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Qué cosa esta de necesitar enfermos para poner en los aparatos y enfermedades para usar drogas. No es para nada extraño que la promoción y el ‘tráfico’ de enfermedades, sea funcional y beneficie en primer lugar a quienes fabrican medicamentos o dispositivos de uso médico y los comercializan, en segundo lugar a los intermediarios que se autoconvocan para ese comercio y ponen empeño en sacar la mejor tajada posible. En tercer lugar y no en todos los casos ni con todo lo que se inventa, pueden recibir algún tipo de beneficio los pacientes que de algún modo entrarán en el juego perverso de la industria porque se los convence con estrategias de marketing de algunas cosas que favorecen este estado de cosas. El paciente promedio piensa (porque lo han hecho pensar) que los cinco sentidos del médico han perdido valor frente a tanto aparato electrónico que abruma con las imágenes. Nadie se ocupa de dejar aclarado que lo que vemos son imágenes y en definitiva. Las imágenes no son sino representaciones de la realidad. Los avances de la ciencia han relegado el examen físico a un procedimiento obsoleto que cada vez tiene menos lugar en la interacción médico-paciente. Un ecógrafo vendría a reemplazar las manos del médico palpando un abdomen o los oídos del médico prestando atención a los sonidos cardiacos que capta su estetoscopio, ambas maniobras llevadas a cabo conociendo a ese ser humano que se tiene enfrente por lo que él mismo se ha encargado de relatar ante el oído atento y concentrado del médico que pone toda su escucha en función de esa historia que le dará las pistas y en cierto modo lo orientará en el intrincado camino  del diagnóstico y del tratamiento. Estamos asistiendo a situaciones en las que se conoce la imagen del cerebro de un paciente que los signos y síntomas que se supone tiene que ver con esa imagen, cosa que dicho de paso, no siempre ocurre. Si deliro o miento, díganme pues los que lo han vivido si no es cierto que cada vez es más frecuente supeditar una decisión que debería ser patrimonio de la clínica al resultado de un método complementario de diagnóstico, olvidándose por completo lo que significa ‘complementario’. Que el ‘olvido’ sea consciente o no, intencionado o no, conveniente o no, forma parte de otra historia

Qué cosa esta de ponerle el rótulo de enfermedad a lo que hasta hace nada eran problemas, ‘gajes del oficio de vivir’, como solía decir mi mamá. Si uno vive, le pasan cosas, como sostiene mi amigo Hugo Tula y ‘si a uno no le pasa nada, puede que tampoco le pase algo’, escucha el padre de Nemo de una voz que antepone la sensatez al miedo irracional de tomar el riesgo que significa vivir. Partamos de la base que a uno lo sacan del mejor ambiente posible, climatizado, húmedo, a prueba de ruidos molestos y con un sistema de delivery de alimentos perfecto, tanto en la eficiencia de entrega como en el balance de la dieta, donde no se trabaja, no hay de qué preocuparse y uno está mucho más protegido de casi todo que aquí afuera, en la jungla. De ahí en adelante, es como que dejamos que los médicos se apropien de nuestro crecimiento y desarrollo, entendiendo que apropiarse no es lo mismo que acompañar y guiar. Así ocurre con la adolescencia, con los duelos, con las vivencias frustrantes, con los fracasos en distintos órdenes. La medicina le encomienda a los  médicos apropiarse del embarazo normal y muchos de ellos se toman el trabajo tan a la tremenda que tiñen muchas veces de miedo esa etapa que debería ser plena y en cambio la siembran sutilmente de fantasmas que no benefician a nadie más que a ellos porque se piensa que están preparados para ahuyentarlos. No está mal para nada que el médico esté y aporte lo que sabe para mantener a raya los peligros reales y si no es posible, para que sea el primero en llegar a la línea de combate porque es lógico suponer que dispone de las armas más efectivas para exterminar al enemigo. Nadie debería atreverse a quitarle a la gente el derecho a sufrir cuando se lastima el alma. Nadie es quién como para anestesiar a un ser humano que siente que se parte en pedazos porque si vive ese momento como un ente empastillado, es probable que jamás logre sobreponerse, lo que visto desde el punto de vista de gran parte de la medicina actual, no está del todo mal porque significaría que esta persona dependerá por siempre jamás de las blancas para estabilizar el ánimo cuando las rojas se lo levantan en exceso o las verdes lo mandan al subsuelo.

Qué cosa esta de contarle al mundo que los médicos salvan vidas que están en contacto diario y permanente con la muerte y que dejan todo por los pacientes, como estrategias de mercado que pretenden hacerle creer al planeta que sin médicos no hay futuro con salud posible. Qué interesante sería imaginar al menos que la gente opta por vivir mejor, lo mejor posible y para ello, el mundo se pone de acuerdo en repartir la riqueza de unos pocos con toda la justicia que tal decisión merece. Los pueblos se desarrollan y disminuye al hambre, el hacinamiento, la postergación, la ignorancia, la opresión y la tristeza estructural de los pueblos a los que no sólo les falta qué comer, sino que en muchos casos han perdido casi todas las razones que hacen que vivir valga la pena. La gente, toda la gente toma agua segura y se vacuna contra lo que no se puede prevenir de otra manera. Supongamos por un momento que se come lo que se debe y el sobrepeso y la obesidad pasan a ser un mal recuerdo. El ambiente se limpia y las adicciones retroceden ¿Qué sería de muchos médicos que sólo saben vivir de la enfermedad aunque trabajan para un ‘Ministerio de Salud’ al que vaya que le pusieron un nombre equivocado. Qué sería de la industria farmacéutica y de los productores tecnología de diagnóstico y tratamiento. Todos ellos tendrían que disminuir la velocidad o incluso detener por un momento esa carrera demencial donde no se deja madurar a los inventos que mueren prematuramente muchas veces antes de alcanzar su plenitud.

Un mundo lleno de gente sana dejaría de ser negocio porque no necesita aparatos ni dispositivos para saber lo que pasa dentro suyo o para reparar sus partes dañadas, salvo que haya una verdadera enfermedad, no se pueda saber qué es lo que sucede por otros medios y efectivamente las partes estén dañadas. La abolición del ‘por si acaso’ sería una de las primeras consecuencias de este cambio de paradigma en un planeta en el que no todos deben recibir medicamentos y los que sí, no necesitan tantos ni tan variados, ni tan cambiantes, ni tan peligrosos, ni tan aleatorios (por no decir dudosos) en su efectividad. No se pretende un mundo sano ni es la idea. Se piensa (casi en el límite del delirio) en un mundo en que sobre todo de este complejo tema de la enfermedad de las personas, se ocupe gente que tenga en cuenta ciertos preceptos: El enfermo es un ser humano que necesita comunicarse porque su historia lo contiene, riesgo no es igual a causa sino a lo sumo equivale a posibilidad, los medicamentos siempre tienen dos filos y muchas veces el que más corta no es el del efecto beneficioso, no existe método de diagnóstico que permita detectar como enfermos a todos los enfermos ni definir como sanos a todos los sanos, toda afirmación médica que se basa sólo en autoridad de experto tiene valor muy limitado. Tal vez todo se reduzca a que hagamos un esfuerzo supremo para limitarnos buscar la verdad y una vez que la encontremos, decirla sin vueltas.

Tráfico

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