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Ayer aplaudían. El hospital arrancaba un martes después del fin de semana largo. Como era de prever y los aplaudidores lo sabían de antemano, todo estaba abarrotado. La gente no venía muy bien predispuesta esa mañana y el efecto de la medida iba a ser importante porque provocaría muchas molestias que cada vez menos personas parecen estar dispuestas a tolerar, al menos sin dejar clara su opinión al respecto. Es evidente que no se mide el estado de crispación generalizado, la violencia que flota en el ambiente y espera que una mínima chispa la convierta en agresión efectiva, provocando una reacción en cadena que no se puede frenar por el sólo hecho de proponérselo. Los preclaros dirigentes gremiales que representan a ese heterogéneo colectivo trabajador que incluye desde camilleros hasta licenciados en enfermería sólo parecen pensar en sus propios intereses y para ello recurren a tácticas de protesta que se ha demostrado que lo único que logran es ampliar la brecha entre la gente y quienes se supone que están para asistirlos en sus problemas de salud. Es obvio. Cuando los que tienen que responder no están, las respuestas no aparecen y los ánimos se caldean, hasta el punto en que uno se pregunta quién sale ganando con todo esto y qué es específicamente lo que obtiene. Tal vez se trate de un mero juego de poder, de una estratagema para ir ocupando espacios, de un despliegue de fuerzas para intimidar a un potencial adversario. En definitiva: Vaya a saber uno qué hay detrás de todo este asunto que no sólo irrita, sino que deteriora la imagen que un sistema de salud debe ofrecer a la población para mantener la credibilidad y la confiabilidad.

Nadie discute que un trabajador, sea cual sea su vínculo laboral, pretende por definición ganar más de lo que gana y esa aspiración tiene como techo el infinito. Tampoco es sencillo rebatir la idea de que cada uno considera que es el mejor en lo que hace y por ello debería ser considerado como imprescindible, joya preciada del sistema a la que hay que cuidar y mantener lejos de las necesidades mundanas de un ser humano medio asegurándole una remuneración que colme al menos transitoriamente sus expectativas. Lo del ‘salario digno’ ha pasado a ser un concepto de definición tan difusa que nadie se atreve (ni el empleador ni el empleado) a ponerle un valor concreto que permita afirmar que de ahí para arriba todo es digno y viceversa. Resulta complejo también ir contra los que piensan que la historia les debe no sólo plata sino reivindicaciones no tangibles. En el contexto actual en el que vivimos es prácticamente imposible convencer a un ‘desfavorecido por la civilización’ que la mayoría de lo que se obtiene llega a través del esfuerzo y que no se ha implementado aún un delivery de oportunidades. Muy por el contrario. Casi todo lo que se aspira a alcanzar, hay que salir a buscarlo en algún momento con los recursos que uno tiene y alguna ayuda que no siempre llega porque es harto sabido que la providencia no trabaja las veinticuatro horas los siete días de la semana los doce meses del año y menos aún tiene previsto un servicio de urgencias. Nada de eso figuraba en la lista de prioridades de los que ayer aplaudían mientras la gente deambulaba por los pasillos del hospital buscando el consultorio tal o el servicio cual donde el doctor fulano se supone que estaría. La música del concierto para palmas y derechos era lo único que se escuchaba. Como es costumbre que ocurra en estas sesiones de protesta, el deber opta por tomarse licencia hasta nuevo aviso.

