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Cuatro menos diez de la mañana. Nadie en los pasillos de la Guardia. Un par de pacientes en la sala de observación. Los enfermeros caminan arrastrando los pies como si las fuerzas que les quedan no fueran suficientes para mantener las apariencias al menos. A esa hora, todo está agotado en la sala de Guardia. La paciencia, los que trabajaron toda la noche y hasta la gente que de golpe, como si se hubiera extinguido, deja de llegar y eso que primero venían como en oleadas, luego en cuentagotas y al final, después del caos, de los gritos, de los simulacros de eficiencia, el resultado es que no hay nadie, absolutamente nadie. Ni siquiera el ruido inconfundible de la rejilla de metal de la entrada que suena como una campana ronca cuando un auto o una ambulancia pasan por encima. Aguzar los oídos y tratar de anticiparse a lo que uno, con su experiencia, sabe que es inminente.

En cualquier momento una sirena puede transformarse en protagonista y adiós silencio, adiós ciudad aletargada y de nuevo se pone en funcionamiento la maquinaria implacable y aceitada que se tensa mientras espera que esa ambulancia por fin llegue y ni bien se recuperan los pasos apurados, el ruido de los carros reacomodándose en la sala de reanimación, el siseo de las salidas de oxígenos mientras se chequean. Puertas que se abren y se cierran, el gemido del vaivén sin lubricante y  un par de fantasmas ataviados de verde desteñido que con toda la somnolencia a cuestas aparecen desde el fondo para tomar el comando. La sirena que se espera no ha sonado aún, pero es inevitable que de un momento a otro lo haga. Es cuestión de tener paciente y de estar alertas porque un equipo de Guardia no puede darse el lujo de quedar a merced de la sorpresa y por eso, por si acaso, porque se sabe que una noche no pasa completa así como así, sin dar aunque más no sea un cachetazo final a la calma.

Los médicos se miran entre sí. Nadie empieza la charla. Los sentidos siguen apagados. No hay palabras todavía porque cuando la lengua se empantana y se hunde en esa ciénaga que es el sueño profundo, tragar saliva no alcanza. Se piensa en la posibilidad de un café, pero es mucho trámite, la máquina está a unos cuantos años luz de la Guardia y sólo funciona con monedas y si en pleno día no hay una sola moneda en toda la ciudad, menos a esa hora. Dos de ellos salen a la playa de estacionamiento a ver si por ahí sí queda aire un poco más limpio que el de adentro, pesado y con mil  olores colgando. Tanto que da la impresión de que hay que hacerlo un lado con la mano para seguir caminando y salir. Salir un rato porque son apenas pasadas las cuatro de la mañana y todavía no se escucha el sonido inconfundible de esa sirena que tiene la misión de descongelar la noche y llevarse lo más lejos posible esta sensación insoportable de calma que de tan sólida, se puede recorrer con la punta de los dedos y pesa. Hay que estar ahí para saber lo que pesa.

El más veterano de los médicos se deja llevar por su vieja costumbre de hacer cuentas. A lo pavote, sin demasiadas precisiones, como un modo más de pasar el tiempo que parece haber perdido impulso y lo gobierna un reloj con la arena mojada. El veterano mira hacia atrás en el día y es como si viera desfilar de nuevo decenas de gargantas rojas, algunas con placas amarillas y con uno que otro ganglio en el cuello que duele cuando se lo toca. Fiebre, doctor, vuelo en fiebre y ninguno de esos pájaros vocacionales se elevaba un palmo del piso y sólo unos pocos, muy pocos para que importe, llegaba a treinta y siete y pico en la axila seca después de tres minutos de termómetro bien puesto. No puedo tragar, doctor y ninguno babeaba. Cosa rara porque vapor no les salía, así que era un misterio dónde iría a parar tanta saliva. No vale la pena el razonamiento porque al final de la queja y del detalle de síntomas, está el pedido de un certificado porque hoy falté al trabajo, doctor y si no llevo el certificado, me descuentan el día. En una Guardia, a veces no es demasiado tarde para lágrimas, más si este tipo entraba a las siete y cuando me pide el certificado son las seis de la tarde. Se veía él mismo como paciente, respirando profundo, metiendo todo el aire posible y no para que un médico como él escuchara sus pulmones, sino para disolver con aire otro mal trago.

