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‘Quien luche con monstruos, cuídese de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti’. (Friedrich Nietzche [1844-1900] Filosofo alemán)

Es duro reconocer que los marginales nos marginalizan porque es sencillo provocar parapetándose en la maldad y desde allí, raspan con paciencia la superficie, esmerilan los mecanismos de defensa y una vez que llegan al núcleo, donde habita lo que nos cuesta una vida (y no pocos traumas) reprimir, se pueden sacar las perores cosas de nosotros, los que estamos razonablemente seguros de ser buenos aunque en un mundo tan relativo como el que vivimos, deberíamos ser más cautos y considerarnos no tan malos como ellos, los que matan, vejan, destruyen, ultrajan y hasta pareciera que disfrutan viendo cómo un semejante sufre hasta más allá de los límites. El sólo hecho de hacer ese tipo de cosas los convierte en marginales aunque el resto del tiempo se mimeticen con la sociedad civilizada y mantengan a raya sus instintos mientras cumplen con las pautas de convivencia en el proceso de procurarse una nueva víctima porque no vaya usted a creer que los marginales son esos tipos vestidos con harapos, hediendo a alcohol o pasados de drogas, con el pelo mugriento y los ojos inyectados que viven en cuchas de cartón o en casa ocupadas. Esos son estereotipos porque si bien algunos tienen ese aspecto y mueven al rechazo, cuando no al asco con su sola presencia, hay otros elegantes, impecables que huelen a buen perfume y usa ropa de marca, con lo que se les hace más sencilla la cacería porque además, algunos ocupan sitios de poder y se sabe que el poder es una herramienta de seducción efectiva que falla muy pocas veces.

El tema es que sea como sea que luzcan, no sólo son capaces de marginalizarnos, sino que tienen la habilidad de jugar el papel de desfavorecidos y a quien mantenga alguna dosis de ingenuidad pueden llegar a provocarle sentimientos de la compasión, a considerarlos víctimas del sistema, el mismo sistema que cuestión de grados mediante nos victimiza también a cada uno de nosotros todos los días cuando padecemos más de un avasallamiento que en muchos casos está amparado por las leyes. Qué es sino un atropello el hecho de que los que trabajan y viven de un sueldo paguen impuestos y los que transan millones en el mercado de la especulación estén exentos o qué decir de alguien que tiene que esperar horas en un centro de salud o en un hospital para que un ‘trabajador de la salud’ lo atienda. Si tiene la fortuna de encontrarse con gente de bien, no será maltratado porque de lo contrario no le espera un buen momento, de donde no es para nada raro que en los servicios de salud pública se aumente el daño y el sufrimiento por el maltrato, por la incapacidad de sentir empatía por el sufrimiento del otro, más o menos como Josef Fritzl, el austríaco que secuestró a su hija por años. Es una cuestión de grado y de ausencia de una connotación sexual directa, pero la humillación y el atropello existen cayendo como una maza sobre las poblaciones cautivas que no tienen otro sitio al que acudir. Qué es sino un ultraje pretender desde los estamentos judiciales repartir la culpa de un asesinato en partes proporcionales a la víctima, de modo que un poco le toca al asesino y otro poco a la víctima, porque se defendió, porque se movió a destiempo o porque tenía ojos celestes y eso a veces molesta. Hay muchas maneras de ultrajar, de violar, de vejar y de proporcionar sufrimiento y de quitar una vida. Tantos modos como marginales dispuestos. Algunos con la brutalidad elemental del que sólo daña por el daño mismo, mientras que otros se mostrarán más sofisticados y maquiavélicos si se quiere. Lo cierto es que los vampiros más letales son los que tienen los colmillos ocultos, lo que equivale a decir que  no hay marginal más peligroso que el socializado porque cuando se le nota lo perverso en toda su dimensión, ya es demasiado tarde y no hay escapatoria posible.

