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– ¿Te enteraste?
–  ¿De qué?
–  No. Si tienen razón los que dicen que vivís en un huevo. Siempre el último en enterarse.
–  Ya está. No me levantés más la autoestima. No hace falta. ¿Qué es lo que tendría que saber?
–  La última del Gerente. Sobre que nos vuelve locos con los protocolos y los benditos convenios de gestión, se le ocurrió poner un médico auditor para que nos controle. Encima que con este verso de las guías clínicas no podemos hacer lo que nos dice la experiencia, ahora le tenemos que dar explicaciones a un tipo que desde un escritorio decide si lo que pedimos está bien. El paciente es lo que importa, hermano. Hay que estar en la trinchera, con uno que está fregado para saber lo que es hacer medicina. Desde la oficina, con el aire acondicionado y la cafetera eléctrica es fácil. Así, cualquiera
–  No vayas a creer que es fácil. Más bien te diría que es bastante complicado decidir lo que conviene y lo que no. Después de todo ¿En qué te molesta que haya un auditor?
–  Te la pongo clara. El especialista soy yo y cuando indico un estudio o un tratamiento, sé lo que estoy haciendo ¿Entendés? No va a venir un recién recibido a poner en duda cómo manejo yo a mis pacientes. Así de fácil. Hace veinticinco años que soy médico y hace diez que soy Jefe de Servicio. Por algo será, querido. A mí nadie me regaló nada.
–  ¿Cómo sabés que es un recién recibido? Pregunto, porque no le conocés  ni el nombre
–  Porque cuando todos van, yo estoy de vuelta. Estos carguitos en los hospitales son para mocosos que recién rompieron el cascarón y como son hijos o sobrinos de un pescado gordo, se les consigue un currito para que vayan entrando en el sistema. De última, son decorativos. Son un sello de goma, ni más ni menos porque no me vas a venir con el cuento que pueden cambiar la forma en que trabajamos
–  Y, en una de esas ¿Quién te dice? Yo no tengo la costumbre de subestimar a nadie
–  Si. Vos naciste guardabosques. El eterno defensor de pobres y ausentes que siempre le encuentra algo de bueno a todos aunque debo reconocer que de un tiempo a esta parte, con los colegas te noto cada vez más intolerante. No les dejás pasar una. Ni por accidente un mantito de piedad, hermano
–  ¿Estás seguro que se merecen un mantito de piedad como vos decís? Te firmo y te sello que soy todo lo honesto que puedo cuando te aseguro que la mayoría no. Si querés, hay pruebas.
–  ¿Qué sos policía ahora?
–  Ni policía ni buchón, por si acaso se te ocurre pensarlo. Te conozco y me gustaría que entiendas porque estoy seguro que sos inteligente aunque tanta especialidad te ha limado un poco el cerebro y te lo ha puesto angosto por no decir obtuso y te lo digo de onda. El tema es que hay cosas que me pueden. Veo cómo se trata a la gente o cómo se los destrata, se los hace esperar hasta que el ‘doctor’ decide bajar a la tierra y empezar el consultorio y no me digas que no es así. No me vengas a contar que se le explica a los pacientes qué es lo que les pasa y para eso el médico se toma su tiempo, el que haga falta para mostrarle el problema al dueño y comentarle lo que se recomienda hacer en estos casos. Veo que eso no se hace y los pacientes se van del hospital muchas veces con más dudas de las que tenían cuando llegaron y a nosotros nos pagan sobre todo para contestar preguntas con el auxilio de lo que sabemos y una dosis de sensibilidad. Empatía ¿Te suena? Ponerse en el pellejo del otro que está muerto de miedo porque no sabe si lo que le pasa a él o a su ser querido es grave y en definitiva lo va a matar pronto.
