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– ¿Viste, Garrido. ¿Viste cómo se pusieron los muchachos? A vos te gusta decirles ‘los muchachos’ así que no me mirés con esos ojos de vaca. Si se te da de vez en cuando por hacerte el Vito Corleone, allá vos. Para mí, de muchachos tienen poco y nada. Ya todos están más que creciditos y hoy. Si los hubieras visto en el pasillo esta mañana temprano. Calentitos los panchos, como se decía en mis tiempos. Humo por la nariz les salía. Parecían dragones. Les rebalsaba el odio por los poros, pero no podían decir nada porque si salían a decir algo por la radio, la tele o le daban una nota  a algún diario, la prensa se hacía una fiesta con ellos. Me imaginaba el periodista con un trapo rojo y estos energúmenos tirando toda la carrocería. Me reía por dentro de sólo imaginar a uno de estos personajes. Cualquiera. Da lo mismo porque los cuatro que manejan el gremio son impresentables. Te decía. Me retorcía de la risa con la imagen de uno de ellos saliendo a dar declaraciones a la prensa, con esa cara de víctima del sistema que les sale tan bien. Si cuando se los ve, uno siente ganas de tirarles un par de billetes de diez para unas porciones de pizza y un vasito de blanco con soda. Pobres oprimidos por el imperialismo que a la hora de reclamar sus derechos son peores que leones, pero se ponen escurridizos como viejas de río en el momento de poner en claro sus deberes. Son los maestros de la balanza despareja

– No es tan así, Alonso … hay gente valiosa en el hospital

– Por supuesto que hay gente valiosa y seguramente es mucha más de la que uno cree. El problema es que tienen escondido el valor en algún rincón, es como si lo mantuvieran reservado para mejores ocasiones y ya sabemos lo que sucede cuando uno se pasa la vida esperando el momento. De tan  concentrado mirando el horizonte, sin pestañear siquiera para no perder detalle, ni siquiera se advierte cuando el tren de las oportunidades pasa por el costado de donde nos parapetamos y sólo alcanzamos a percibir el vientito. Cuando nos damos cuenta, el furgón de cola parece de juguete por lo chiquito. No me convence eso de los valiosos. No porque no pensé que existen, sino porque no creo en los valiosos teóricos, los tipos que son pura potencia, los que se quedan la mayoría de las veces a mitad del camino entre el anonimato absoluto y el premio Nobel. Te la hago corta. Necesito que no haya tantos buenos tipos y que sí empiecen a notarse los que hacen cosas buenas y sobre todo los que son capaces de cambiar el mundo que los rodea por algo mejor que de paso valga la pena.

– Perdoname que te cambie de tema, Alonso ¿Leíste el diario de hoy?

– Sí. ¿Por?

– Salió en la tapa que mañana hay quite de colaboración

– Sí. Algo sabía. En realidad, más que saberlo, me la veía venir

– Pero el tema de los incentivos no está entre los reclamos porque la movida es de varios hospitales

– Hay que ser descarados. Lo llaman quite de colaboración y desde que yo tengo memoria, los hospitales no son lo que se dice nidos de colaboradores. No son campamentos de refugiados donde van a exiliarse los comprometidos, los solidarios, los generosos, los honestos y los desinteresados servidores públicos. La colaboración en la mayoría de los hospitales es una rara cosa que se ve más bien poco. Cada uno hace la suya y a la hora de pedir una de más, quince minutos de tiempo, algo que no corresponde por estatuto, una guardia que no estaba prevista o un par de pacientes que llegaron tarde porque viven en otra galaxia. En ese momento, todos desaparecen del radar. Ni David Copperfield lo logra tan bien. Sólo basta pedir una mano para que una nueva raza de mancos comience a ganar terreno.

– Como lo ves vos, parece que no hay salida. Yo y discúlpame por no coincidir, creo que sí hay salida

– Si encontrás la puerta, avísame. En nuestro hospital y que quede claro, no hablo por los otros, este tema de plegarse al quite de colaboración me pareció por lo menos sugestivo.

