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En esta época en la que se habla tanto de ‘salir del closet’, no puedo menos que adherir a la tendencia global, abandonar la práctica de remar contra la corriente y rebelarme contra mandatos que en vano intenté reprimir y en ocasiones hasta sublimé adoptando conductas que generaban en la gente una idea de mí que es totalmente opuesta a mi naturaleza y mis ideas. Luego de mucho tiempo de desviar la atención y de usar señuelos, se ha hecho patente en mí una necesidad interior de poner en negro sobre blanco lo que pienso de ciertos asuntos para que en adelante no haya dudas y lo que se vea sea lo que es y no como ahora que todo es un gran simulacro. Es casi un imperativo ético, un mandato moral que me impone la obligación de especificar desde dónde digo lo que digo, ya que nada es transparente y por definición todo lo que se expresa, amén de contexto, incluye intereses y posición ideológica.

Es en este punto en el que debo abrir un paréntesis y dejar claro que hablo de mi closet de identidad médica y no de otro que suele ser más atractivo y fascinante para quienes aman el sensacionalismo y la prensa amarilla. Desde ya, lamento desilusionarlos (si eso ocurre) porque nunca incursioné en el interior de esos roperos.  Ni siquiera me interesó ver qué se guardaba dentro y dejo sentado que no estoy emitiendo juicio de valor alguno sobre tan noble mobiliario. Simplemente elegí otro como recurso de almacenaje y desde el inicio estuve fuera, básicamente porque tengo cierto grado de claustrofobia y la verdad qué quieren que les diga, prefiero el aire libre, sobre todo porque ya tengo sabido que el olor a encierro me pone de muy mal humor. Cierro paréntesis y de inmediato vamos a lo más importante y nos ocupa.

Con el tema médico sí que me mantuve por años  en una especie de closet. Lo hice con total conciencia y he de confesar que me motivaba la el placer de la transgresión al considerarme un infiltrado, un astuto espía que se esmeraba en mantener una fachada social y profesional políticamente incorrecta mientras en las sombras se deslizaba sin ser visto, sólo para averiguar qué se tramaba en la comarca. Fui durante mucho tiempo un ser doble. Como Dr. Jeckill y Mr. Hyde, pero al revés, al menos desde el punto de vista de la corporación médica. Es decir. El malo es el que estaba a la vista y el bueno permanecía oculto. El tema es simple. Desde que empecé a ejercer la medicina, me ocupé de dar a entender que lo mío era el hospital y que no me sentía cómodo en la parte privada porque allí había códigos que me resistía a manejar. Estimo que convencí a todo el mundo de esto. Lo sé y me convenía que el mundo pensara que yo estaba de un lado, mientras me encargaba lentamente de debilitar los cimientos de lo que se suponía me dedicaba a defender que era la salud pública, a la todos tienen derecho, como dicen los políticos que una vez más no tienen la menor idea de lo que están hablando. Derecho a la salud. Paparruchadas. Es como establecer que se tiene derecho al viento, a la lluvia o a los atardeceres en la costa atlántica, pero este es otro tema que en este momento ha de pasar a segundo plano porque no estamos ocupando de mi confesión.

Manifesté desde muy joven mi desconfianza hacia lo que representaban los visitadores médicos que hoy se llaman APM por esto que tenemos los argentinos de ponerle eufemismos a todo. Antes eran indios, hoy son pueblos originarios. Hasta hace nada eran sordos y hoy son hipoacúsicos y con los visitadores/APM pasa lo mismo. A no desesperar. La creatividad de los que fabrican giros elegantes de definición no tiene límite. El tema es que quienes me conocían y algunos de los que no tanto, sabían que yo no recibía visitadores médicos. Era sólo una fachada que me proporcionaba un parapeto seguro para consolidar una relación con la industria que nadie podría sospechar en mí. Sutilmente y sin que nadie se percatara de mis maniobras, sembraba dudas acerca de la eficacia de los genéricos y promocionaba de una modo indirecto el uso de marcas comerciales que estoy convencido que son las que realmente curan y que cada tanto se acuerdan del esforzado médico que lapicera en mano, inunda los mostradores de las farmacias con estas prescripción que tanto bien le hacen a los dueños de los laboratorios, a los propietarios de las droguerías y farmacias al menudeo, a los visitadores médicos, a los médicos que los recetan y a los pacientes. En ese orden.