–  Bueno, San Francisco de Asís, no es para tanto. Bajate de la moto porque te ponés loco
–  No te confundas que puedo ser de todo, menos un santo. De última ¿Cómo querés que me ponga? ¿No te das cuenta que tenés el mismo título y te dicen doctor igual que aquel que no agarra un artículo ni por error? ¿Te enteraste acaso que muchos de los tipos que admirás están prendidos en cuanto kiosco se abre? En una de ésas escuchaste que hay ‘colegas’ que indican medicamentos carísimos sin que les importe demasiado si son todo lo buenos que dicen. Según ellos, los recetan porque ‘hay que hacer todo lo posible por el paciente’ y que yo sepa, el paciente no recibe beneficios ni terapéuticos ni de otro tipo, sin contar que muchos de estos buitres le aseguran a una persona desesperada que lo que le han recetado ‘es lo último’ y hacen lo posible para que el paciente crea que lo último equivale a decir lo mejor. Manto de piedad. ¿Para quiénes? ¿Para los que le dicen a la mamá de un chico que sería mejor ‘hacer una resonancia para descartar cualquier cosa’ o ‘ver si no hay algo malo’? ¿Qué se supone que hace una madre promedio? Sale corriendo y si la obra social no le reconoce el estudio, saca de donde no tiene, va y se lo hace. Todo para que su médico que supuestamente es de confianza, mire de reojo el informe porque casi nunca ven con detenimiento las placas y le diga a la madre como quien pronuncia el Sermón de la Montaña ‘quedate tranquila, mami, el chico no tiene nada’. El problema es que cuando a ese chico que no tiene nada le vuelven los síntomas, al pedidor de estudios no le va a quedar otra que revisarlo y ahí aparece lo que no sale en las resonancias o en las tomografías y que tiene que ver con el modo en que se vive, entre otras cosas. ¿Me equivoco? Decime si te suena ‘Usted me dijo que mi hijo no tenía nada y ahora me sale con que necesita un psicólogo’ que sería la más suave. No todo lo que enferma se ve, hermano y muchos de los que según vos merecen un manto de piedad creen eso y no hay modo de hacer que cambien, simplemente porque se benefician creyéndolo. ¿Estamos?
–  Estamos. Vos sabés que en algunas cosas pienso más o menos lo mismo que vos, pero no soy tan brutal y creo que no hay tantos colegas impresentables como vos decís. Reconozco que me cuesta a veces creer cosas que veo, pacientes que recibo y sobre todo me da vergüenza ajena que haya tan pocos de nosotros que sea capaz de contar una historia y para qué decirte si se trata de escribirla en un castellano aceptable. De curso legal …
–  Más bien de curso legible para que nos enteremos de qué nos están diciendo y llegamos a otro punto complicado. La letra. Parece que ser médico da derecho al garabateo. A manchar hojas con rayas anárquicas más propias de un niño en la etapa previa a los palotes que de un profesional universitario que se supone tiene más de veinte años de aula aunque a algunos te garantizo que no se les nota y hasta me parece que hacen lo posible porque no se les note. Encima, si tenés el atrevimiento de criticarles la letra, te salen con que sos un burócrata que ellos no son administrativos y que están para cosas más importantes que escribir recetas, indicaciones, historias clínicas y epicrisis y cuando por hache o por be les toca una demanda, se rasgan las vestiduras porque se dan cuenta que no tienen de dónde agarrarse para armar una defensa. Le tienen terror a los juicios por mala praxis, no se molestan en registrar lo que hacen y encima se dedican a la medicina defensiva que lo único que logra es poner en peligro a los pacientes y desangrar los presupuestos.
–  Convengamos que hay médicos que no escriben demasiado, pero son muy buenos profesionales. Me imagino que en eso vas a estar de acuerdo
–  Es que no se trata de escribir demasiado o poco. Se trata de ser coherente porque un médico que no registra con precisión lo que hace es como un chef que podrá cocinar muy rico, pero al final derrapa y tira el puré como escupida en el plato, pone el bife en cualquier lado y salpica la salsa como se le antoja. Podrá ser un manjar, pero muchas ganas de comerlo no dan ¿Verdad? Escribir forma parte inseparable del acto médico y eso no admite discusión y más te digo, lo que un médico escribe y cómo lo hace es un reflejo de lo que dedica a su paciente porque si te ponés a pensar, cinco minutos para hacer una receta bien hecha o diez para un informe son tiempos que una persona enferma que deposita la confianza en vos se merece que le dediques, hermano.
–  Cuando tenés razón, tenés razón y mirá donde fuimos a parar. Empezamos a hablar de que pusieron un Médico Auditor en el hospital y terminamos destripando al gremio. No tenemos salvación nosotros querido. No nos viene bien nada. Un auditor. Más burocracia, más papeles, más explicaciones. Ahora vamos a tener que hacer un curso para pedir un estudio de rutina
–  Si un estudio es de rutina, mi estimado amigo, no es necesario.
–  Habló el oráculo. La verdad es que cada día te estás poniendo más intransigente. Transá un poquito, tolerá un poquito que no te va a venir mal y en una de esas hasta se te van las arrugas y esa cara de traste que tenés puesta desde hace un tiempo. Ya te voy a ver cuando el señor Auditor Médico te ponga peros para autorizarte algo, te exija un resumen de historia clínica y que le expliques a él que no es especialista por qué pedís lo que pedís. Se supone que un especialista sabe lo que hace y no va a salir con estupideces pidiendo cosas que no hacen falta, hermano.
–  Ese es el problema
–  ¿Cuál?
–  Los Médicos Auditores no podemos darnos el lujo de suponer nada.

Burocracia

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