cualquier director de hospital público que se precie de serlo. Tal vez sea la ‘parte sucia’ del asunto porque se trata de caminar por esa delgada línea que divide la verdad de la mentira, sin permitirse el lujo de cruzar hacia uno u otro lado. Ya se sabe que el secreto del éxito en esta misión es mantener un discurso que suene creíble, sin ser cierto en exceso. Decir la verdad así, como es, desnuda y sin cosmética, es una conducta que pone en riesgo a cualquier relato. Por usar una fórmula elegante, se opta en general por una especie de ‘sinceridad dosificada’. Ahora bien. Dejando establecido que la sobredosis de sinceridad en el punto uno o sea en el ¿Qué? es perjudicial para la salud de las instituciones, se pasa al punto dos que tiene que ver con el ¿Cómo? Lo primero que viene a la cabeza es usar la estrategia clásica y emprenderla contra el sistema que según dice la canción ‘es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente’. El sistema entonces, pasa a ser como la hidra que recupera las cabezas a medida que se las vamos cortando, de modo que no pierde poder de fuego y la lucha termina siendo tan inútil como sangrienta. Se me ocurrió que podía funcionar de pronto hablarle del equipo de salud navegando en las agitadas aguas de ese sistema, tripulando un barquito pequeño, frágil e inestable, al que cualquier ola, por más inofensiva que pareciera a primera vista, era capaz de hacer escorar la nave. Me pareció más o menos aceptable la metáfora y la reservé en un lugar accesible de mi memoria para cuando llegara el momento preciso. Me terminé convenciendo además que era buena la idea de ensalzar las virtudes de todos y cada uno de los tripulantes de esa embarcación que hacía lo imposible para mantener el rumbo pese a que estaba a merced del bravo mar. Esa tripulación que sin medir consecuencias, sin que le hiciera mella el agotamiento que acalambra los músculos, sigue cumpliendo con su deber hasta quedar sin fuerzas, completamente exhausta (esta me pareció muy exagerada, pero decidí que podría ser de utilidad si las cosas se me iban de madre). Me propuse decirles que nuestra elección de vida, nuestra vocación, tenía que ver con el paciente, centro y destinatario del esfuerzo de todos. Ese paciente al que juramos proteger y acompañar incluso en los peores momentos y por qué no deslizar sin demasiadas precisiones que todos éramos humanos y como tales, podíamos caer en el error, sin que ello se implicara descuido o desaprensión, sino una contingencia inevitable y ligada a una práctica tan compleja como es la atención de la salud de las personas. Asistir pacientes exige un estado de alerta constante, casi dormir con los ojos abiertos (esta me pareció buena por lo gráfica), obliga a convivir con el riesgo y mantenerlo a raya, implica saberse amenazado por lo imprevisible y asumir que no siempre las cosas salen como se las planea porque como solemos decir constantemente, no hay enfermedades sino enfermos. En definitiva, cada nuevo caso es un desafío inédito y lleno de misterios, por lo que debemos prepararnos para comenzar un camino repleto de trampas y emboscadas. Esta última parte tenía una dosis justa y hasta necesaria de dramatismo, a la vez que sirve para poner en negro sobre blanco lo que significa ser médico. Es como caminar sobre un campo minado, en tanto no se es el único dueño de los pasos y la diferencia entre volar por los aires y seguir caminando va por varios meridianos que no podemos controlar. Por ahí. Por ese lado voy a orientar la explicación. me da la impresión de que las cosas van a marchar si viajo en ese sentido porque no me interesa cambiar el eje y juzgar a la víctima, como se hace tantas veces en el gremio y eso que bien podría enumerar las cosas que ella hizo mal o dejó de hacer. Recordar, por ejemplo, a esa familia que ella no tenía en cuenta la toma a horario de sus medicamentos, no se controlaba como debía la presión y desobedecía las indicaciones de reposo. Tenía argumentos, pero no estaba en mis planes usarlos. Ella había subido de peso de manera descontrolada. Era un hecho, así como lo era su lista de ausencias al consultorio con cualquier excusa. No me pareció práctico usar la inconducta de la paciente como punto de partida para explicar lo