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(Basado en diálogos reales)

Pocas cosas pueden parecer a primera vista tan rutinarias como un viaje en auto desde el centro de la ciudad hasta mi casa. Lo hago dos o tres veces por día, de lunes a domingo y si la tecnología hubiera llegado a dotar de memoria a los autos, seguro que podrían hacer el trayecto con los faros apagados, digo, por hacerme el gracioso. La cosa es que esa tarde, veníamos de vuelta con mi hijo de 17 adolescentes años, sumido en su ‘Blackberry amazing wonderworld’ y dando un espectáculo con sus pulgares moviéndose a toda velocidad por ese teclado que a mí en lo personal me es tan esquivo. Aislado de la realidad (por lo menos de la que yo considero realidad), supongo que mantenía un diálogo (por llamarlo de algún modo). Como sea, emergió de sus cenizas y disparó:

– Pá, decime. ¿Vos en el hospital tenés que renovar contrato todos los años para seguir trabajando?

–  No, Nacho. Yo estoy en planta permanente desde hace 27 años

–  ¿Cómo es eso? ¿Qué quiere decir planta permanente?

–  El tema es así. En 1986, yo llegué al Ministerio de Salud a pedir trabajo. Me dijeron que en la ciudad era imposible, pero había lugares en el interior donde hacían falta médicos.

–  ¿Dónde?

–  En varios pueblos que ni siquiera sabía que existían, hasta que me nombraron Animaná, cerca de Cafayate. Yo conocía la zona y me pareció linda como para empezar. Iba a ser el único médico para un pueblo de mil y pico de habitantes.

–  ¿Y qué hiciste? ¿Dijiste que sí ahí, de una?

–  No. les pedí un par de días para pensarlo, pero la verdad es que ya lo tenía decidido. Volví a los dos días y les dije que aceptaba. Me acuerdo que pregunté qué tenía que hacer

– ¿Y qué te dijeron?

– Que tenía que traer mi título, mi matrícula y el documento para que me hicieran el legajo

– ¿Eso nada más?

– Peor, hijo. Yo me había recibido hacía menos de seis meses y nadie me preguntó nada. Ni título tenía. En la Facultad me habían dado un certificado que decía que había terminado rendir y aprobar todas las materias de la carrea. Creo, si no me equivoco que en el papel ni siquiera decía que yo era médico.

– Noooo, Pá. No puede ser.

No es que subestime la inteligencia de mi hijo. Muy por el contrario. Es una de las tantas cosas que me enorgullecen de él, pero decidí que ni el momento ni el lugar daban como para explicarle que yo no había hecho residencia. de hecho. El no tiene por qué saber qué es una residencia, cómo funciona y para qué sirve. Me resultaba complicado hacer el relato de mi conversación con el funcionario del Ministerio que me atendió, en especial si partimos de la base que la charla misma era increíble. Miren si alguien en su sano juicio se va a tragar que un tipo pasa por ahí, ve luz, entra, pide hablar con alguien a cargo. Lo hacen esperar un ratito. Sale una señora muy amale y le pregunta qué necesita. El contesta que viene por un puesto de médico. Le dicen que en la ciudad no va a ser posible, pero que en el interior hay cargos disponibles. Le dan a elegir entre varios lugares. El pide un par de días para pensarlo y a los dos días,  vuelve y da el OK. Le dicen que traiga su título, su matrícula profesional y el documento para que le hagan el legajo y se lo pueda nombrar. Cómo le explico a mi hijo que tres días después de pedir trabajo, ya tenía un memorándum del que era entonces Secretario de Salud Pública donde decía que yo, fulano de tal, documento tanto, estaba nombrado como Director del Centro de Salud de Animaná a partir del 25 de junio de 1986. Ni Dalmiro Sáenz en sus mejores épocas, con la ayuda de Macedonio Fernández, Oliverio Girondo y el Negro Fontanarrosa hubieran pergeñado una historia como ésta, más cercana a los efectos del LSD que a lo que se supone debería ser el funcionamiento de un Ministerio de Salud Pública de una provincia que estaba nombrando a un perfecto desconocido como médico único en un pueblo del interior sin más datos que un certificado provisorio de carrera finalizada, una fotocopia de documento y la matrícula profesional.

– ¿Y, Pá? ¿Qué pasó después? ¿Qué onda?

–  Empecé a trabajar en Animaná y estuve allí un año. Después pasé a Cafayate …

–  Sí. eso ya lo sé.  Habíamos quedado en que eras de planta permanente y te fuiste ya sabés dónde, viejo.

–  Ah, sí. Planta permanente quiere decir que tenés un cargo en el Ministerio de Salud Pública

–  ¿Permanente es para siempre?

–  Se podría decir que sí. Que para siempre

–  ¿O sea que no te pueden echar?

–  Prácticamente imposible, hijo. No recuerdo desde que estoy en el Ministerio más cinco médicos despedidos. Ponele diez si querés, como a lo pavo, pero estoy casi seguro que exagero y eso que llevo 27 años trabajando en Salud Pública. No hijo … para que te echen …

– ¿Y si te mandás un moco y se muere un chabón por decir?

– Se hace un sumario …

– ¿Un qué?

– Un sumario. O sea que tu jefe te pide que digas lo que pasó. Por escrito, obvio y mientras tanto, se nombra a dos o tres médicos que leen la historia clínica y ven si hubo alguien que se equivocó y si esa equivocación tuvo que ver con la muerte de una persona

– ¿Lo hacen ahí, al toque al coso ese … al sumario?

