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En setiembre van a hacer cuatro años que llegaron y durante todo este tiempo he recurrido a todos los trucos imaginables. Algunos francamente estúpidos, otros que a primera vista podían parecer morbosos y en definitiva me quedé con uno o dos que mostraron cierta efectividad a la hora de tratar de convencerme que no existen y no están en todas partes como todo el mundo sostiene. Me sorprendí más de una vez caminando por uno de los eternos pasillos del hospital con la mirada dirigida a un punto fijo en el horizonte, objetivo que no abandonaba aunque se las lágrimas me dieran un ultimátum para que los ojos se cerraran un momento para que la humedad añorada les devolviera la tersura y a mí me quitara la sensación de que alguien había echado arena en mis córneas. Esa mirada fija, esa marcha casi automática sin desviarme un ápice resultaba ciertamente eficaz a la hora de evitarlos porque los intuía pasando por mis costados, como pequeños bultos oscuros que no alcanzaban la entidad de formas y por ello mi cerebro los descartaba del menú de percepciones, como se hace en general con las cosas que no se pueden definir y que a primera vista no parecen demasiado importantes. Dejan de ser prioridad para los sentidos que van de inmediato a ocuparse de las cosas que les son propias. Era un alivio darse cuenta que los bultos oscuros y pequeños, por suerte, no significaban amenaza siempre y cuando siguieran manteniendo esas características y mi mirada no perdiera la firmeza ni cayera en la tentación de desviarse porque en ese momento las cosas cambiarían de manera drástica y me estaría enfrentando a algo que no estaba en condiciones de dimensionar. Debo decir que tampoco me interesaba ingresar en un programa den entrenamiento de unas cuantas semanas al cabo del cual sería todo un experto y la metamorfosis de los bultos en entes con forma definida no me sorprendería mal parado y seguramente estaría a la altura de las circunstancias. Aunque no tenía la menor idea acerca de la existencia o no de ese tipo de adiestramiento, estaba seguro que de mi parte, no había interés de que sistema educativo alguno los pusiera en agenda. Déjenme con mi mirada perdida, con un extravío horizontal y calculado, apuntando al centro de un horizonte mezquino pero seguro, déjenme con mi cerebro perezoso y convencional que no pierde el tiempo ni consume energía en procesar imágenes difusas de forma incierta y se conforma con definirlas como bultos oscuros y pequeños que no merecen mayores consideraciones en su paso fugaz por mis costados cuando camino por los largos pasillos del hospital que está por otra parte repleto de ellos y no es producto de mi imaginación porque todo mundo sabe que no hay lugar en la ciudad donde haya tantos. Es como una invasión que no puedo dejar de pensar como peligrosa para mi salud mental porque llegará un momento en que alguno de ellos me tome desprevenido y a partir de ahí, la caía será poco menos que inevitable. Me compadezco y aunque hago esfuerzos por no pensar en ese futuro ominoso que me espera en el corto plazo, no soy capaz de sentir por mí otra cosas que lástima, una profunda conmiseración por mi destino que si bien no merezco, al parecer tengo reservado por alguien superior que así lo ha decidido y no digo esto porque soy lo que se dice la mar de creyente. Nada de eso. Lo sostengo porque desde siempre me he sentido a salvo al atarme a los hechos y este, en definitiva y aunque todavía no ocurrió, es un hecho y por más que esté pensado contra mí, al asumirlo de ese modo lo veo menos amenazante, cosa que a la vez me ayuda en la resignación.

Ayer, cuando ya la tarde caía. A esa hora en la que las luces engañan  y escamotean contornos haciendo toda visión más confusa que de costumbre, caminaba distraído por uno de los pasillos del primer piso del hospital. Confieso que iba algo confiado porque el atardecer favorece la conversión de formas definidas en bultos oscuros y pequeños. A esa hora, mi vista se tomaba un respiro y disfrutaba de un tiempo de merecido descanso después de un día de duro trabajo. No era poca cosa andar en vilo, alerta, y listo para poner en funcionamiento mis refinadas tácticas de evasión que justo es reconocerlo, me mantenían en pie pese a tanta amenaza rondando por las inmediaciones. Una cosa es autoconvencerse  de los bultos oscuros y pequeños son sólo eso y otra muy diferente es creerlo de verdad porque no soy tan estúpido como para negar que buena parte de mi inconsciente dudaba de la existencia de esas imágenes que yo había adherido a mi cerebro como si fueran imanes en la puerta de la heladera. El inconsciente, como se sabe, no es manejado por su propio dueño sino que hace y deshace obedeciendo sus propias leyes, de modo tal que es inútil hacerle creer una u otra cosa. Más bien conviene hacer como con los locos y correrlo para el lado que dispara. Da lo mismo y no conviene estresarse porque no se puede hacer nada para que esa porción de nuestro interior cambie de opinión, es por definición imprevisible y tiene una asombrosa capacidad de sorpresa. Nos queda encomendarnos a los dioses del azar y que la suerte nos sea favorable. Yo seguiré pensando que los bultos oscuros y pequeños son sólo eso y mi inconsciente hará lo que le venga en gana. Me conformo con que no haya conflicto de intereses o contradicciones que no se puedan resolver con los recursos disponibles. Esa perspectiva al menos por el momento, es suficiente como para darme la tranquilidad básica que necesito para seguir del lado de afuera, sin un futuro de pared acolchada y blanca a la vista. Sé que me espera una tarea complicada porque además de fijar la vista en ese punto específico de mi horizonte angosto para que nada de los que fluya por mis costados sea trascendente ni tenga forma definida. No sólo he de ocuparme de eso con todo empeño, sino que además deberé luchar contra los ataques que desde la profundidad lanzará de tanto en tanto mi inconsciente un intento despiadado por desacreditar a mis percepciones y poner en una disyuntiva a mi cerebro que por momentos temo quiera dejar el comando de las cosas porque si algo no le queda cómodo es el desconcierto y las órdenes cruzadas. Ahí sí que se puede complicar el asunto, en plena tormenta y con el timón en manos poco confiables, yo con la mirada como sabemos ocupada en lo que le compete y los bultos pequeños y oscuros pasando cada vez por más frecuencia por los costados, algunos de ellos casi rozándome.

