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Enorme. Una bestia de dos metros cúbicos que tenía en jaque a uno de los sillones de mi oficina. Del lado derecho una anciana con la cara triste y un pañuelo negro en la cabeza que se restregaba las manos mientras movía los labios en una oración permanente, casi una letanía. Del lado izquierdo una mujer muy joven con un bebé de meses en brazos y otro varoncito de unos tres años aferrado a su pierna como un abrojo. En el centro de este círculo, yo que como Director del Hospital tenía la misión de recibir a quienes planteaban una queja o un reclamo serio contra la institución y parecía que este era el caso. El gigante era el que hablaba y los demás los miraban en silencio como quien observa por primera vez un eclipse o algún fenómeno de esa categoría, con esa mezcla inconfundible de asombro, admiración y miedo. Cuando uno dirige un hospital,  ruega no estar en este tipo de reuniones aunque sabe que es inevitable. Así como son las cosas, alguno comete un error y trata de taparlo con otro y con otro más hasta que se arma un enchastre imposible de limpiar y todo termina saliendo a la luz de la peor manera, filtrándose por los pasillos a partir de una conversación entre médicos que escuchó uno de los operarios de limpieza o un enfermero. No debemos olvidar que la mayoría de los médicos cree que su lenguaje es inentendible por el resto de los seres humanos y no toman las mínimas precauciones. Hablan a voz en cuello de los temas más delicados, con la plena confianza de que nadie que esté merodeando por ahí será capaz de entender media palabra de lo que dicen y ¿saben qué? ni por lejos es así. Sí que se entiende. Algo. No todo tal vez, pero sí lo suficiente como para que empiece un rumor con todas las de la ley y se amplifique cada vez más y de algún modo, eso llega a la familia del paciente y como consecuencia, se produce una reunión como la que estaba a punto de iniciar en mi despacho a pedido de esta gente que poco más, poco menos, amenazó con quemar el hospital con todo lo que tenía dentro, si es que yo no accedía a su demanda. La verdad, es que tenía poca idea del asunto. Unos cuantos datos aislados que pude recoger del sistema mientras esperaba que llegaran. La jefa de Terapia Intensiva, el jefe de cirugía y la de obstetricia estaban en todo sentido fuera del área de cobertura, lo que significaba que el brazo de la ley es largo, pero hasta cierto punto. Solo, con la obligación de poner el pecho por tres personajes que se habían mandado una macana grande como una casa. Ese era tal vez el dato más relevante que tenía cuando el gigante y su séquito entraron a mi despacho como quien lo invade y toma el territorio. Faltó que plantaran el estandarte en el escritorio.

– Mi mujer estaba bien cuando llegó, doctor …

– Bigatti, señor …

– Miranda, doctor Bigatti. Rafael Miranda. Soy el marido … mejor dicho, el viudo de la Irma …

– Está bien, señor Miranda. Entiendo cómo se siente …

– ¿Está seguro de que entiende cómo me siento, doctor? ¿A usted le mataron a su mujer en un hospital?

– No, la verdad es que no … pero …

– … y déjeme que le diga esto. Encima esos médicos que usted tiene trabajando aquí le echaron la culpa a ella, pobrecita que vino por los dolores del parto y le dijeron que era una gorda malcriada. Le hicieron un tacto y la mandaron de vuelta a la casa. Caminá en la casa, gordita, eso le dijeron que hiciera. Ella caminaba y le dolía ahí abajo. No sabía qué le pasaba. Primeriza, ¿Me entiende? No tenía idea y estaba muerta de miedo. Caminaba y lloraba de dolor hasta que a eso de las cuatro de la mañana sintió que le corría un líquido por las piernas y vimos que era  como agua al principio y después se puso medio verde y con unos hilos de sangre. La subí al auto y la traje de vuelta aquí. No tenemos obra social, doctor. Yo preparo alumnos particulares en mi casa y con eso nos la rebuscamos …

Mirá vos, pensé. Fijate lo que son los prejuicios. Hubiera aportado lo que tengo y más a que este tipo era el jefe de la barra brava de alguno de los equipos grandes de la ciudad, pero resultó ser un profe particular. Tal vez por eso entendió de entrada lo del trato y no se descontroló. Era un arma de doble filo. Se podía hablar con él, pero no le iba a poder vender humo como si fuera un grandote estúpido que sólo sabe pegar piñas y andar por la vida con los peores aires de patotero. No. Este era un tipo con algo en la cabeza y me sonó la primera sirena de alarma porque había que cambiar la estrategia urgente.

– … está bien que la haya traído, señor Miranda. Ella era paciente del hospital.