Yo escuchaba con vergüenza ajena (y propia) a estos ‘integrantes del equipo de salud’ y el bochinche me terminaba de convencer que este mote les queda grande porque más que equipo, se comportaban como comparsa que bailaba un ritmo patético alrededor de una banda de ‘representantes’ que yo en lo personal no contrataría para mi hospital y menos aún les compraría un auto usado. Conozco el paño. Sé de lo que hablo. Tengo clarísimos los beneficios que trae consigo una licencia gremial. Uno de ellos es no trabajar, cosa que a la mayoría de los dirigentes les viene muy bien. Total. Para deslomarse está la tropa (no toda, sino cada vez una parte más pequeña). Ellos disfrutan de esos ‘años sabáticos’ en los que por regla general no producen nada, salvo en provecho propio o de sus íntimos, a los que logran colocar en sitios estratégicos de las organizaciones de salud para que hagan de factor multiplicador de poder y a la vez para que midan cómo va la mano en cada uno de los sectores, de modo que se detecten lo más precozmente posible los focos de disenso o de rebelión y sean neutralizados con poca fuerza y sin sangre. Mejor les irá mientras más de ellos se infiltren en esa quimera que se sigue llamando ‘equipo de salud’ y que hoy por hoy no es más que un rejuntado de última hora en el que cada uno va para su lado y hace lo que le viene en gana (digo ‘salvo excepciones’ para no perder la cortesía y no pecar de absolutista). Con su gente dispersa con astucia en los diferentes sectores del hospital, se allana el camino a una conducta corporativa que guarda un  gran número de semejanzas con la mafia, salvo matar (en principio). Este tipo de ‘gremialismo’ comparte con la mafia la intimidación, la actitud patoteril, la difusión de la idea de que el que denuncia es un ‘buchón’, la desaparición de las diferencias entre compañerismo y complicidad y el esfuerzo (si se puede llamar de algún modo) por bajar la vara de medida para que el paraíso de mediocres se llene de habitantes porque así de vacíos de saberes y competencias son más dóciles. Tanto que parecería que no se necesita persuadirlos, sino domesticarlos. Los dirigentes son tan lúcidos que canonizan a los corruptos y separan del sistema a los críticos y eficientes, se manejan con la intriga y la conspiración artesanal como métodos para hacer política, se cuelgan en la cola del primer cometa que parece rutilar en el cielo y allí van, raudos en su lealtad transitoria y endeble que espera cruzarse con otra estrella fugaz para cambiar de constelación sin que por ello se ruboricen o sientan que traicionan su valores porque no los tienen, como tampoco tienen vergüenza. Ellos se basan en el volumen de los aplausos que se eleva para patronal los oídos de la patronal insensible que los sojuzga, los esclaviza y los obliga a dejar lo mejor de sus vidas al servicio de la comunidad, tres mentiras teologales si las hay porque la epidemia de ociosos que está asolando la comarca crece minuto a minuto en número de casos y sería bueno saber quién sojuzga a quién en esta historia.

Aplausos. Digo yo. Si un día alguien con el poder suficiente se levanta y propone que todos quienes formamos (primera persona del plural) el ‘equipo de salud’ renunciemos a esta hiperestabilidad laboral que más que derecho adquirido significa garantía de impunidad. Que una vez hecha efectiva la renuncia, nos sometamos a la evaluación de competencias por parte de tribunales irreprochables y a partir de los resultados, construir  la grilla donde los mejores estén por encima de los peores y muchos de los peores (la mayoría) fuera del sistema porue la vara de medición se pondría los más alta posible. Si además se decide que día a día se deben ‘renovar los votos’, demostrar que se está a la altura de las circunstancias y si no, corregir las desviaciones antes de que se vuelvan hábito. Imaginemos en una mañana sin aplausos que acordamos un sueldo para trabajar al cien por ciento y cuando no lo hacemos, devolver el porcentaje de nuestro déficit al ministerio para que lo reparta entre quienes sí superaron las expectativas. Silencio. Ausencia de dirigentes para aplaudir esta propuesta y de tropa para secundarlos. Todos se han puesto en fila para pedir carpeta médica o alguna prebenda por el estilo, así zafan en tanto piensan cómo reacomodarse hasta que pase el chubasco. En un esfuerzo final, soñamos que no es un chubasco y que sí es el cambio que tanto esperamos. Sería bueno estar ahí para contar el número de sobrevivientes y una vez allí, aplaudir en serio porque empieza un camino diferente donde no cabe en la cabeza de nadie todo lo que antes cabía. A los que se animen a pensar en serio que esto es posible. Saben dónde encontrarme. Desde hace tiempo que los espero.

Ayer

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Un pensamiento en “Ayer

  1. Cada vez veo más lejos la posibilidad de que sea posible, pero coincido en que sería la única manera de cambiar este sistema que se cae día a día

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