Home

Qué cosa complicada cuando de pronto le caen las fichas a uno y se da cuenta lo que debe hacer (y dejar de hacer) para mantenerse al día, viajando por la autopista de la educación permanente, para estar a la altura de las circunstancias portando la dotación mínima de conocimiento que un profesional que merezca ser. Cuando se agotan las vibraciones que siguen al inconfundible ruido de metal contra metal que hace la ficha al dar contra el fondo del receptáculo, se abren las puertas de la conciencia y casi como una visión epifánica, diría Sir Ken Robinson, aparece delante nuestro, en 3D sin necesidad de gafas, una especie de presentación breve y a la vez contundente que pone en negro sobre blanco la realidad de la capacitación, la educación permanente, el desarrollo profesional y personal y por qué no, de la producción de conocimiento, sobre todo cuando se trata de quienes basan su actividad en el sistema de salud pública. Que hay diferencias es indiscutible y que existen zonas y regiones de nuestro país en las que si bien no es fácil asumir la autogestión del conocimiento, al menos, por las razones que fueran, no se debe agregar a este desafío con peso propio, la tarea adicional de procurar el financiamiento de la autoformación. Es que en algunos lugares de nuestra nación, parecería ser que existen islas de racionalidad que sostienen que el conocimiento y la educación permanente son estratégicas para el crecimiento de las organizaciones y conste que no hablo en todos los casos de centros localizados en las zonas urbanas más densamente pobladas, sino de algunos lugares del interior ‘profundo’, eufemismo que disfraza de algún modo la palabra ‘desfavorecido’ y que a partir de esa situación de desventaja, da la impresión de que construyen una base de crecimiento sólida que permite a los profesionales que así lo deciden, emprender el camino de la educación permanente. Cierto es que todavía no se instituyó como obligación, pero por algo se empieza. No cabe duda que es mejor tener unos cuantos profesionales que crecen y se desarrollan a no tener ninguno.

Debe considerarse de una vez por todas que la financiación no es un tema menor y no sólo porque la remuneración promedio en la salud pública no da como para tirar manteca al techo, sino porque ya tiene una pequeña dosis de masoquismo, por decirlo de algún modo en la actitud de sentarse a estudiar sustrayendo tiempo de actividades más gratificantes y escatimándoselo por ejemplo a nuestros afectos. Qué decir si además tenemos que pagar de nuestro bolsillo por eso y más aún, si después del desembolso, cumplimos con todos los requisitos académicos, aprobamos y encima con buenas notas, los docentes nos felicitan, obtenemos el certificado que dice que sabemos más de algo que antes y cuando vemos el recibo de sueldo del hospital, los números no muestran ni el más sutil cambio. Como inversión y desde el punto de vista de la teoría económica, es espantosa. Poner plata en algo que no nos dará un valor agregado tangible (tanto como el dinero que se destinó), es complicado de explicar, salvo que se recurra a argumentos que incluyen el compromiso con la profesión, la necesidad de aprender (necesidad que no se debería agotar nunca), la aspiración a la excelencia y cosas por el estilo que si bien son muy pero muy importantes y en lo personal siguen siendo incentivos, cada vez alcanzan menos para convencerse de que uno no está yendo por el camino equivocado y los que hacen la plancha, miran de ojito las novedades, se adhieren a discursos ajenos y como los pasajeros novatos de un avión, imitan lo que ven, asumiendo que el de enfrente tiene más experiencia. No es para nada extraño que desde los niveles de conducción se prefiera contar con una tropilla de fieles seguidores con actitud de mascota acrítica, funcionales a un sistema plano y estático, con menos flexibilidad que un spaghetti seco. El profesional que se desarrolla implica de algún modo peligro para quienes han de conducirlo porque presiona al colectivo hacia arriba, en dirección a la cumbre y obliga a los ´de arriba’ a crecer y asumir su desarrollo en consonancia (al menos y desde el punto de vista teórico, eso debería suceder). ‘Si algo funciona, no lo arregles’, dice el viejo adagio norteamericano. Fenómeno. Habría que ver y ponernos de acuerdo en el significado y las implicancias del concepto: ‘algo funciona’.

El día a día en el hospital, concretamente en el hospital en el que trabajo, es un desafío que se vive, al menos hoy en un estado de aislamiento, con la impresión de que uno sintoniza otra FM. Me siento y percibo aislado porque veo el entorno y no sólo me preocupa, sino que me inquieta, a la vez que me desanima y entonces no queda otra que aferrarme a los valores de siempre que me ayudan a creer que tengo razón y que el camino es este que pese al entorno, sigo transitando, sin que realmente importe lo que digan los demás, salvo para reafirmar mi convencimiento. He de ser justo y reconocer que otras veces encuentro eco en algunos que pese a las diferencias, parecen mirar un horizonte parecido y todo, al menos por un tiempo, se hace un poco más sencillo. Cuando vuelvo a quedarme solo, semblanteo, palpo el contexto y en ese momento se me aparece el diablito que me aconseja que me deje de embromar y que de una vez por todas haga la mía. Me guiña el ojo y me dice que ya está. Basta de cursos, postgrados, lectura de artículos y toda la música. Total, me recuerda, recertificás por última vez la especialidad en febrero, sólo con antecedentes) y vas a ser a partir de allí internista hasta que te mueras. Me dice al oído que vea bien lo que hago y que a mi edad ya no estoy para noches de suelo corto por un examen y menos para andar buceando en bibliotecas reales o virtuales en procura de ese trabajo que me parece tiene la respuesta que me falta para redondear la entrega o para acercarme a la punta del ovillo de un caso complejo que me viene teniendo en vilo. Levanta el tono de voz el irreverente y me reprende como si yo fuera un chico. Se ríe. Mil mangos por mes entre la Maestría que estás haciendo y esta ‘cosa del Italiano’, como le dice al curso nuevo el irrespetuoso que encima se ríe mientras me pregunta ¿No hiciste otros tres cursos más con ellos? ¿Para qué tanto, gil? Me trata de gil porque sabe que en cierta medida me duele. Comprale la Play 3 a los chicos, gil (repite) y ya. No le des más vueltas ¿Será? El angelito que se supone debería hacer el contrapunto no aparece (hace rato que no lo veo y yo tengo que hacerme cargo) y no es que me quede sin argumentos, pero cuesta ante esa lógica de fierro. Tienen la Play 2, pienso y una banda de juegos como dicen ellos y a mí me pican las ganas de meterme en el tema de la medicina narrativa. Pongo la invitación al curso en la carpeta de borradores de mi casilla de mail y consigo que se apague el diablito ¿Magia? No. la magia no existe, al menos en estas cosas. Es persistencia en lo que creo. Que el diablito aparezca cuando se le dé la gana porque de última soy de Independiente y me la aguanto y ahora que estamos en la ‘B’ no me voy a dejar engañar por una sucursal de mandinga. Igual le voy a hacer caso y voy a hacer la mía. Decidido. Le doy para adelante y trato de no confundir cotidianeidad con rutina y uso las fuerzas que me quedan (que no son pocas) para que todo se vuelva aprendizaje ¿Por qué lo hago? Es naturaleza. Soy así. Soy médico. No me limito a trabajar de médico. Ese es el punto. Ir más allá. Llegar donde puede que esperen las respuestas que me hacen falta para aliviar a los que sólo pueden hacer las preguntas. En definitiva, para eso estoy.

Diablito

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s