– Sí y siempre me decía que la atendían muy bien en los controles de embarazo. era puntual y venía todos los meses y los doctores le decían que iba todo bien y que el bebé crecía, la presión estaba normal y no le había subido el azúcar. A veces la retaban un poco porque había aumentado de peso. Bastante subió. Casi veinte kilos y estaba de más de ocho meses la última vez que la vieron en el consultorio. Ese día la pude acompañar y una doctora muy buena nos enseñó cómo eran las contracciones, qué tenía que hacer si sentía dolor. Todo. Nos enseñó todo y por si acaso, apenas llegamos a casa, preparamos el bolsito por si acaso nos agarraba de sorpresa el asunto. No vivimos muy lejos y yo tengo auto. Viejito, pero anda un reloj, doctor, pero uno nunca sabe y es mejor ser precavido ¿No le parece?

– Por supuesto, señor Miranda. Estoy de acuerdo con usted

Pensé por un momento en preguntarle si podía llamarlo Rafael, pero no me pareció oportuno arriesgarme a perder otro punto en esa pelea que venía pareja hasta ahora, gracias a que este grandote mantenía la calma y parecía serenarse por el sólo hecho de que yo lo escuchara. Decidí seguir por el mismo camino. Poniendo la oreja y esperando la oportunidad para retomar el control de la situación porque tenía el presentimiento de que se podía salir de madre en cualquier momento, por más profesor y persona educada que fuera. Se notaba que veía borroso del dolor y que desde adentro empujaban unas ganas de gritar que le costaba contener. No sé. Por un instante sentí miedo. No puedo explicar por qué. Tal vez será que se aprende a mirar mejor debajo del agua con los años de experiencia y se ven cosas que los demás no alcanzan a ver. Me dirán que este pobre hombre no venía con la intención de pedir que rodaran un par de cabezas (o más). Me dio la impresión de que sólo necesitaba descargar esa tonelada de angustia, impotencia y bronca que le estaba partiendo la espalda. Me quedé en silencio y esperé.

– Cuando la traje de vuelta, la enfermera me dijo que ya venía la doctora de guardia. Tardó más de media hora y llegó con una cara de dormida que ni le cuento. Hasta tenía las marcas de las sábanas en la cara. Acá, debajo de los ojos, en las mejillas y mucho olor a cigarrillo se le sentía. Como si hubiera venido fumado. No era la misma que nos había mandado a la casa antes. Era otra. Más joven y la trató mal a mi mujer. Le dijo que por qué venía a esta hora que ya estaba con el cuello todo dilatado y que en cualquier momento se hacía el parto y que el bebé podía sufrir. Todo eso le dijo en el consultorio. Ni la miraba y hablaba a los gritos. Cuando yo le pedí que dejara de tratarla así a mi mujer, me dijo que no me hiciera el macho porque iba a llamar a la seguridad y me iba a hacer sacar del hospital. Estaba como loca esa doctora. Yo me callé porque no quería que mi mujer se pusiera más nerviosa y en eso llegó el camillero y la doctora le dio la orden de que la subiera a la sala de partos urgente. Vos te quedás aquí, me dijo. Yo conozco a los tipos como vos, grandote. Son machos con las mujeres, pero no se la bancan. Le juro, doctor Bigatti. Así me hablo medio en puntas de pie porque era más bajita que yo, pero me retaba como si fuera un chico y yo estaba paralizado. No sabía bien qué hacer y me quedé en el pasillo, sentado en una de esas sillas de la guardia, esperando. Esperé horas y le juro por Dios que nadie, doctor, nadie vino a decirme qué estaba pasando con mi mujer. Yo preguntaba de tanto en tanto, pero siempre me contestaban lo mismo. Ya te van a avisar, papi. Quedate tranquilo. Los doctores están atendiendo a tu señora y cuando haya novedades, te va a avisar. Nadie me avisó. Nadie se acercó a hablar conmigo y a no daba más, hasta que perdí el control y empecé a los gritos. Yo o soy así. No peleo nunca ni trato mal a la gente, pero no pude más. Estaba desesperado, doctor ¿Entiende?

Lo miré. Joven. Bastante más joven que yo y a primera vista bastante más sufrido también. Tenía cara de que las cosas nunca le habían sido fáciles. Me paré de la silla y me acerqué hasta donde ´le estaba, con la cara entre las manos y el cuerpo temblando, como si adentro se hubiera desatado una tormenta. Le puse la mano sobre el hombro, le ofrecí mi pañuelo de tela mientras pensaba cómo iba a explicar lo inexplicable.

Evaluación (I)

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