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Ese día no fue. Raro, pensaron todos aunque la verdad es que nadie lo dijo. Raro porque no solía faltar nunca. Siempre a la misma hora, en la misma mesa y la seña acostumbrada para adelantar el pedido de un café antes de sentarse y sacar de su maletín de cuero marrón gastado papeles cuadrados de colores. Los miraba un momento como controlando que estuvieran todos y los reordenaba con una secuencia que se repetía. Amarillo, naranja, rojo, marrón claro, verde esmeralda, violeta, azul marino, celeste, blanco y negro. Diez colores. Colocaba con cuidado los papelitos sobre la mesa, asegurándose antes que estuviera limpia, los abría como una especie de abanico y se quedaba así mirando cómo un color apenas asomaba detrás del otro, sonreía, miraba por la ventana que daba la avenida y agradecía al mozo el café. Tres de azúcar y unas poquitas vueltas de cuchara. Suficiente. Lo dejaba entibiarse porque no le parecía bien tomar algo tan rico como un café si estaba demasiado caliente. No le sentía el gusto y además pensaba que si un café es bueno, se puede tomar hasta helado. En fin. Tomaba entre sus manos el papel amarillo y con unos cuantos dobleces delicados, lo transformaba en una pajarita que movía las alas arriba y abajo si se le tiraba con cuidado la cola. Primero amarilla y la última negra. Cuando terminaba de crear esas diez aves de colores, se levantaba de su silla, dejaba lo que valía el café y un par de monedas para el mozo, se despedía de sus criaturas, tomaba el maletín de cuero marrón gastado y saludando apenas con un movimiento de cabeza, salía del bar. Antes de que la puerta de entrada terminara de cerrarse, las pajaritas salían volando por la banderola de la ventana que daba a la avenida y desaparecían en el aire sin dejar rastro. Eso pasaba todos los días y ya era costumbre, pero a nadie dejaba de asombrar que tal cosa sucediera en una ciudad que a esa hora de la mañana ya se había puesto triste, gris, sin nada más que ruido y gente apurada que desde hacía tiempo había decidido que era mejor no mirar a los ojos para que no hubiera peligro de encontrarse. Tal vez por eso, por el hábito de fijar la vista adelante en un punto congelado en el centro del infinito, es que nadie veía las pajaritas de colores y por eso mismo, tampoco se sabía hacia dónde era que volaban.

Terminaba la tarde y cada vez que la puerta de entrada del bar anunciaba con su quejido de anciana que alguien estaba entrando, algunos de los que estaban, volvían la cabeza a ver si por fin llegaba. Ya estaba anocheciendo y con ello se desvanecía la esperanza de que sólo se tratara de un retraso, un accidente menor, un olvido de tantos que uno tiene cuando anda con la cabeza llena de cosas importantes. Uno a uno, los que aún a esa hora pensaban que podía venir y que en cualquier momento su cara inconfundible, sus ojos verdes profundos, su cuerpo sensual de mujer potente y ese pelo oscuro que le llegaba hasta la cintura y que debajo de las luces brillaba como una hoja de metal negro. Tal vez y sólo tal vez era el deseo de sentir como inminente su perfume. Esa mezcla de aromas que evocaban, con otros que prometían, en un cruce de tiempo que transportaba a sitios inexplorados donde la recompensa era  encontrarla y a la vez perderse porque si de ella se trataba, no podía suceder una cosa sin la otra. Casi noche y nadie dentro del bar con la capacidad suficiente como para frenar las sombras para darle ese par de minutos que seguramente le hacían falta para llegar antes de que no hubiera remedio y el día entonces se transformara en una causa perdida, en cáscara, en un recuerdo inerte que ni siquiera valía la pena guardar en la memoria porque eso iba a ser el día si ella no entraba en ese  preciso momento, se acercaba a la barra para pedir que le prepararan un té de hierbas, pero en hebras y si no iba como volando a milímetros del piso hasta la mesa del rincón de la lámpara de hierro. Si no se sentaba con la gracia de un hada y la sensualidad de una cobra. Si no recorría el lugar con sus ojos hasta asegurarse que todo estaba como debía. No llegó y la noche dolía.

Era demasiado pedir que esta vez no se demorara porque habían pasado demasiadas cosas importantes y era imposible soportar tanto vacío en el aire. Las sirenas de las ambulancias y de los autos de la policía derramaban malas noticias sin nombre, pero cuando uno tiene a quién esperar, ese sonido excava y llega al centro del miedo. Sólo un instante. Eso es lo que tarda la incertidumbre en hacer efecto. Después el silencio, el recuerdo remoto de esa sirena que ya se ha ido del aire, la sensación de que en algún sitio está sucediendo lo que tanto se teme y la angustia colgada de la garganta como un grillete helado que no hay modo de quitarse de encima. Esa noche porque ya era de noche, no se escuchaban sirenas. Sólo se escuchaban los ruidos habituales de una ciudad que se va vaciando de gente y recupera la calma de las calles y él no daba señales de vida. Su cerveza blanca, su plato de maní salado y sus aceitunas verdes sin carozo, heridas de muerte cada una de ellas por un escarbadientes despiadado, esperaban en la barra porque él era de venir todos los días y no había razón para pensar que ese día las cosas debían ser diferentes. No se escuchaban sirenas, la pantalla de la tele mostraba un noticiero clamo y previsible, pero los relojes no mentían. Las nueve y cuarto de la noche. Ya no era tiempo de cerveza blanca, maní, aceitunas y un cuaderno pentagramado donde escribía sus canciones, donde iba goteando la música que decía le iba tarareando la ciudad mientras la recorría sin apuro y con el rumbo incierto de los que caminan para escuchar y aprender, sin que les importe demasiado hacia dónde se dirigen. Sólo era cuestión de abrir el alma y seguir el ritmo. La ciudad, sus calles y cada uno de sus rincones se encargarían del resto.

Ninguno de los tres vino hoy y me pregunto qué hago aquí solo, esperando que llegue a tiempo alguna de las historias que tenía la ilusión de encontrar para contarles. Nadie viene. Tengo la impresión de que nadie va a venir. Debería salir a buscar, pero no sé muy bien qué y encima creo que es miedo lo que siento o algo que se le parece demasiado como para que justo en este momento pueda notar la diferencia. Pago mi café que raro en mí no he probado siquiera y salgo del bar para encontrarme con la calle que a esta hora es una especie de tajo gris que parte en dos una tierra de fantasmas. Siento un cosquilleo de aire al costado de la cara, pero no veo nada. Se hace más evidente, como si estuviera jugando conmigo. Creo ver una pajarita de papel amarillo volando cerca, al alcance de mis manos. Creo verla. Cierro los ojos. La veo. Los abro y desaparece. No vinieron. No van a venir. Algo me dice que yo tampoco vine.

El abrazo de dos ausentes, Eduardo Naranjo, pintor hiperrealista español nacido en 1944

El abrazo de dos ausentes, Eduardo Naranjo, pintor hiperrealista español nacido en 1944

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