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(Fábula de Juan y Mario, personajes de ficción, cuya similitud con la realidad podría no es una mera coincidencia, o sí ¿Quién sabe? El inconsciente de los que escribimos es tan travieso)

 Juan nunca fue un alumno destacado, se deslizaba por el filo de los ‘objetivos mínimos’, eufemismo para denominar a ‘los del montón’ que se usaba en la época en la que cursó su primaria y secundaria. Esta denominación no era inocente y menos aún inintencionada, al menos es lo que se ve después de muchos años de historia que demostraron que la educación en este bendito país es una prioridad discursiva, una excelente bandera de campaña, un gancho marketinero y una gran excusa a la hora de para conseguir recursos. Que esos recursos vayan a mejorar la infraestructura, los salarios o la calidad de los docentes es otra historia. La cosa parece funcionar tipo transacción adolescente, en la que el hijo le pide a su padre plata para fotocopias (van a tener que buscar otro pretexto porque las fotocopias son una antigüedad) y ese dinero termina en el mejor de los casos en las cajas de McDonalds®, materializado en un paquete de veinte de MARLBORO® o similar o transformado en cinco mil mensaje de texto gracias a una superpromo.

Digo en el mejor de los casos porque lamentablemente los chicos hoy en día ya no encuentran atractiva una hamburguesa o la inhalación de tabaco y buscan otros horizontes, tan ilícitos como peligrosos. En lo referente a  nuestro tema, los recursos para educación, suele ocurrir algo que la calle conoce de sobra y es que esos dineros fluyen raudos a engrosas las arcas de los políticos y son usados para campañas aunque desde la clase política, especialmente desde la oficialista, se sostenga que la justicia no tiene pruebas de ello. Sea como fuere, la ruta de los recursos económicos en educación (vale para salud también) es parecida a una canaleta ametrallada desde abajo, de tal suerte que está tan llena de agujeros que al final llegan unas pocas gotas de líquido porque la mayoría ha ido perdiéndose en el camino y mientras más cerca se ubique uno del inicio de la canaleta, más posibilidades de mojarse tendrá ¿Capisce?

En un sistema educativo como el nuestro, se cambia para hacer cosmética o para justificar gastos, pero en muy pocos casos las modificaciones conducen a mejoras de fondo o sea que todo siga igual y lo que se definía como ‘porro’ en las décadas del 60-70 (incluso más adelante también), pasó a denominarse ‘por debajo de los objetivos mínimos’. Maravilloso. Los tipos que la descosían estaban ‘por encima de los objetivos’ y los que no conocían la diferencia entre una multiplicación y un predicado se ubicaban ‘por debajo’. Para estos últimos esta clasificación no era tan traumática y les producía menos vergüenza (en el caso de que la sintieran). Los otros de algún modo importaban menos porque en nuestro país no se ha hecho demasiado para que los mejores disfrutaran de serlo, salvo en el mundo deportivo y en la farándula aunque en este último caso, la categorización es más complicada y el modo de medir calidad también.

No nos debe sorprender este modo de llamar a lo que nos molesta recurriendo a eufemismos artificiales y pretendidamente respetuosos, cuyo objetivo es ante todo ‘evitar la discriminación’. Tengamos cuidado. Hoy todo es discriminativo y lo único que falta es que saquen la figurita de los baños para que cada uno entre al que le pinte mejor. Las chicas con los mingitorios van a tener problemas, pero al que le gusta el durazno … Los eufemismos, de todos modos, me parecen más ofensivos que las palabras directas o por lo menos no mejoran la situación de nadie, así que un hipoacúsico no va a escuchar mejor que un sordo, un no vidente no va a ver mejor que un ciego, un ‘miembro de pueblos originarios’ no la va a pasar mejor que un indio o un ‘cumple los criterios del DSM IV para psicosis’ va a tener mejor vida que un loco. Lo que nos molesta, no asusta, nos preocupa o nos duele no se oculta bajo una capa de palabras porque hacer eso sería lo mismo que maquillar un forúnculo. A la corta o a la larga, se hincha hasta que muestra su extremo amarillo y explota sin necesidad de maniobra alguna con los dedos.

Fiel a mi costumbre, saludo a la amable concurrencia ya de regreso de los lugares donde estuve hasta este momento. Me fui, como suelo hacerlo, entusiasmado con las, múltiples ramificaciones de la fábula de Juan y Mario. Estábamos con que Juan no era lo que se dice un candidato a la bandera ni se veía en su futuro la medalla de oro. Andaba siempre en el pelotón de los últimos, cómodo y en su salsa. Llegaba a fin de año con lo justo y contando con la benevolencia de los docentes que se escudaban en la falsa esperanza de que en el período siguiente todo cambiaría y nadie se atrevía a frenar la carrera de este aspirante a mediocre que por otra parte no tenía demasiada consciencia de su estado. Esa perversa mezcla de piedad y falta de lo que hay que tener para poner límites, le allanó el camino a Juan, tantos otros, muchos más de los que uno se imagina (o no, viendo cómo andamos) y le permitió llegar al séptimo grado portando una ignorancia indiscutible, irremediable, asintomática, desconocida para el portador y para colmo diluida en un contexto de chatura que la hacía pasar inadvertida para el común de la gente que es lo mismo que decir la mayoría. El caso de Juan era tan frecuente que hasta pasaba por normal, localización cómoda que define toda una línea política estatal en educación. Hacer pasar a los ignorantes como normales es lo mismo que se hace hoy en día, disfrazando de clase media a los pobre, mientras se borra del mapa estadístico a una gran parte de los indigentes a fuerza de parches subsidiarios como parte de una enorme embestida clientelista.

