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Poco que decir. No hay tiempo. Decido enfilar por el pasillo amplio que recorre el edificio de sur a norte o de norte a sur, como prefieran. Noto el piso más opaco que de costumbre y el tráfico más complicado. No lo recordaba así. Tenía otra imagen en la memoria. De poca gente y no de hileras por aquí de madres  con niños en brazos obstaculizando el paso mientras esperan que dos enfermeras registren y valoren a los pequeños pacientes. Al menos los que están en ese lugar, serán unos veinte o veinticinco, no se ven mal, incluso los hay que se escapan del celo protector de sus mamás y se dedican a corretear por los vestíbulos y a toquetear la imagen del Niño mientras como quién no quiere la cosa, añaden un obstáculo más a los transeúntes que a esa altura ya no están desprevenidos.

Más bien hay un estado de alerta ambiente que en algunos sectores, sobre todo los que aglomeran más gente, se va tiñendo de crispación. Se nota por las caras que buscan encontrarse para tejer una suerte de complicidad y empezar con la protesta que cuando se masifica y pierde identidad y nombre propio, se hace no sólo más violenta, sino más estéril. Todo queda en la imprecación al aire, en una puerta azotada a golpes, en el insulto al Ministro de turno y después como pasa luego de una salva de fuegos de artificio, vuelve la calma deslizándose como una mancha de aceite, pero en este caso y gracias a Dios, sin que haya que soportar el olor a pólvora que suele quedar suspendido en el aire.

Llego al extremo norte y tomo hacia la derecha, como escapando de la zona de conflicto permanente, done todo debe ser inmediato, donde la medicina defensiva es reina indiscutida, donde los profesionales pierden su dignidad para transformarse en víctimas del sistema que no dan abasto y pierden hasta la noción del tiempo de tanta sobrecarga, pero pudieron conseguir dormitorios para descansar por grupos a la noche a más de cien metros de su lugar natural de trabajo, donde no podían conciliar el sueño por el barullo y el movimiento constante. Ahí, donde hay gente que asiste sin estar en condiciones técnicas, lo que se ve en el modo en que piden estudios, escriben registros o refieren pacientes. En ese sitio, entre algunos que mantienen el nivel al precio de desdoblarse y dar la impresión de tener más de dos manos, se ve a otros que están para que haya alguien. Los hay que fracasaron en su capacitación y recalaron en el sector y a fin de mes reciben cinco dígitos de sueldo aunque no se les note el profesionalismo ni siquiera en la confección de una receta básica. Qué hablar de una historia clínica. Pedir que tenga un nivel que haga pensar que la escribió un médico es más improbable que encontrar las bóvedas de Kirschner.

Entro en el salón grande y veo la escalera a mi izquierda. La de lleva al primer piso, donde la Conducción trata de dar la imagen de que el timón tiene alguna relación con ellos y que la sensación que tenemos de andar al garete es un invento mediático, fogoneado por las oscuras fuerzas del imperialismo. En ese primer piso, como en todos lados, hay gente que vale la pena, pero la mayoría, la inmensa mayoría no ocupa los lugares que merecería ocupar. Algunos por no saber leer la realidad y creer que un cambio es posible, pero ese cambio necesariamente duele y producirá heridas, por lo que no es viable desde el punto de vista político, al menos en un año electoral como éste en el que se debe mantener contento a la cantidad suficiente de mundo como para lograr las bancas que haya que conseguir en el parlamento. No se puede conformar a todos. Sólo se trata de callar las bocas que disienten y de colocar una generosa capa de manteca en la rebanada de pan correcto para que las cosas en los próximos comicios, salgan bien.

Desisto de ir al primer piso y pienso en un café. Los precios se han puesto demasiado altos para lo que se supone es un bar de hospital. se nota porque cada vez se ven menos habitués y son cada vez más los parroquianos incidentales a los que una vez los pillan, pero más de una, ni locos. Precio cinco estrellas,  servicio cinco focos de 25 W y comida cinco puntos, pero no sobre diez, sino sobre cien. Menos mal que las porciones son pequeñas porque de otro modo, encima de ser un asco, tendría, por la dosis, mayor potencial tóxico, lo que le añadiría otro obstáculo más a esta demencial carrera por lo que una vez fue promesa de futuro, buque insignia que navegaba gallardo, impulsado por los vientos de cambio que seguramente se extenderían a través del toda la salud pública de la provincia, del país, del mundo y por qué no de la galaxia. Ahora que salgo a la avenida a respirar un poco de aire más o menos puro, me doy cuenta y lo veo. Me callo. Desando el camino hacia mi oficinita, trato de pensar que mañana en una de ésas me despierto de la pesadilla o alguien me hace ver con evidencia que estoy equivocado y que mi intolerancia tiene que ver más con una patología mental que con una realidad de desidia, incompetencia, desaprensión y desprecio por la gente. Ojalá que mañana, cuando vuelva a caminar por estos pasillos, me entere que todo lo que pasó desde setiembre de 2009 es sólo un mal sueño, una cámara oculta, una bromita inocente y que debo empezar a purgar condena por mi suspicacia, mi bronca por el modo en que se hacen las cosas, mi desazón por los personajes nefastos que nos siguen rigiendo porque son incapaces de conducir y la certeza de que un sueño que nació como una oportunidad de despegue, quedó tirado en un charco de barro de donde nadie tiene interés de levantarlo. Ojalá que mañana me digan que me equivoqué y que mi percepción de la realidad es errónea porque prefiero tener que empezar de nuevo desde el fondo del error que tener razón y que me duela tanto el alma justamente por eso.

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