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En ‘La Sequía’, una nota publicada el 1 de setiembre pasado en el Diario Perfil, Guillermo Raffo, escritor y cineasta argentino radicado, según sé, en Londres, nos cuenta que para que una democracia funcione, debe enmarcarse en una estructura de práctica s instituciones que a su vez necesita de un número (‘masa crítica’, como se dice ahora) de personas que la sostengan porque de otro modo se derrumba. Ese sostén no es gratuito, demanda tiempo, dinero (impuestos por ejemplo), esfuerzo, sacrificio, tolerancia y respeto a las reglas elementales de la convivencia civilizada. Dice, conforme a las ideas de Aaron James que en la Argentina la sociedad colapsa por carencia de la gente que la apuntale, ya sea porque muchos se han dado cuenta que los mejores no la pasan mejor (muy por el contrario) o bien porque los buenos, es decir, los que hacen cosas buenas, se cansan de la falta beneficios de seguir siendo buenos y se retiran de ese bando, sin que ello signifique que en todos los casos se conviertan en malos, pero sí que va a haber unos cuantos menos que se van a notar a la hora de necesitar que alguien mantenga la pared vertical. La ecuación es simple. Cuando la fuerza que ejerce el muro sobre los puntales es mayor que la resistencia de estos, la tapia de derrumba y sólo queda de ella el polvo transitorio que a la corta o a la larga, se va a asentar.

Si a lo anterior o sea a la falta de un número mínimo de gente que empuje el carro hacia donde se supone que tiene que ir le añadimos, la buen cantidad de nobles ciudadanos que no sólo frenan la marcha, sino que tratan de que el vehículo retroceda, nos daremos una idea del dónde estamos viviendo y cuál es la realidad que nos toca, la merezcamos o no. Faltan aptitudes o sea capacidad para hacer las cosas y también actitudes o sea predisposición positiva a hacerlas. En esta bendita tierra, a nosotros, bienaventurados hijos del Señor, las cosas nos pasan. Muy pocas veces somos nosotros los que hacemos que pasen. Somos gestores mediocres de nuestra propia historia y así nos va. Hacemos agua por los cuatro costados y menos mal que navegamos en un mar de dulce de leche porque de lo contrario hace rato que nos hubiéramos hundido. Todo o casi todo impresiona como hecho a las apuradas, a último momento, atado con alambre y pegado con moco, de manera tal que aguante la primera mirada y después se ve. Somos los campeones mundiales de lo provisorio, de lo precario, de lo endeble, de lo berreta y en el día a día nuestras ciudades se transforman en tierra liberada, donde el modo de ser y de comportarse de los habitantes es de segunda, sin respeto alguno por sus semejantes ni la menor conciencia del bien común. Ahí van las masas siguiendo la doctrina de la imitación negativa ‘Si fulano no lo hace ¿Por qué lo voy a hacer yo?’. Sociedad enferma de desaprensión y de negligencia que se nota sólo viendo la cantidad de basura por todas partes. El manejo de la basura dice mucho de la gente porque quien sabe que los perros en su barrio hacen de las suyas con las bolsas y lo mismo las saca a cualquier hora y las pone a su alcance es ni más ni menos que un guacho, tanto como el que tira las botellas de plástico o los papeles o lo que sea donde sea o el que se va a las afueras de la ciudad donde cree que no lo ve nadie y se deshace de los indeseable, de lo que no recogen los camiones de residuos y así, de a poco van lastimando el ambiente con la persistencia de la termita en la madera. Es evidente que hay muchos más que tiran la basura en cualquier parte. Los otros no alcanzan a neutralizar a tanto cochino suelto y el balance es obviamente negativo, de tal suerte que lo habitual es una ciudad sucia.

Miremos un poco al mundo. Países como Nueva Zelandia, Australia o Canada que están mil veces mejor que nosotros, al contrario de lo que ve nuestra presidente en su delirio. Lugares donde al menos en líneas generales, tienen el significado que se merecen palabras y conceptos como eficiencia (uso racional de los recursos), eficacia (buenos resultados), solidez institucional, respeto por el otro, clima de negocios, educación y fomento de la innovación y creatividad desde que se es niño. En esos sitios, repito, en líneas generales porque no va a faltar uno que diga que conoce un australiano que se muere de hambre. Insisto, en líneas generales en esos países, los que hacen las cosas bien la pasan mucho mejor que los que las hacen mal. Hay una idea de premios y de castigos o de beneficios por las acciones positivas y perjuicios por las negativas (y en algunos casos por la inacción). Vale la pena desarrollarse desde el punto de vista personal y profesional porque allí, donde un pretende llegar, ya hay bastante gente que la está pasando bomba. En esos lugares, así como no les cabe en la cabeza polarizar hasta poner casi negros los cristales de los autos, no respetar las señales de alto en una esquina, no dar prioridad al peatón, omitir la luz de giro o estacionarse en doble fila. Así como no les cabe en la cabeza ese tipo de actitudes, tampoco están estructurados como para ensuciar su ciudad que en definitiva la sienten como su casa. Tampoco le cierra creer que un pariente en la política es mejor que unos años en la universidad a la hora de conseguir un buen trabajo. Esas cosas no les caben en la cabeza y por eso, insisto, en líneas generales, así les va y así nos va.