Así las cosas, Juan formaba parte de la norma, de la masa informe y expansiva que prohíbe la entrada a todo aquel que tenga alguna posibilidad, por remota que sea, de destacarse y elevar su cabeza por encima de ese enorme y amorfo conjunto. No pertenecer debería ser un privilegio y estar fuera tendría que significar orgullo y posibilidades de crecimiento. No es así. Al menos en nuestro país pareciera que al bueno de Darwin (y eso que anduvo por estos lares) la teoría de la evolución y el famoso axioma de la supervivencia del más apto se le viene abajo porque aquí, tratar de mejorar las aptitudes a lo largo de la vida y de la carrera profesional no necesariamente mejora las chances supervivencia y mucho menos de crecimiento, tanto así que da la impresión que conviene mejor mantener un perfil bajo, con la cabeza prudentemente sumergida en el mar calmo de la mediocridad y sin cuestionar al entorno, tomando de él lo que buenamente se digne a darnos, sin molestarlo, sin tener la osadía de cosechar, sino la inteligencia o la astucia (forma animal de inteligencia) de esperar a que el fruto caiga y ahí estar dispuesto a levantarlo del piso, mientras se matiza el estado de alerta mirando cómo los que los gobiernan sí pueden ir directamente al árbol, elegir las mejores frutas y cortarlas porque así está diseñada esta particular distribución diferencial de derechos que desde hace bastante tiempo funciona en el país sin haber sufrido mayores modificaciones.

A cambio de la pasividad, previa afiliación a un partido o demostración de fidelidad proselitista, se las ingenian para infiltrarse en las reparticiones, apelando a la metamorfosis, proceso durante el cual un nombramiento ‘político’ que no requiere otros requisitos que pertenecer al género humano y acreditar funciones vitales dentro de límites razonables, se transforma en uno de planta, con carácter vitalicio, garantía de impunidad, columna de derechos mucho más alta que de deberes y un sueldo seguro a fin de mes, sin que haya que preocuparse por minucias intrascendentes como calidad, idoneidad, competencia, actualización, eficiencia y actitudes proactivas. Los entes estatales gozan de muy buena salud gracias a la posibilidad que tienen de mantener la chatura, la desidia y la inercia como normas de conducta que los definen. No conviene que haya alguien con vocación de sobresalir, de destacarse, de proponer cambios y mucho menos de permitirse pensar que podría mejorarse el modo de hacer las cosas, ideas subversivas que no benefician a nadie porque al fin y al cabo obligarían a rendir cuentas, estudiar, ponerse a trabajar en serio y competir en el mejor sentido de la palabra para llegar al punto en que existan mejores y peores y que esta diferencia realmente se note. No sólo en el reconocimiento de los conciudadanos (incentivo volátil y refrescante como pocos para el ego), sino en el cajero automático.

Volviendo a Juan, como era previsible, uno de nuestros héroes se deslizó cual chorizo en una fuente de loza por los procelosos mares de la educación superior, como uno más de los miles que aspiraban a un título que aseguraba el bonus de reclamar trato de doctor, a la vez que la posibilidad no menor de curar espantosas enfermedades y salvar vidas, mientras se disfruta de una existencia con pocos sobresaltos desde el punto de vista económico (al menos en teoría), se recibe el apoyo solidario de la industria que consciente de la necesidad de actualización, colabora con los gastos para trasladarse a los congresos donde no se aprende nada, pero se puede practicar el viril deporte de la figuración. Buena vida la del médico y a esa vida aspiraba Juan y para llegar a ella ponía lo mejor de sí, asistiendo a la mayoría de las clases, aprobando el porcentaje necesario de prácticos sino en el primero, seguro que en el segundo intento y llegando a los exámenes finales con una parte de la materia más o menos adherida a su memoria con un cemento de baja calidad y muy corta duración, tan corta que más de una vez perdió su poder antes del examen, con lo que el fracaso fue inevitable. La perseverancia tiene premio porque la vez siguiente hubo un mejor cálculo   de la vida útil del adhesivo y el escollo se sorteó con fortuna. Ya con el cuatro o el cinco en el bolsillo, faltaba menos para llegar al título. Sólo se trataba de combinar la lectura más o menos consciente de los ‘temas posta’ (si era posible, de los apuntes tomados en la clase del profesor titular), la fijación de algunas frases o giros que identificaban al académico que presidía la mesa de examen y allá vamos. El diez, como se supo después por boca del filósofo contemporáneo Aldo Rico, ‘es la jactancia de los intelectuales’ y así, a puro cuatro (o cinco en el mejor de los casos) se alcanza el objetivo y créase o no, el título es exactamente igual que el del tipo que egresó con nueve de promedio y las oportunidades laborales reales también son las mismas.

(Continuará)

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