que pasó después aunque he de reconocer que resultaba tentador tener un responsable del descalabro tan a mano y sin posibilidad alguna de rebatir tanta carga de evidencia en su contra. Es algo así como la situación ideal cuando se debe enfrentar una explicación de algo que uno mismo no llega a comprender del todo, en especial si el problema involucra a otros. Era seductora la posibilidad, pero no me cerraba. Presentía que esa familia iba a enfrentar tenía la costumbre de beatificar al muerto con el cadáver aún tibio, exorcizándolo, liberándolo de fantasmas, pecados y demonios, en un acelerado y efectivo proceso de transformación que producía al final un alma libre de impurezas y por supuesto, de errores. Ella, a esta altura del partido, ya estaba residiendo en el cielo y de eso no había dudas, por lo menos para su familia. Abandoné esta línea táctica que me había tentado por un momento y volví al abordaje de algún modo clásico del asunto. dar la impresión al auditorio que se reconocen detalles y mantener el eje del problema lo más lejos posible del centro de la discusión y provocar que todo girara a una velocidad tal que la fuerza centrífuga fuera suficiente como para arrojar lo más lejos posible cualquier pregunta, observación o cuestionamiento capaz de hacer vacilar mi discurso que a medida que pasaba el tiempo, iba viendo más endeble. Sistema. Error humano. Presiones. Sobre carga laboral. Obvié incluir en el listado los sueldos ‘indignos’ por varias razones, una de las cuales era que lo que ganábamos nosotros era más que ‘digno’ para la mayor parte de la población, incluidos los profesores que se ganaban la vida preparando alumnos particulares y trabajando cincuenta horas por semana. Falta de recursos. Decirlo era un arma de doble filo, así que descarté el tema. Yo estaba plenamente consciente que le daba vueltas a la médula del asunto. A lo que seguro preguntarían apenas comenzara la entrevista y no porque tuvieran una percepción especial de los hechos, sino porque todos sabemos que pasó. Por qué no estaba el médico de guardia cuando ella llegó al hospital y qué pasó que tardó más de cuarenta y cinco minutos en llegar. Preguntas sin respuesta o mejor dicho con respuestas que equivalían a atarse una soga con un yunque al cuello y tirarse al lago desde lo alto de un puente. No había modo de escapar sin salir herido. El tema era decidir entre autoinmolarse o sacrificar al que no estuvo a la altura de las circunstancias, al compañero de trabajo, al colega, al que a esa hora, justo a esa hora, estaba fuera del hospital sin explicación alguna y con el teléfono apagado porque a las cuatro de la mañana nunca pasa nada. Era mandar al frente al tipo que todos los días vemos en el bar tomando un café a media mañana y saludamos con una cordialidad medida, casi homeopática, pero cordialidad al fin. Era entregar al que el año pasado se sentó en nuestra misma mesa en la cena del día del médico y nos llenó un par de veces la copa con vino. Nada personal, pero mi compromiso con el sistema y mis colegas tiene un límite que es mi propio pellejo y no lo voy a entregar a las fieras para defender a un tipo que de última se mandó a mudar del hospital estando de guardia y esas cosas, al menos en teoría no se perdonan.

– Doctor Bigatti

Mi miraba con ojos de pregunta. Quería saber todas y cada una de las cosas que yo no tenía intención de contarle a menos que no hubiera salida. Tomé aire y recuperé la presencia

– ¿Qué pasó con mi mujer? ¿Usted sabe qué pasó con mi mujer?

–  La verdad y perdone que le diga esto justo ahora, pero estaba mal cuando llegó … no se cuidaba y sabía que tenía la presión alta y con el embarazo se le subió más. Le dijimos. No tomaba los medicamentos y eso hizo que se pusiera peor

El hombre bajó la cabeza y se la tomó con las manos. Se quedó así, en silencio hasta que levantó la vista y miró fijamente al Doctor Bigatti que seguía inmóvil en la silla de su escritorio.

– Gracias, doctor, por ser tan sincero conmigo. Le juro que nunca me voy a olvidar. Voy a recordar hasta que me muera esta charla. Palabra por palabra. Por el alma de ella se lo juro.

Ahí, justo en ese momento, me di cuenta que él sabía.

Evaluación (II)

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