Vayamos ahora a nuestro gremio, a los médicos de la salud pública y en cierta medida del sector privado también. No escapan a las generales de la ley y también ensucian la calle con basura, se olvidan de la luz de giro, son devotos de la doble fila y aman los vidrios polarizados como cualquiera. El problema es que a la hora de buscar referentes (y los médicos deberíamos serlo de algún modo), la caja está vacía. Es como si ya no existieran modelos para imitar tampoco en este colectivo, salvo honrosísimas excepciones que lamentablemente se nos van muriendo de a poco porque la mayoría tiene fecha de vencimiento a corto plazo, lo que habla muy mal de las generaciones que le siguieron, con tan poca concentración de tipos que funcionan como faros o guías. La escasez de GPS humanos en nuestra profesión, al menos de un tiempo a esta parte, es alarmante. El salón de los ejemplos está lleno de ecos y casi vacío de habitantes. Nos pasó, me parece, lo que le pasó a todo el mundo. Nos hicimos creer que no valía la pena el sacrificio y que se la pasaba mejor viviendo de taquito, sin tomar el riesgo enorme que implica apostar por la trascendencia. Total. La vida es una sola. Para qué la vamos a desperdiciar siguiendo los ideales hipocráticos si los que se avivaron y tomaron el camino opuesto, fin de mes jamás cierran el balance en rojo. Si aquel está prendido con el laboratorio tal o aquel otro con el fabricante de prótesis cual, por qué yo me tengo que quedar fuera de la fiesta, si con la escasez de mármol que hay, no va a alcanzar para el monumento. A lo sumo una lápida, si hay suerte. Si la posteridad no tiene criterios de selección y puede merecer más placas de bronce, más premios y más reconocimientos el peor de los 40 ladrones que Alí-Babá. Si Barrabás tiene más rating que Jesús qué se puede esperar de esta fracción de la especie humana que durante su formación de grado sólo aprendió enfermedades y remedios, sin que se le diera demasiada importancia al que sufría y encima viendo que los parámetros de medida social de la capacidad de un médico pueden llegar a pasar por el auto que tiene, la casa donde vive, la variedad de corbatas y la cantidad de congresos a los que asiste, sin que sea especialmente relevante si va como turista o como expositor de un trabajo que puede aportar algo de conocimiento que es de donde se extraen los recursos para dar alivio.

Digo yo. Si hoy por hoy no se respetan palabras como ‘urgencia’, se han deteriorado en su significación documentos el certificado, la receta y la misma historia clínica. Si hoy por hoy los cinco sentidos están devaluados frente a los 220 voltios que alimentan de energía a los aparatos que en lugar de realidad entregan trazados, imágenes y valores. Si se aprende terapéutica de los folletos de los laboratorios, con la tutoría del visitador médico correspondiente. Si se usan los antibióticos como ansiolíticos de madres y de pacientes. Si no está mal que un laboratorio ´tenga una atención’ cuando en verdad se parece demasiado a un alquiler de voluntad y a un condicionamiento futuro de acciones. Si hoy por hoy los médicos haciendo esas cosas se parecen a los que tiran la basura en cualquier parte, los que estacionan en doble fila y los que toman atajos en lugar de ir por donde se debe. Si hoy por hoy pasan esas cosas y decirlo trae enemigos y no reflexión, desprecio y no respeto, no sólo estamos en el horno. Estamos condenados a quedarnos en él hasta que la muerte nos separe, a menos que consigamos un número interesante de empujadores de carro que no tengan miedo de ensuciarse las manos y terminar con los brazos entumecidos. Tipos que antagonicen a los guachos, a los indeseables, a los fabricantes de obstáculos, a los que nos hace dar vergüenza de ser médicos y lo miso se hacen llamar doctores. Si esa fuerza siniestra, mediocre y asquerosa empieza a retroceder y a perder potencia, en una de ésas, sólo tal vez, consigamos abrir la puerta del horno y si le ponemos un poco más de pilas, un esfuercito adicional, los metemos dentro a ellos y ahí sí. Ponemos la perilla en máximo y que sea lo que debe ser.

Insistencia II

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