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Da la impresión que el error funciona de algún modo como el monóxido de carbono, ya que la mayor parte de la población tiene una idea más o menos vaga de su existencia, pero es complicado reconocerlo, salvo cuando se hace evidente y en ese punto, puede que ya sea tarde. Por fortuna, la mayoría de los contactos con ese gas producen poco o nada de daño. Por otra parte, parece que no se tiene presente su hábito de esconderse dentro de un brasero encendido, un artefacto de gas defectuoso o las emanaciones del tubo de escape de los vehículos de motor, por citar algunas de sus guaridas favoritas. Se suele subestimar esto y pensar que lo que funciona mal está en la casa del vecino y que ese tipo de cosas sólo le suceden a quienes no se ocupan de mantener en buen estado las fuentes de monóxido, cosa que si bien en principio es cierta, no menos cierto es que hasta al cazador más experto se le puede fugar una liebre, precepto que justifica y sustenta la indicación de mantenerse en estado de alerta permanente, sin bajar la guardia y sobre todo, no permitir jamás un escape masivo de babosas o tortugas porque sería inadmisible.

Sea como sea que lo definamos y qué metáforas usemos para entenderlo mejor, es indiscutible que el error existe y es inherente a cualquier actividad humana. No sólo la sobrevuela, sino que es capaz de adherirse a ella hasta que termina siendo parte, en especial hoy en día porque se deja que el tiempo trabaje tranquilo y se hace poco o nada para que se revierta esta situación de infiltración del tejido noble de la práctica clínica por el error, infiltración que mientras más crónica, más tendencia mostrará a mimetizarse con el territorio invadido, hasta que se resulta casi imposible distinguirlos.

Aunque parezca obvio, es bueno recordar que nadie está libre de equivocarse. Esta situación nos enrasa a todos, de manera que podemos hablar al mismo nivel, desde el lugar que ocupan los seres falibles y a partir de allí compartir nuestras experiencias, el contexto en el que se produjeron los errores, la reacción que provocaron en nosotros y el análisis del eventual daño que ocasionaron al paciente o de las razones por las que ese daño no llegó a producirse. Podemos compartir lo que se suele sentir ante un error. Una vivencia patente de fracaso, vergüenza, culpa, impotencia, desilusión e ira que nos conduce al aislamiento, tal y como haríamos si fuésemos portadores de un germen de alta contagiosidad que debe mantenerse a una distancia prudencial de los huéspedes susceptibles. Ahí estamos. Solos y lastimados, con la vulnerabilidad a flor de piel, con el agravante de que somos responsables de reparar el daño y dejar todo en el mismo estado en que lo encontramos. No siempre tenemos esa capacidad, sobre todo porque al mismo tiempo suele aparecer un llamativo número de dedos acusadores que sólo es capaz de percibir quien se ha equivocado.

No se puede o más bien no se debe huir de la responsabilidad profesional que nos obliga a asumir las implicancias de nuestros actos y como dice el Dr. Ceriani Cernadas: Si se es responsable del paciente, implica que si la alternativa de máxima, o sea la ‘atención perfecta’ no es posible, se deberán asumir los errores que se cometen durante el proceso, lo que implica actitud crítica para prevenir que ocurran, alerta para su detección temprana, conocimiento a la hora de reparar daños, socialización para enriquecer la experiencia y capacidad de análisis, debate y gestión con el objetivo de evitar el error imperdonable, aquel que se oculta, no se corrige a pesar de ser detectado y se repite de manera sistemática aunque la verdad, eso ya no es un error y tal vez por ello se transforma en imperdonable o por lo menos injustificable. Preocupa que se vean cada vez más conductas de este tipo, dicho sea de paso y que al mismo tiempo, la renuencia a reconocerlo sea casi la norma. Nosotros mismos generamos y favorecemos la ocurrencia de esos errores imperdonables porque mantenemos esa conducta cobarde y especulativa que de manera inexorable conduce a que eso pase. No parecen haber sido suficientes para entender de qué se trata el asunto los más de veinte siglos desde que Asclepio dijo ‘Errare humanum est’, frase que podría traducirse como ‘errar es humano’ o tal vez proponiendo una versión alternativa ‘errar está en lo humano’, en tanto no existe actividad llevada a cabo por el hombre que no se desarrolle bajo el riesgo y la amenaza de error. Sería de esperar que no quede mucho tiempo para que de una vez por todas comprendamos la idea en serio, más allá de lo declamativo.