Volvamos a Salta. A esa provincia donde una niñita de 9 años que vendía pan casero fue masacrada por tres monstruos que parecían y eran marginales, pero tuvieron libertad y tiempo para hacer lo que hicieron en un lugar donde se supone que eran conocidos. En medio de tanta tragedia y con los miserables cercados y a punto de ser detenidos, dos ministras del Poder Ejecutivo provincial, para no perder la costumbre, desviaron el tema para aclarar que en Salta no hay trabajo infantil, modo avieso de sostener ‘algo habrá hecho’. Sí. Trabajaba para darle una mano a la familia en una provincia donde no hay trabajo infantil. Es como si dijeran que de una chiquita ultrajada y muerta no está bueno hablar, pero sí resulta imprescindible poner en claro que los niños en Salta no trabajan. Prioridades de estado que ensucian la moral y la ética y en cierto modo ultrajan a la gente con el paraguas institucional de respaldo. Las ministras niegan que haya trabajo infantil. Ahora que lo pienso, tienen razón. En nuestra provincia, sólo existen menores de edad que efectúan actividades remunerativas para un tercero, familiar o no. El tema, para que se entienda, es que como son niños, se dedican varias horas por día, en algunos casos de lunes a lunes, a jugar a que tienen un empleo. La hacen completa. En su mundo de fantasía, deben despertarse al alba para partirse el lomo hasta la hora del almuerzo (por llamar de algún modo lo que se llevan a la boca al mediodía) y dejan la escuela para más adelante porque lo único que les interesa es jugar y de paso que al final del día haya en el bolsillo la plata suficiente como para que al llegar a casa, la cena no sea una paliza y alcance la noche para descansar un poco porque el día siguiente no parece tener un horizonte distinto a la vista.

Para eso son niños. Así que a no preocuparse y a adherir al pensamiento de las Señoras Ministras (asumiendo que piensan lo que dicen) porque todo forma parte de un gran mundo de ilusión magnificado en su dramatismo por la prensa sensacionalista. Un reino de la fantasía al que sólo le faltan los árboles donde se cosechan Barbies®, jueguitos de cocina, pinturitas, pelotas de fútbol, muñecos de Dragon Ball y autitos Hot-Wheels®. Señoras Ministras en particular y políticos en general. Desprecio el empeño patológico que ponen para quedarse en sus puestos habiendo demostrado que son incapaces de estar a la altura de las circunstancias y más aún, de ponerse en el pellejo del otro (empatía, se llama: ‘No soy el otro, pero necesito del otro para ser yo, decía Emmanuel Lévinas). Cuidado porque la falta de empatía es un síntoma de personalidad antisocial y cunde entre los marginales. El mensaje es en particular para ustedes dos, señoras ministras con minúsculas: Si son madres, midan lo que dicen porque nos guste o no, son formadoras de opinión y hay quienes esperan de ustedes sensatez y prudencia.

Tal vez todo se reduzca a que si les da un ataque de conciencia, no sabrán cómo manejarlo y seguramente optarán por renunciar aunque todo indica que ni siquiera tienen el suficiente cerebro y menos aún el coraje que se necesita para tomar esa decisión tan sensata. De última, los monstruos que masacraron a esta niña, las insensatas que dicen semejante estupidez y hacen de la mentira un recurso político de primer orden, los barra brava que atemorizan e intimidan a pura violencia con el apoyo de los poderosos, los que cuidan a nuestros niños y usan esa situación de privilegio para abusar de ellos, los que maltratan a los ancianos en los geriátricos o en las salas de espera del PAMI y los que manejan alcoholizados y matan a uno o más inocentes ¿No deberían ser considerados todos marginales? ¿No es hora de sacar de muchos de estos la palabra ‘enfermo’ para que la compasión le ceda el lugar a la justicia que debe caracterizarse por ser implacable?¿Hasta cuándo vamos a seguir ´reinsertando’ en la sociedad a quienes han demostrado que no saben vivir en ella? ¿Qué esperamos para considerar la reincidencia como factor de riesgo para poner en libertad a alguno de estos miserable? ¿Por qué no dejamos de ser falsamente ingenuos y ponemos en negro sobre blanco que hay muchos de estos que no tienen corrección posible o cura si los consideramos enfermos? ¿Hasta cuándo los que tratamos que el mundo pinte un poquito mejor vamos a seguir cargando el dolor de no poder hacer nada mientras los que no deberían sufrir, sufren? No sólo sufren. Por si acaso existe quien no se haya enterado, cumplo en informar que de tanto en tanto, mientras alguno de ellos muere, muchos van a transitar lo que les queda de vida con marcas que no se borran. Muy por el contrario, se hacen más nítidas y dolorosas a medida que pasa el tiempo y periódicamente se reedita el daño.

Marginales II

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