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Fea sensación tengo hoy y digo sensación porque es mucho más que un gusto que se empeña en habitarme la boca y mantenerme al filo del asco. De adentro me sale un gusto como a bilis, digo, por ponerle algún nombre que evoque algo concreto, paro la sensación es más profunda y no pasa por lo meramente sensorial, sino por el meridiano de las expectativas no cumplidas, de las carencias que de evidentes ya no pueden ser ignoradas y mucho menos disfrazadas con otros nombres. Esta sensación pasa por una vocación prácticamente intacta que se ve amenazada por enemigos internos y externos que no se han planteado otro objetivo que hundirla para que termine su tiempo en el fondo del mar y no queden rastros de ella, salvo para alimento de los peces carroñeros que van y vienen limpiando la mugre aunque no creo que esta porquería sea de su agrado y tal vez migren a otros océanos buscando un alimento menos asqueroso.

La sensación pasa por ver a mi alrededor como se construyen día a día estructuras de ineficiencia que mientras van adquiriendo un tamaño considerable, se proveen de excusas y justificaciones que permiten adoptar conductas que tienden a homogeneizar la mediocridad y se legitiman personajes que no sólo han hecho daño comprobable y documentado, sino que no tienen otra razón de ser que seguir haciendo desastres porque lo único que necesitan es su porción de poder como base y mientras más enrarecido esté el aire, mientras más frentes de tormenta aparezcan por el horizonte, mientras más cómodamente pueda reinar la violencia y el atropello, más a sus anchas se van a sentir porque podrán seguir gozando de impunidad mientras la mayor parte de la gente lucha por sobrevivir y no tiene tiempo para ocuparse de ellos que de paso y con mucha paciencia, van ocupando espacios que hasta hace nada estaban reservados para los que sabían ser, estar y hacer lo debido del mejor modo posible. Uno podría pensar que ya no están esos que por derecho y competencia ocupaban los lugares precisos para que los demás nos sintiéramos seguros. Sí. Sí que están, pero es como si hubieran quedado sumergidos en las ruinas y a merced de los demonios de la corrupción y la desidia que suelen comer la carne y las entrañas de la gente buena. Es posible que no se los vea, pero están y me consta. Lo malo es que se pasan la vida tratando de combatir a los que ensucian a la vez que se deshacen en el intento permanente de mantener palpitante el motivo por el que siguen peleando aunque el estadio en pleno ya haya decretado la derrota y no ve la posibilidad ni de un empate agónico.

Hace tiempo que no sólo yo, sino varios que ven lo mismo venimos diciendo lo que pasa y anticipando lo que va a pasar si seguimos creyendo que sólo la vieja gloria social que se nos entregaba junto con el título de médico en una perversa cajita feliz que era recibida a trámite terminado sin que nadie asumiera quién estaba en condiciones de comer era hamburguesa y disfrutar el juguetito sin hacer daño y sin mancharse al extremo de arruinar hasta su propia ropa hasta el punto que de pena mirarla. Hay tantos que arruinan  las mejores cosas y las bastardean en nombre de vaya a saber uno qué. Renegados de la vocación, depredan los valores y traicionan sin el menor escrúpulo a todos y cada uno de los que pusieron en su cuerpo y su alma una de las misiones más privilegiadas que puede cumplir un ser humano que es hacer frente al sufrimiento del otro, poniéndose en su lugar sin ser él y de algún modo absorber, al menos en gran parte, el primer impacto, el que produce más daño, el que más suele y el que es casi imposible aguantar solo. Esa misión que tiene que ver con el amor así, directo, intenso, potente  y sin ningún tipo de red, de protección.

De esto se trata. De amar con pasión la medicina y a través de ella a quienes confían en nosotros porque siguen suponiendo que ser médicos nos hace diferentes, especiales y dignos de esa fe que no tiene reservas. Ese es el tema que me deja un regusto amargo en mi boca, en cada confín y en cada repliegue. Me he dado cuenta o mejor dicho, acepté de nuevo que este amor jamás se había ido y que desde mi primer llamado, allá a fines de los ’60, la vocación de tanto en tanto me siguió recordando que seguía allí aunque yo hiciera lo imposible para ahuyentarla. Así fue que después de encuentros y desencuentros, de alejamientos y vueltas, de negaciones y reafirmaciones, se mantiene de pie y percibo con claridad que se la ve más fuerte que nunca. Siempre quise ser médico y por más que en estos últimos tiempos dudé de mi vocación más de una vez, no hubo modo de extirparla, de modo que opté por deponer las armas y dejar de resistirme, lo que fue un dulce reencuentro con un viejo amor que siempre rondó mi vida, la habitó y la hizo más rica y mejor, tanto así que promete continuar con el mismo empeño de siempre o más en su misión primordial que es invadirme hasta lograr que sea lo que hago, invasión que no pienso resistir aunque si somos honestos, no creo que me dé el cuero para oponerme a ella, salvo que lo haga por no decir que me rendí porque de igual modo está demostrado que mi derrota ya se ha escrito y moriré, cuando me llegue, médico.

Lo malo es que no puedo disfrutar de lo dulce con toda la intensidad que quisiera porque lo agrio, lo ácido, lo repugnantemente amargo me acosa y no encuentro forma de evadir el asedio. Estoy rodeado de gente que no entiende valores básicos, tales como que no debe morderse la mano que dio de comer, no deben tomarse actitudes corporativas del tipo todos somos uno (porque de ese modo nadie es individuo y por ende no se le puede responsabilizar de sus actos), no se debe maltratar al débil (en cierto modo el paciente se halla en una situación de debilidad) y no se debe pensar en uno como poseedor o custodio de la verdad establecida. Esos valores, según se respeten o no, son divisorios de aguas y veo en el medio donde me muevo que no hay demasiado interés  en el sentido de deseo como para tomarlos como precepto de vida y práctica, así como no parece importarles a muchos de los que tienen mi mismo título (me opongo con todas mis fuerzas a llamarlos colegas) que realizar adecuadamente una valoración de la situación clínica, gestionar el propio conocimiento hasta lograr su desarrollo pleno, comprender el sistema en el que se trabaja, sus límites, sus posibilidades, sus debilidades y sus fortalezas. Todo indicaría que no hace falta tener la capacidad de comunicarse con el paciente, los pares, el resto del equipo de salud y con quien haya que hacerlo para allanar el camino de la incertidumbre. Parece que no es relevante para algunos tener la destreza suficiente para tomar decisiones en base a la mejor evidencia disponible, al juicio clínico y la experiencia que se va madurando en intuición. Hasta da la impresión que no tiene valor resolver problemas en beneficio del paciente. Todas cosas que  hacen a un médico realmente médico y no meramente el usurpador de un título que en la generalidad de los casos queda grande: ‘doctor’.

Hoy tengo que contar la sensación. Mañana, si es posible, trataré que lo dulce triunfe como intuyo que va a suceder, pero hoy déjenme sacarme este gusto espantoso de la boca antes de hablar como corresponde de lo dulce y placentero porque es un tema lo suficientemente serio como para que se tome a la ligera, se lo trivialice y no se le dé la importancia que tiene. Lo dulce ha ganado mala prensa, pero sigue moviendo al mundo, a pesar de tanta amargura y a pesar de tana alma vaciada de esencia.

A no ilusionarse con mi posible derrota. Les aviso que estoy en plena reparación

A no ilusionarse con mi posible derrota. Les aviso que estoy en plena reparación

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