Siempre hice saber a quien quisiera escucharlo que Ginés González García, genial ideólogo de la llamada ‘ley de genéricos’, era un héroe que creía en la excelencia médica y en la ‘libertad vigilada’ a la hora de prescribir, cosa que me parecía bien porque de paso le quitaba a sus colegas la tajadita de torta que llegaba de algún modo, ya sea como ‘incentivo científico’, ayuda que permitía estar en los congresos y mirar lo que la medicina imponía o directamente en metálico, casi como una participación societaria. En este sentido, con los genéricos no había chance porque costaban dos mangos con cuarenta el kilo y así no hay retorno posible. Entonces, tal vez y sólo tal vez, se indicaría sólo lo que es necesario y el sistema de salud, por lo menos en ese punto débil, en ese agujero negro que es gasto en medicamentos podría tener la esperanza de ser sustentable. Hasta yo llegué a creerme la actuación de tan convincente. Quién podría haber sospechado que detrás de esa soberbia reencarnación de Ramón Carrillo se escondía un leal soldado de la industria.

Con la tecnología pasaba más o menos lo mismo. De la boca para afuera, una encendida defensa del examen físico, de la entrevista con el paciente. Un constate repiquetear acerca de las ventajas de escuchar lo que las personas que sufren tienen para decir, sin que importara el tiempo que se invierte en esa tarea que siempre rinde un rédito enorme porque después de nos cuantos minutos, se gana la confianza de la mayoría y ahí se puede dar el zarpazo sin que se note y pasamos derecho a la resonancia nuclear magnética. Para qué perder tiempo con cosas tan insignificantes como una evaluación clínica, una radiografía o una ecografía si se tiene a mano una resonancia que nos garantiza que nada va a quedar oculto y fuera del alcance de la limitada fuerza perceptiva de nuestros patéticos cinco sentidos. Por favor. Escuchar al paciente. Qué importancia tiene saber dónde y cómo vive, a qué le tiene miedo, qué cree que le pasa, como si pudiera saberlo si no es médico. A quién le puede servir de algo una historia de vida llena de quejas y problemas si la gente que viene al hospital la pasó más o menos igual y generalmente cuenta las mismas cosas. Uno se termina no sólo cansando, sino convencido que lo mejor es interrumpir antes que se vayan por las ramas y preguntar pos sí o por no, sin dejarlos que se pongan a interpretar lo que sienten porque para eso estamos nosotros que nos pasamos la vida estudiando y no tenemos otro objetivo que beneficiarlos. Qué mejor para alguien preocupado por su salud que tener el resultado de su resonancia en dos días y despejarse todas las dudas de un solo saque y si es normal, entonces se le puede decir que no tiene nada y si sigue insistiendo, darle un antidepresivo nuevo o un ansiolítico porque seguramente lo que le pasa tiene que ver con los nervios. No hace falta ser Sigmund Freud para darse cuenta que esta gente se queja de cualquier cosa.

