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Nos estamos equivocando. Feo encima. No me queda claro por qué cada uno se ensaña con el otro como si en toda la galaxia no hubiera otra cosa más importante que hacer. Se busca el error debajo de las alfombras y todo es suspicacia. Para ser justo, atizada de uno y de otro lado sin una pizca de inocencia y con mucho de interés. Unos pretenden que los otros aterricen y terminen con los dientes desparramados por el suelo y los otros, vaya coincidencia, son movidos por el mismo deseo. Harta. Agobia. Extenúa tanto fuego cruzado y andar haciendo zigzag para que las balas no nos rocen porque estamos en el medio de una guerra que por lo menos hasta lo que se puede ver, no da ni pide tregua. Son dos fieras cebadas con carne humana que no van a dejar de atacar hasta que su apetito no sea saciado y puedan echarse a dormir una siesta tranquilos porque el otro, el enemigo tan odiado y despreciado, el ser abyecto que viven en la otra vereda, ahora tiene domicilio en el estómago del triunfador que no sólo ha demostrado su poder, sino su apetito voraz que le impidió compartir la presa con tantos que estaban tan famélicos como él. Seguro que una vez que termine la batalla, las cosas serán diferentes, pero nada hace pensar que van a ser mejores porque es sabido desde siempre que si algo no tiene una guerra es ganadores.

Uno dice que el otro es la encarnación del mal y el otro responde con una ironía filosa que cuesta mantener en el tiempo sin perder la compostura y terminar despotricando como un barrabrava porque el nueve del equipo se acaba de errar un penal. Eso no se hace en el minuto cuarenta y cuatro del segundo tiempo y encima cuando vamos perdiendo contra los rivales de siempre, contra los que tenemos pica y siempre hay cuentas pendientes que se saldan a como dé lugar, dentro o fuera de la cancha. Es complicado mantener las formas cuando la consigna es pasarse el día peleando y encima ver que la tribuna que antes apoyaba, se va volviendo cada vez más indiferente y cuando más brava se pone la cosa, mira para otro lado. En ese momento, una persona con una dotación mínima de inteligencia, se preguntaría si vale la pena seguir con esto o mejor sería ponerse de acuerdo y sacar los dos juntos la bandera blanca para poder sentarse en una mesa y empezar de nuevo porque a esta altura del partido, seguro que ninguno sabe por qué tanto odio y cuál es la raíz de ese empeño ciego y sanguinario de destrozar al oponente aunque en ello vaya la vida. Tanto es así que parece más importante que pierda el otro a que uno gane, cosa por demás estúpida o por lo menos insensata porque de algún modo implica inmolarse y hay pocas cosas más inútiles a la hora de pensar en el futuro que un inmolado porque en pleno siglo XXI ya no sirve ni como símbolo. La ingenuidad ha sido erradicada de las sociedades modernas y se tiene bien claro que las confrontaciones van por otros caminos, pese a que no falta el trasnochado que por mantener las tradiciones, masacra alegremente a todo un pueblo, como en Siria o en Egipto, pero esa es otra historia.

Aquí, en el sur de todos los sures, los lances se dirimen de otra manera, tal vez haciendo honor al inefable Jorge Luis Borges que se mofaba de los pintorescos militares argentinos que en su vida habían escuchado silbar una bala. Por estas latitudes se pelea con palabras, esgrima y pirotecnia verbal. Escaladas de insultos y perdigones descalificadores. Se extrañan los argumentos porque en el mejor de los casos son reemplazados por excusas. No pretendamos más que eso en estas peleas de perros disfrazadas de discusiones con una pátina seudo-intelectual en la que cada uno de los contendientes echa mano a los retazos de la historia que les pueden ser convenientes a sus propósitos, sin que detalles como el contexto tengan importancia alguna. Se es o no se es en esto que como se dijo es una mera pelea de perros y como tal, todo transeúnte que ande por las inmediaciones corre peligro de ser alcanzado por un tarascón y les garantizo que si eso pasa, no habrá vacuna antirrábica que valga. Son tóxicos. Los dos bandos por igual están repletos de gente tóxica que no mide consecuencias con tal de llevar adelante su plan de destrucción del enemigo. Que alguien, otro, se haga cargo de los daños colaterales y que vengan los que saben a atender a los heridos, mientras ellos siguen en la suya sin siquiera tomarse un respiro para mirar cómo están dejando todo.