Un anzuelo clavado en la yema del índice derecho, docena y media de orzuelos y otras tantas conjuntivitis. Tos. No paro de toser, doctor y durante los quince minutos del examen clínico, ni un carraspeo. Mucha coincidencia y de nuevo respirar hondo, ahora al compás de ese paciente que dice que el falta el aire, pero los hechos demuestran que le sobra o que al menos tiene suficiente para lo que necesita. De las veinte radiografías de tórax que pidió, una sola parecía tener algo no recomendable. Una imagen blanca en el vértice del campo pulmonar derecho. El flaco ese que se vino desde un pueblo perdido del interior de la provincia y cayó a la Guardia porque se hartó de que no le dieran pelota. Se cansó de escuchar ‘volvé mañana, papi que no hay turno y el doctor se va temprano hoy’. Se tomó un colectivo porque en la Municipalidad pasajes gratis sobran, pero ganas de solucionar problemas es lo que falta, así que a cada uno de los problemas que aparece, lo trepan al ómnibus y que se arreglen en la ciudad porque allá son todos unos genios y tienen los aparatos. Aquí, ni algodón hay.

El ojo derecho morado. Me tropecé, doctor, no vi el escalón y me caí al piso. Mire si seré estúpida. Golpearme así. Qué va a pensar usted. Me muero de vergüenza y encima tengo que ir a trabajar así, con el ojo a la miseria. Ver, si veo, pero no lo puedo abrir y marche otro certificado para que la dueña de esos párpados morados casi negros se vaya de la Guardia con la duda de si le creímos o no y ahí está el marido con cara de preocupado. Le quiere pasar el brazo sobre el hombro y ella lo esquiva. Los Reyes Magos y los escalones no existen. Ojalá no se tropiece de nuevo y tenga que volver o peor, Dios quiera que no la traigan en una camioneta como a la otra pobre infeliz que de tanto golpearse con los marcos de las puertas o con la punta de la mesa, decidió que tirarse desde el octavo piso era mejor que vivir con marcos y mesas asesinas. Un puñado de heridas tontas que se solucionaban con unos pocos puntos, el manojo de borrachos de todos los días que pasaban de la carcajada al llanto. De sacar pecho y desafiar a cualquiera a una pelea a muerte por el honor, a acurrucarse como un bicho bolita en la cama y sollozar igual que un niño que Papá Noel dejó para otro momento. Alguno con la mujer sentada al lado, acariciándole la cabeza  sin mezquinar nada del repertorio de madre. El asintiendo con la cabeza y prometiendo, ella, como una sombra, ganando espacio.

Siete años en la Facultad que eran un poco como esta noche de primavera son sirenas a lo lejos y con esa calma chicha que jamás presagia nada nuevo. Todo ese tiempo de estudiantes, convencidos de que con el título aún con la tinta húmeda, empezaríamos a salvar vidas, a operar a corazón abierto en el piso de una sala de Emergencias, a sacar balas y dejarlas caer para escuchar el sonido metálico, como de campana diminuta cuando el proyectil se estrellaba contra el metal del lebrillo. Ganarle la partida a la muerte a cada instante, sin descanso ni tiempo para otra cosa que sea atender pacientes y que las enfermedades, por raras o complicadas  que fueran,  se dieran por vencidas al saber que nosotros estábamos a cargo y éramos sus adversarios. Las manos empapadas de sangre y la bata verde cirujano con una mancha enorme en el centro. El barbijo a medio camino entre la cara y el cuello y la expresión de un dios pequeño que le dice a un grupo de sombras esperanzadas que hizo lo posible y a partir de ahora todo estaba en manos de Dios, del Dios en serio que más de una vez tuvo que salir de Su agenda para sacar las papas del fuego.

A veces, cuando las cosas salían mejor, el mensaje era otro y ese grupo de sombras miraba al hombre de ropa verde manchado con sangre como si esperara que de un momento a otro, la bata se transformara en capa y el hombre en el superhéroe que ellos intuían que era. La mayoría de las veces no había espacio para batas, ídolos o dioses, sino para esa transacción gris en la que se cambia un problema por un medicamento, un estudio de diagnóstico, una indicación de cirugía o una derivación al especialista y al final del día, sentirse como un reparador de cuerpos y punto. La gloria, ausente hasta nuevo aviso y las promesas de la facultad, incumplidas y confinadas al último estante de la memoria.

Una sirena a lo lejos. El aire se hace elástico y el tiempo vive por su cuenta, a su ritmo y con sus reglas. Los tres médicos que ya han vuelto en sí y pertenecen al mundo, se miran con una expresión parecida al hastío y tratan de localizar de dónde viene el sonido que se acerca hacia donde están ellos a toda velocidad. En la esquina norte del hospital se ve el haz de luces anticipando la llegada. Uno, dos, tres segundos y aparece la trompa inconfundible de un auto de la policía que gira a la derecha y sigue su camino hacia el sur. Ya son más de las cinco y media y no pasa nada. ¿No pasa nada?

Gloria

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