– No tan al toque. Más bien tardan bastante. A veces años en dar los informes …

– Pero hasta eso ¿Quién se acuerda? No me forrees, Pa. No puede ser ¿No te parece injusto? Para el pobre chabón y la familia, te digo, Pá.

Su perplejidad me despertó esperanzas. Qué se yo. Un chico de 17 años que se supone (o se prejuzga) como incapaz de apartar la vista de una pantalla pregunta lo que preguntó y reflexiona sobre eso. Más todavía si pienso que al mismo tiempo en los medios los funcionarios de turno se cortan las venas con una Rhodesia® cada vez que salta la existencia de un médico sin título o un iatrogénico serial con matrícula, especialidad y sello de goma. Vaya a sabe uno cuántos Rímolos habilitados para el ejercicio de la medicina hay en este país. Mientras divagaba, me di cuenta que el enmascarado no iba a rendir tan fácilmente:

– ¿Cómo saben en el Ministerio que vos sos buen médico, pá?

Traté de buscar el modo de no contestarle con mi habitual carencia de filtro para no decirle muy suelto de cuerpo que no lo sabe. A lo sumo lo supone y me dije. De mí, con suerte, podrá recibir datos aislados y no hay modo de que se sepa qué es cierto y qué no porque todo llega por terceras personas, con sesgo a mi favor o en contra. Según quién sea el que informe mis actividades, éstas podrán ser vistas como logros o como fechorías. Algunos me pondrán una larga barba blanca, mientras que otros elegirán un atuendo rojo furioso, un tridente y un par de cuernos. No se puede conformar a todo el mundo.

– ¿La verdad? La verdad, hijo, es que saber, no lo sabe. Qué sé yo. Supongo que lo imagina porque no le llegan denuncias porque hago macanas con la gente, pero te lo digo de una. Nunca antes me había puesto a pensar en eso. Yo me consideraba un buen médico y para mí era bastante. Tal vez que varios de mis colegas me respeten …

– ¿Te quieren tus colegas?

– Algunos pocos sí. Otros muchos no tanto, pero es importante que aprendas que el verbo querer y el verbo respetar no son como el queso y el dulce. No siempre van juntos.

– Te decía. Con que algunos de mis colegas me respetaran, con que mis pacientes estuvieran contentos conmigo, me parecía suficiente, pero ahora que me lo preguntás, no sólo no es suficiente, sino que puede ser hasta peligroso que uno se guíe sólo por esos datos.

– Bueno … pero tendrás que rendir todos los años un examen … o algo para que vena si estudiás ¿No es que los médicos se la pasan estudiando toda la vida?

En fin. Todo indica que la falta de evaluación permanente de los profesionales es un grave problema al que nos enfrentamos. A partir de lo que hablaba con mi hijo, pensé que en adelante a las colaciones de grado las llamaría ‘suelta de globos’. Porque a partir de que se entregan los títulos (o el certificado en mi caso), da la impresión de que todo va a depender de los buenos o malos vientos, sin que haya previsto un sistema que cuide y vigile a esos frágiles balones que flotan en el aire a la buena de Dios (no en todos los casos).

– Nadie me obliga a dar examen, Nacho

– No entiendo. Un chofer, un piloto de avión, tienen que rendir cada tanto ¿Y un médico no?.

– Te lo dije, hijo. No es obligatorio

– Y entonces … vos ¿Para qué estudiás si nadie te va a tomar examen?

– Más que para qué, todos los días yo me pregunto por qué y para quiénes

– ¿Cómo es eso?

– Fácil. Yo estudio porque necesito aprender y mantener la mente viva y estudio para mí y para todos los que confían en que puedo darles una respuesta

Si bien no cualquiera es capaz de hacer una ‘biopsia cognitiva, actitudinal y de competencias’, emitir resultados válidos y fomentar que a partir de esos resultados, cambie la realidad y las prácticas, más aún si da la sensación de que al menos en esta comarca, los que ‘hacen la plancha’ la pasan igual (o mejor) que aquellos que se aventuran a nadar en el mar picado que implica el desafío diario.

– O sea que para vos … estudiar … es como una droga … pero buena ¿Eh?

–  Más o menos así. Si no tengo mi dosis diaria, ando como vos sabés

–  Insoportable

–  Sí. Ni más ni menos

–  Zarpado …

Silencio. El Blackberry™ lo reclamaba, pero no me importó demasiado. Pude darle una respuesta a alguien que la pedía y estar allí cuando me necesitaban.

No digo que sea imposible y cada vez que alguien plantea el tema de la evaluación, me engancho como abrojo y le doy vueltas hasta que se cumple lo que la Madre Teresa de Calcuta decía en dos frases: ‘A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota’. ‘Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite’.

Gracias, hijo querido, por ponerle aceite a la lámpara y ayudarme a cambiar el océano.

La 'Doctora' Giselle Rímolo en ropa de fajina con su entonces pareja Silvio Soldán

La ‘Doctora’ Giselle Rímolo en ropa de fajina con su entonces pareja Silvio Soldán

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2 pensamientos en “Nacho

  1. me pareció muy lógico el pensamiento del otro que no es médico, pero es importante también remarcar que el médico cuando estudia sabe que lo hace por uno y por el otro…aunque ese otro, nunca se entere!

    • Se supone o se asume como verdad fáctica que el médico cuando estudia, sabe que lo hace por uno y por el otro. Lo que vemos hoy en día no da demasiadas psitas de que el estudio sea prioridad número 1. Se dice que hay médicos que estudian y médicos que no estudian. Los segundos: ¿Merecen sguir siendo llamados médicos? Gracias por el comentario

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