Se habla de tener consciencia del error. Es obvio que la mejor manera de enfrentar a un enemigo es asumir que existe, definirlo, darle el significado que corresponde reafirmando que es ajeno a nuestra esencia y valores, tener en cuenta su potencialidad para perjudicar y conocer las diferentes formas que tiene para hacerlo. El error es temible porque cuenta con un poder de fuego considerable y ha desarrollado habilidad para acechar desde el lugar menos pensado hasta que llega el momento de desplegar su arsenal, aprovechando distracciones, excesiva confianza en las propias destrezas, demasiado descanso a la sombra de las normas o por qué no, fallas de interpretación, ponderación y abordaje de una situación nueva y diferente.  En esas circunstancias se generan los huecos y en esos huecos anidará el error adquiriendo, si se queda allí lo suficiente, una estructura llamativamente parecida a un quiste con la pared que lo rodea provista por nosotros mismos. Es así porque una vez que ocurre el error y no hay vuelta atrás, salvo en el enfrentamiento con el daño que produce, se puede caer en la tentación de mirar a los costados para estar seguros de que nadie vio ni escuchó, garantía suficiente como para que nadie hable. Esa actitud es nada más y nada menos que la pared del quiste que no deja ver el contenido, impide su análisis y cierra la posibilidad de que se procuren estrategias de solución. Esa pared, por otra parte, no permite entrar los mecanismos de corrección. Lo que no se percibe, no se conoce. Lo que no se conoce, no se teme. Lo que no se teme, no se considera peligroso y es por eso que el propio error es quien más se beneficia con su ocultamiento. Lo clandestino le sienta bien. Lo nutre y le permite desarrollarse sin interferencias y planificar la repetición de su ataque, cada vez con más posibilidades de éxito. Así de claro y a esta altura de la historia, resulta complicado, por no decir peligroso, sostener lo contrario.

Otra cosa que llama la atención es cómo frente al error pendulamos entre la conducta que mostraría ante una serpiente un niño pequeño y un adulto. Lo más probable es que el niño investigue y el adulto huya. Es cierto que si esta serpiente no es venenosa, la investigación habrá de ser útil y la huída, innecesaria. Ahora bien ¿Y si fuera venenosa? Es claro que pensaríamos muy diferente. La idea es evitar el comportamiento  oscilante que se acerca más a lo espasmódico e imprevisible que a lo racional. Se trata de entender que somos adultos y por ello no nos deberíamos lanzarnos a investigar sin tomar antes ciertos recaudos, como averiguar por lo menos si se trata de una especie venenosa o no y con ese conocimiento en la mano obraremos en consecuencia, manteniendo distancia, haciendo las gestiones para conseguir suero antiofídico y si fuera necesario, convocando a los expertos para que nos guíen a la hora de manejar el reptil. En el mundo sobran los domadores de culebras y hay un número interesante aunque concentrado en un par de países de encantadores de serpientes, pero faltan candidatos calificados con la autoridad y el aplomo necesarios como para volver inofensivo un bicho de esos, lo que de por sí no es sencillo.

Todos los años nos lamentamos de la cantidad de muertes por inhalación de monóxido de carbono que ocurren siempre a la misma gente, en circunstancias y lugares parecidos. Luego de la letanía, todo queda igual que antes, detenido en el tiempo y esperando a que las temperaturas bajen para que en ese momento empiece de nuevo el ciclo fatídico de imprevisión, episodio, daño y lamento inoportuno, todas actitudes que refuerzan nuestra patética falta de acción en el momento en que es necesaria. Las mordeduras de serpiente son tal vez menos frecuentes, pero de tanto en tanto suceden. En el primer caso, hemos logrado que haya oxígeno disponible en las ambulancias y en el segundo, suero en los centros de salud y en los hospitales. De poner barreras entre agresor y agredido, lo dejamos para más adelante. Ya veremos. Lo que es ahora, si las hay, no se notan. Lo que pasa con el error es más grave porque como no se reconoce su existencia, no se puede disponer siquiera de un tratamiento efectivo que mejore el daño que ocasiona y ni hablar de medidas preventivas para evitar que ocurra o se repita. Qué eficiente uso de la negación. Casi roza la perfección. Ha llegado al extremo de convencer a gran parte del mundo médico que el error no existe y ha permitido que haya tiempo suficiente para armar una estructura cerrada de excusas y poner en marcha una estrategia de maquillaje que lo disfraza al extremo que se mimetiza con el ambiente, en él se diluye y en un momento dado, pierde entidad para ingresar de vuelta al mundo de lo secreto, de lo oculto, de lo vedado al lenguaje y a las percepciones. Ahí, como se sabe, el está cómodo porque no debe ocuparse de otra cosa que de planear el próximo golpe porque víctimas hay en abundancia y existe una larga lista de aspirantes a partícipes necesarios que en este tipo de circunstancias, deberían llamarse cómplices.

Se dice que un error cobra dos víctimas, quien sufre el daño y quien lo comete. Desconcierta y suena paradójico que una de las víctimas colabore con sus conductas en la protección, crecimiento, desarrollo y perpetuación del mismo error que el día de mañana se volverá contra él, en lo que puede ser visto hasta como una forma peculiar del síndrome de Estocolmo en el que la víctima empatiza con el victimario. Es casi una conducta suicida que no parece tener horizonte de cambio por lo menos a corto plazo porque no parecen desempolvarse los recursos de mayor valor como la autocrítica, el escepticismo racional, la honestidad intelectual, la interacción con pares y equipo de salud, la profundización del conocimiento y la plena consciencia de que el error existe. En cambio, se cierran las filas corporativas, refinando las estrategias de ocultamiento y de ese proceso aberrante de concepción, nacen hijos no deseados, como la medicina defensiva que no sólo acelera el deterioro de la práctica clínica, sino que deprecia al profesional porque lo transforma en un ser rebasado por los miedos, decidiendo por presión y con un objetivo diferente al que le da su razón de ser. Ahora, en el tiempo de la paranoia, antes que el paciente, se ubica el médico como prioridad y sustento del proceso clínico.

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