Hoy uno me sorprendió con los ojos relajados porque no esperaba ni por asomo que hubiera un encuentro. No era uno de los lugares típicos donde suelo cruzarme con ellos y menos aún era la hora en la que suelen abundar aquí y allá como una manga de langostas. Ese día pasó lo que cualquier persona con una pizca de sentido común preveía que iba a suceder. Cuestión de estadísticas, de cálculo de probabilidades. En algún momento uno de ellos me iba a encontrar sin el tiempo suficiente ni los reflejos a pleno como para que yo pudiera evitar mirarlo en su forma y dimensión reales. Cara a cara y por definición, la batalla estaba perdida. Lo vi y en ese momento traté de encontrar mi confortable refugio en el horizonte. Mi punto de escape. El lugar donde mis ojos se ponían a salvo, pero no pude y me encontré mirándolo. Me ví dibujando con los ojos los contornos de su cara redonda y algo pálida, salvo por los cachetes de un rojo vinoso que no parecía muy saludable. El tubo de plástico que salía de su nariz y estaba sujeto con una tela adhesiva a un ala de su nariz no me impresionó tanto como hubiera creído. Por otro tuvo que se sumergía bajo la manga de su pijama, goteaba un líquido amarillento que daba la impresión de aceite y por un momento jugué con la imagen y me dije que más que gotear, parecía que babeaba. Tenía los ojos hundidos dentro de la cara, como si alguien malo los hubiera empujado hacia atrás con los dedos y los labios apenas rosados. Yo estaba de pie y él en una silla de ruedas empujada por un camillero de ambo celeste al que parecía preocuparle lo que le escupían sus auriculares en los oídos que esa figura frágil y nítida que hasta ayer era un bulto oscuro pequeño más y hoy, por primera vez se había transformado en un niño enfermo, algo que había luchado por no ver no sólo porque no quería verlo, sino porque no sabía cómo verlo y ahora voy por la rampa que va al primer piso del hospital, empujando la silla de ruedas y mientras camino, le cuento a Raúl que yo soy médico, pero de gente grande, no de niños, le digo y él me mira con mucha más comprensión y sabiduría que la mayor parte de los adultos que conozco. Le digo casi en secreto que de niños enfermos no sé casi nada y él asiente con alivio, posiblemente porque está harto de que todos los días los que saben de niños enfermos le hagan doler y no lo curen. No podrán, pienso. No es que no quieran, le digo para que no me escuche por si acaso el piensa lo contrario. No pretendo importunarlo ni quiero que se inquiete porque le cambia la fe para uno u otro lado. Me pregunta así, de una, si se va a morir (por algo los prefería bultos oscuros y pequeños que no hacen preguntas) y le digo que no sé porque no soy médico de niños y él no me cree. Sigo empujando su silla y ya nos acercamos a su habitación. Llegamos. Lo ayudo a bajar de la silla y a acomodarse en la cama. Me dice al pasar que le ponga otra manta porque anoche pasó un poco de frío y uno de los cristales está roto, tanto como el papel que pusieron para tapar el boquete.

Camino de vuelta, desandando los pasillos y me cruzo con niños enfermos que ya no son bultos pequeños y oscuros y también con gente grande que anda derecha con la mirada fija en un punto lejano de su horizonte. Ni me miran y la verdad es que yo siento como si me atravesaran. Los niños sí me mira y uno que otro me sonríe desde el fondo de su dolor toma impulso y construye una sonrisa que hace brillar el aire. Me doy cuenta que es cierto. Absorto en la mirada de los niños, la gente grande me atraviesa y yo sólo siento como un cosquilleo sordo en la punta de los dedos y un viento corto que apenas sopla. Llego a la puerta que da al hall central y sé que no puedo tomar el picaporte. Sigo caminando y en un instante estoy del otro lado, en un hall central lleno de gente que no se da cuenta que he llegado, salvo los niños que me siguen los pasos con los ojos y se dan cuenta que existo. No como los adultos que no creen en nosotros. Dicen que somos mitos. Dicen que vivimos en los cuentos de niños y que estamos a nuestras anchas en las casas embrujadas arrastrando cadenas y vestidos con sábanas agujereadas. Así tienen que ser ellos. Así tienen que pensar ellos porque para eso son grandes y ya sabemos que los grandes prefieren no vernos (o hacer de cuenta que no nos ven) porque es mucho más sencillo no creer en lo invisible

Invisibles

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