Uno le dice a la otra que es inepta, autoritaria, soberbia, imprevisible, caprichosa. Insinúa que esconde toda la patología psiquiátrica imaginable y que va sacando síndrome por síndrome como un mago saca pañuelos de colores de una galera negra ante un público extasiado que no alcanza a entender el truco. Pañuelos y más pañuelos. Conejos y palomas. Todos los días algo nuevo que abona la teoría de que algo dentro de su mente no está funcionando como debiera. Tal vez se trate de una pequeña parte. Trascendente y crítica tal vez, pero no deja de ser una parte. El resto funciona, mal que le pese a su enemigo y la mayoría de las veces es suficiente como para devolver golpe por golpe el ataque y emparejar el patetismo porque de un lado hay un tipo que al menos impresiona como inteligente que mancha sus habilidades con la saña y del otro una mujer que también parece tener lo suyo, pero da la impresión de estar demasiado ocupada preguntándole a un espejo que se ha quedado sin baterías quién es la más linda del reino. El espejo no contesta, pero ella insiste en el interrogatorio porque se sabe (o se cree) la más hermosa, la más brillante, la más valiente y la única con el temple y la fuerza suficiente como para andar con la vida sin doblarse bajo el peso de tanta virtud apilada sobre sus espaldas. El le reclama que sea humilde y escuche las voces que le piden cambios. Le hace acordar a cada momento que la rodea un hato de indeseables, suponiendo que ella no lo sabe y ella a cambio, trae de los rincones oscuros del pasado frases sueltas, huérfanas y vacías de toda sustancia, salvo la que hace falta para denostar y mostrarle a la gente, a su gente, a su tribuna enardecida que del otro lado hay alguien que no la entiende y que hará lo posible como para que toda su obra tambalee y al final corra peligro de derrumbarse si es que los que deben acudir en su ayuda no llegan a tiempo. Cada uno arremete contra el placard del otro en un intento por abrir la puerta y dejar al descubierto los esqueletos que se guardan dentro porque ninguno de los dos placares está vacío, ni mucho menos. Parece que ambos lo olvidan y doblan la apuesta, la triplican, la cuadruplican y en el avance arrasador tienden a perder el rumbo y quedan a merced de los vientos y prácticamente desnudos ante la gente que mira como si no creyera lo que está viendo, pero que sabe de la falta de respeto de las miserias, los egoísmos y las mezquindades por las investiduras. Esas aristas indeseables del ser humano han alcanzado la democrática irrestricta y son capaces de echar raíces en cualquiera que tenga lugar suficiente como para alojarlas.

Ella dice que él alienta un golpe para derrocarla. Pregona a los cuatro vientos que él es un subordinado servil de los más oscuros intereses y que no va a descansar hasta no verla derrotada y sin fuerzas siquiera para ponerse de pie y rendirse con dignidad. El dice que ella va por todo y que el saqueo ya se viene consumando desde hace rato, ante la mirada complaciente de más de uno y el aplauso de miles que la ven como la versión sensual de un mesías pagano que anuncia la salvación en medio de mohines y gestos estudiados de seducción que son una suerte de bálsamo para la multitud que la idolatra. El dice que la gente no se da cuenta que la están robando. La gente, según él, se deja engañar y llevar como ganado. Dice que ella es sólo un espejismo. Humo. Poco más que nada, pero peligrosa como una serpiente. Ella dice que él debe dar explicaciones. En realidad y si se mira bien. Los dos, en el fondo, dicen más o menos lo mismo uno del otro. Se acusan de cosas parecidas y se ungen como demonios de calibre parecido. Tal vez porque con el tiempo y la pelea permanente se han ido mimetizando o en una de ésas porque desde el principio, desde siempre, son exactamente lo mismo.

Dúo

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