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Para Nacho y Mau, mis hijos

Agitan las alas apenas se dan cuenta que las tienen. Miento. Antes de moverlas, las miden, tantean su peso, se imaginan las distancias que van a poder recorrer y la altura máxima a la que llegarán. Mayor que la de los demás, lógico. Así son desde que nacen. Hechos para desatar los nudos que nos empeñamos en hacer con la mayor tensión posible en un intento patético de retenerlos cerca, visibles, controlables, tal vez porque suponemos que nuestra presencia por definición los pone a salvo de vaya uno a saber qué peligros reales o imaginarios que inventariamos ni bien somos conscientes de que han llegado y están. Se nos instala un miedo nuevo que no se va a ir jamás o mejor dicho, se irá con nosotros cuando llegue el momento y seguramente en ellos estará germinando su propio miedo. Diferente del nuestro tal vez en algunos matices, pero idéntico en esencia, en su sentido más hondo, el que los hermana de algún modo.

Vuelan. Se nos van de las manos y no hay modo de impedirlo o sí, pero la forma de hacerlo se rehúsa a aparecer en nuestra mente justo cuando más necesitamos que venga en nuestro auxilio. Nos fallan los reflejos en ese momento y quedamos paralizados mirando cómo se agranda la brecha entre ellos y nosotros y en lugar de verlos libres, los sentimos cada vez más lejos y medimos en distancia algo que no merece ponderarse de ese modo. Además, identificamos distancia con lejanía, en lugar de iniciar justo en ese momento el camino del nuevo encuentro. Ellos, mientras tanto y ante nuestros ojos miopes y temerosos, se sumergen en una locura que parece saciarlos al menos de momento. Coquetean incluso con la muerte o su idea, mejor dicho la idea que tienen de ella, en una carrera que vemos casi como demencial y que no es más que la búsqueda permanente de un límite que de entrada aparece difuso, vidrioso y que para colmo se empaña en correrse de su sitio ni bien percibe que alguno de ellos se acerca, burlando su velocidad con la astucia que se aprende con años de evasión.

A veces sucede que el límite se descuida, se confía y comete el error de relajarse. Lo ven. Lo saben y lo aprovechan. De un salto, en una fracción de tiempo, ya están del otro lado y corren sin detenerse a campo traviesa, donde suponen que las fronteras han dejado de existir y llenos de poder porque piensan que han llegado al lugar donde todo es posible, pero son jóvenes todavía, no les ha llegado la dosis de experiencia mínima que permite diferenciar los límites de las trampas y como es de suponer, a toda velocidad sin obstáculos a la vista y sin amenazas en el horizonte, sin nada ni nadie que pueda controlar su marcha, respiran hondo, se sienten dueños de todo lo que se ve y en ese momento, justo en ese momento, caen en una trampa inocente que a muchos de ellos los aparta para siempre del camino o en el mejor de los casos, los deja sin nada, en el punto cero del comienzo, pero con muchas menos fuerzas como para emprender el viaje de nuevo porque saben que la trampa en la que cayeron no es la única ni la peor. Aprendieron eso, pero no les alcanzó el tiempo para saber cuál es el modo de ver la emboscada antes de caer en ella.

Aquí, anclados a la tierra desde que perdimos hace rato la vocación de vuelo por el vuelo mismo, tal vez porque nunca llegamos a alturas merecedoras de orgullo y preferimos la seguridad de la marcha a la incertidumbre del aire. En una de ésas ha sucedido que nuestras alas ya no están en condiciones de soportar el peso de la historia que llevamos puesta. De cualquier modo, elevamos la cabeza y miramos al cielo para verlos. De pronto a merced de los vientos en un planear de hoja en las corrientes. Un instante después en un vuelo calculado en pleno equilibrio, dominando el aire como si fuera tan sólido como la tierra, para volver a la inconsciencia y ensayar piruetas increíbles que los ponen al borde del desastre. Se libran del choque que a primera vista parece inevitable. A último momento, con un golpe de timón tan diestro como oportuno, vuelven a ascender y nos hacemos ilusiones desde abajo. Subieron para volar tranquilos. Se dieron cuenta del peligro, creemos y la ingenuidad nos queda cómoda, nos tranquiliza y se lleva por un momento la angustia fuera de nuestro radar. La desilusión no tarda demasiado en hacerse carne. De nuevo la picada, el tirabuzón, los giros en el aire desafiando las leyes de la física, la caída, el golpe de timón y así de nuevo una y otra vez hasta que de pronto aterrizan y llegan hasta donde estamos como si nada. Nos palmean la espalda, nos piden unos pesos y se van caminando a intentar algo nuevo allí donde está disponible sin que les importe demasiado dónde.

Hoy están en su cama, durmiendo con la placidez del que le saca provecho a los sueños, los exprime y los habita sin preguntarse jamás por qué es que llegan y sin que los ojos abiertos del despertar sean obstáculo para llevarlos puestos durante el día y a veces, cuando ya no tienen nada que entregar, dejar olvidado lo que queda de ellos en un banco de plaza, en una piedra que hizo las veces de poste improvisado de un arco de fútbol o en cualquier parte. Da lo mismo. No es razonable para ellos acumular retazos de sueños. Un día todo cambia y a veces la noche se nos hace larga, intuimos su llegada por pequeños ruidos a los que nos aferramos porque anuncian que ha vuelto sano y salvo. Ya no duerme con la placidez de niño. No todas las noches al menos. Sucede que los monstruos del ropero, los fantasmas de los cuentos y los animales feroces del bosque de a poco se han vuelto reales y han empezado a surtir efecto a la hora de asustar. Se trata de estar alertas y eso tiene su precio. Tan elevado que se debe negociar la inocencia y archivar hasta nuevo aviso los cuentos de hadas, las espadas de madera, los bloquecitos de plástico y ese muñeco que hizo por años las veces de guardaespaldas. Allí de nuevo estamos nosotros. Como nos sale. Para darles una nueva bienvenida al mundo y hacerles acordar, por si acaso que ya tenemos en nuestro haber varios monstruos de ropero, uno que otro fantasma y un par de fieras salvajes, a los que no sólo les fuimos perdiendo el miedo, sino el respeto. Tanto que volvimos a buscarlos a los libros de cuentos. Allí estamos. Al lado de ellos. Cuando vuelan. Cuando duermen. Cuando despiertan. Digo. Para que lo sepan.

Barriletes

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