Con la corporación había que andar con más cuidado. Como pisando huevos porque los muchachos son más inteligentes y creen todo lo que se les dice, así que me tuve que esforzar bastante a lo largo de los años, jugarla de rebelde casi adolescente con el Colegio Médico. No pagar la matrícula y estar a punto de que me la suspendieran. Así les demostraba que yo era más macho que ellos y me la bancaba. Que ni se les ocurriera pensar que iba a bajar la cabeza y rendiría la especialidad como ellos decían. Me paseaba sacando pecho por la vereda de enfrente y hacía lo posible en todo momento como para sacarlos de quicio. Casi quince años anduve así, construyendo el personaje de marginal y petardero contra la corporación, cuando en realidad todo tenía que ver un plan maestro en el que mi posición ante la industria farmacéutica, lo que sostenía de las innovaciones y uso de la tecnología y mi relación con la corporación médica local formaban un tridente ofensivo como se dice hoy en el fútbol que no dejaba dudas sobre quién era yo, lo que me permitía servir al amo real desde las sombras, espiando a los verdaderos subversivos, a esos que piensan que la solución de los problemas de salud de las poblaciones está en el primer nivel de atención, a los insanos que pretenden hacernos creer que la economía tiene que ver con la salud y recomiendan prácticas tan peligrosas para salud y supervivencia de la masa crítica del gremio como la sensatez en la práctica (hacer lo que se debe lo mejor posible) la eficiencia, la eficacia, la búsqueda permanente de la mejor evidencia disponible antes de tomar decisiones, la gestión clínica para que las cosas pasen como tienen que pasar, la protocolización, la evaluación de desempeños con de méritos y deméritos, la educación permanente compartiendo el conocimiento a la vez que se lo produce y se lo va legando a las generaciones que nos siguen. No puedo concebir que haya personas que aboguen a favor de un sistema en el que se destierre el concepto tan tranquilizador de ‘a igual trabajo, igual remuneración’ porque de última, médicos somos todos y todos hacemos lo imposible para salvar vida, estamos día a día continuamente en contacto con la muerte y peleamos a brazo partido contra ese enemigo tan indeseable que cuando triunfa, sella nuestro fracaso.

Soy el primero en creer que los médicos por serlo, tenemos o debemos tener privilegios. La salud de la gente depende de nosotros porque somos nosotros los que nos ponemos el paciente al hombro. En definitiva, eso sucede porque sabemos qué hacer en cada caso y por eso estamos a cargo, al comando y el resto nos debe seguir y hacer lo que decimos, sin discutir ni cuestionar porque no son médicos. Sencillo. Tan simple que ni necesita ser explicado y si alguien no lo entiende, peor para él. Somos los encargados de dividir a las poblaciones en sanos y enfermos, los que decidimos qué se previene y cómo conviene hacerlo y a la hora de investigar, determinamos lo que se publica y lo que no porque o es cuestión de servirle a nadie la verdad en bandeja. Si dudan que averigüen, pero que lo hagan por su cuenta. Nos merecemos más que nadie el trato de ‘doctor’ y no vendría mal que se cambiara de una buena vez por fórmulas más acordes a nuestra investidura e importancia, de tal suerte que no estaría mal que se nos llamara ‘su eminencia’ a los más viejos y ‘su excelencia’ para el resto que todavía no merece bronce.

No me vengan ahora con tonteras como ‘equipo de salud’ porque sin nosotros no hay equipo y cualquiera puede pinchar una nalga para poner inyecciones o cambiar una chata por dos pesos la hora y qué decir de los otros. A los dentistas los sacás de la boca y se pierden sin remedio y así para todos porque hasta los bioquímicos que sin esos aparatos que hacen todo después que se oprime el botón, no sirven para nada. No nos engañemos. El médico es el alma de la salud. Lo demás es para conformar a los que se quedaron en el camino y no pudieron ser sino dentistas, bioquímicos, farmacéuticos o cosas muy pero muy menores como enfermeros, fonoaudiólogos, nutricionistas, psicólogos o pedicuros.

No me digan que no los desorienté aunque sea un poquito. Por favor. No me arruinen la ilusión porque necesito de vez en cuando creer que soy capaz de engañar con mis historias porque de ese modo me podría considerar aunque sea un ratito, un escritor.

PD: Todo parecido con la realidad es cualquier cosa menos una coincidencia

Infiltrado

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