– ¿Sugestivo?

– Sí. Estaban en pleno proceso de tragarse el sapo. Sabían que les habíamos dado vuelta la tortilla y de creer que había una torta enorme para repartir y de ahí en adelante se hablaba, pusimos las cosas al revés y les dimos un mensaje clarísimo. Primero que alcanzar objetivos y punto, es lo que se supone hay que hacer para ganarse el sueldo y punto. O sea que para entrar en la carrera y tener la posibilidad de ganarse un pedazo de torta, había que cumplir con la base. Lo segundo es que incentivo tiene que ver con superar y superarse, ser mejor que la media, marcar la diferencia o como lo quieras llamar. Tan sencillo como eso. El empleado promedio cobra un sueldo y los que se destacan, los que muestran sus valores y sus competencias más allá de lo ‘que les corresponde’. Los que hacen lo que deben lo mejor posible. Esos van a tener el trozo de torta que les corresponda. Es lo que te digo. apenas se enteraron que la fiesta no era para todos, se pusieron trompudos y como no podían discutir porque no había argumentos, se colgaron en el estribo del primer colectivo que pasó cerca y ahí están. Ahí los ves. Quitando algo que no suelen dar. Colaboración, mientras la gente anda por los pasillos buscando que se les diga qué hacer hoy que el doctor no los atiende. Así están las cosas hoy. Te lo repito. Como no podían hacer una declaración a los medios diciendo lo injustos que éramos porque para llegar a los famosos incentivos les exigíamos (mala palabra si las hay) actitudes y aptitudes en las que todo el mundo está de acuerdo. Competencias que no admiten disenso y sobre todo, hechos que demuestren que el paciente está en el centro de la escena y que el médico no es el protagonista, sino uno de los actores principales del proceso que a veces capta todos los reflectores y otras ha de replegarse para que los demás hagan los que tienen que hacer y digan lo que deben decir. Son adolescentes. No hay modo de hacerlos entender que tienen límites. Se sienten invulnerables y dueños del mundo, pero la gente ya no es tan ingenua como años atrás y si hoy por hoy, el cuestionamiento a los políticos es cada vez más duro, sería sano para todos que entendamos que los próximos en tener que rendir cuentas de nuestras acciones e inacciones podemos ser nosotros y en ese momento, no va a haber lugar para las excusas porque la gente está cansada de excusas. Necesita respuestas y saber quiénes son los responsables de darlas y de demorarlas o mandarlas al olvido. Por eso, me parece fantástico que estos tipos se saquen la careta y muestren su verdadero interés que es montarse en sus derechos y arrastrar los deberes por el piso. Los pacientes que esperen porque para eso están. Que esperen hasta que el doctor consiga lo que cree que le corresponde y ahí, en una de ésas, si la reivindicación es suficiente, puede que abra la puerta del consultorio y empiece a colaborar de nuevo.

– ¿Sabés una cosa, Alonso?

– ¿Qué?

– El café lo pago yo porque vos tenés razón. Así, como están las cosas, no hay salida y no creo que hoy la encontremos. Mañana, tal vez yo piense de nuevo que es posible y vos arranqués de nuevo para tratar de mostrarme lo contrario. Mañana veremos. Depende quién convenza a quién, pero de una cosas estoy seguro y es que somos bichos de salud pública y moriremos tratando de desenredar esta galleta. Mejor es que nos hagamos a la idea y que la mala sangre no nos gane aunque conociendo el paño, es mucho pedir. Mirá lo que son las cosas. Hoy nos dimos cuenta que ni vos son tan genial ni yo tan estúpido y aprendimos que podemos formar un buen equipo. ¿No te parece?

– Ni loco, pero eso sí. El café te lo acepto, Garrido. Vos pagando, es un hito histórico

– Por algo se empieza, Alonso. Por algo se empieza.

Incentivos V

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