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Se me ha hecho un hábito volver, recurrente en los textos, sobre esas ideas que también acostumbran regresar y apenas llegan, hacen lo posible por entrometerse en los pensamientos normales y razonables que suelo tener en general. La mayor parte del tiempo, dejo expresa constancia, soy un tipo como cualquiera, con todo lo que ello implica. Entre otras cosas, significa que reúno las condiciones básicas como para seguir estando del lado de afuera. Hay momentos, sin embargo, en que me veo visitado por ideas que no alcanzo a clasificar como obsesiones aunque he de reconocer que tienen un cierto aire de familia con ellas. Se parecen. Comparten algunos rasgos aunque creo que todavía les falta envergadura y sobre todo persistencia para ser encuadradas dentro de lo patológico. Además, hasta ahora he conseguido mantenerlas en su lugar, sin permitir que reemplacen lo que estoy pensando en el momento en que aparecen. Tal vez desde el punto de vista metodológico, lo dicho no alcanza para descartar que padezco de un trastorno obsesivo compulsivo, más aún en estos tiempos que corren en los que muy pocos aspectos humanos han conseguido quedar lo suficientemente lejos de la psiquiatría como para ponerse a salvo de las moléculas milagrosas que prometen desde estabilizar el ánimo (que pareciera es cuestión de membranas), hasta graduar el nivel de felicidad que uno es capaz de experimentar porque no vaya a ser que un exceso de gozo se confunda con una crisis de hipomanía y haya que aumentar la dosis. Es aconsejable la prudencia. Andar con pies de plomo, procurando mantener bajo perfil emocional y de conducta, para que nadie sospeche porque una vez que se ha corrido la voz, nadie escapa de la medicalización de la existencia o al menos, no se puede evitar ser acosado con mil y una recomendaciones muy efectivas para dejar de estar ‘así’ porque no está bien visto andar ‘así’ sin hacer nada para remediarlo. Se debe tener en cuenta que la definición de ‘así’ no está muy clara porque es en extremo observador-dependiente y cada uno interpretará los signos que percibe a su manera o por qué no, según su propia conveniencia. La cuestión es no dejarse llevar por el qué dirán, clásico antídoto para vivir un presente más o menos estable y lejos de las tentaciones farmacéuticas. Mantener estas cositas psíquicas en la clandestinidad no parece ser una mala opción ante tanta amenaza molecular que cunde en el ambiente y pretende curar incluso a los que no están enfermos.

Me fui y vuelvo. Una idea que no me deja en paz y le agradezco la insistencia en llegarse de tanto en tanto a revolver el avispero es la de los sistemas de medida en las profesiones. Sistemas de evaluación, de ponderación de competencias o como uno desee llamarlos. Saber que día a día la gente está expuesta a profesionales. Me produce una sensación muy complicada de explicar cada vez que pienso en esto. Ni bien evoco la imagen de una persona buscando respuestas por parte de un profesional, sea cual fuera, se me da por pensar cómo y en base a qué elementos se elige al encargado de dar esas respuestas. Mucho tiene que ver la recomendación de alguien en quien confiamos y en ese caso, la fe tiene un carácter transitivo. En otras ocasiones, la intuición toma el comando o es la necesidad en un momento de urgencia, sumada a la falta de una alternativa. Sea como fuere, no hay parámetros que garanticen una elección adecuada y menos aún que se obtenga la respuesta que se busca. Sucede con cualquier profesión, pero como se dice que hay que pintar la aldea para describir el mundo, voy a mirar mi profesión de médico en la ciudad donde vivo y en el ambiente donde trabajo que es la salud pública. Es cierto que podría hacerme un festín con abogados, de los cuales prefiero estar lo más lejos posible o regodearme con calamidades protagonizadas por ingenieros o arquitectos, binomio irreconciliable si los hay o centrar la mira en los contadores que tienen lo suyo y más en estos tiempos en los que tratar de pagar menos impuestos es la regla número uno del manual de supervivencia. Tal vez me divertiría, pero la idea que recurre en mí trata del sistema de medida de la profesión médica. ¿Cómo hacer para saber cuáles son los mejores? ¿Qué significa ser los mejores? ¿Quién está capacitado para medir competencias? ¿Vale en la medicina lo que pasa en la tele donde la mayoría de la gente mira programas que no son gran cosa?

¿Es que acaso somos todos iguales? Parecería que sí, en tanto partamos de una premisa que tiene algo de simplista y que hoy por hoy muestra el otro filo porque se me ocurre que la intención con la que se formuló originalmente era buena. Cuando a alguien se le ocurrió la genial idea de establecer que ‘A igual trabajo, igual remuneración’, pensó que con ese axioma procuraba en cierto modo la justicia, pero al parecer, se omitieron, con el curso de los tiempo, ciertas actualizaciones, sobre todo en la manera de medir un trabajo para determinar que es igual que otro. La cosa es muy simple. Dos trabajos son iguales sólo si se los mide desde el punto de vista de lo que se supone que se debe cumplir, del ‘deber hacer’ en especial referido al cuántas horas por día hay que estar haciéndolo, lo que equivale a decir ‘cuánto hacer’. Interesante modo de poner en un plano de igualdad una tarea. Tomando como parámetro la cantidad que se espera logre el trabajador. Dicho en buen romance. Si en el mismo puesto laboral, con el mismo régimen horario, la misma antigüedad, el mismo título y en el mismo lugar, Juan hace diez y Mario también hace diez, ¿Esa ‘cantidad’ (por llamarla de algún modo) hace que los dos tengan el mismo trabajo? En nuestra patria y en la salud pública (hablo por la de mi provincia), la respuesta es sí, de modo tal que los dos a fin de mes tendrán en su cajero automático un depósito igual. Sino exactamente, monedas más, monedas menos, no habrá diferencia que valga le pena mencionar. En este punto, el precepto se cumple al pie de la letra, pero debería tenerse en cuenta que cuando dos elementos se consideran iguales y no lo son, uno le debe algo al otro porque se queda con lo que no le corresponde y ese es el tema. La igualdad por decreto que pretende ser justa y lo único que logra es ir enrasando hacia abajo porque total: ‘A igual trabajo, igual remuneración’, como dice la Constitución Nacional (que suele usarse como papel higiénico en estos tiempos de irrespeto y prepotencia). Lo único que necesita un inepto para ganar el mismo sueldo que un competente es tener el mismo cargo y el ‘combo’ que lo acompaña (régimen horario, antigüedad y título, como para ir empezando). ¿Cómo trabaja? Es paradójico porque en un mundo de iguales jurídicos y laborales, los mejores parecen no tener lugar y serlo da la impresión que no vale la pena porque, como se dijo, en el cajero no se nota a fin de mes y ya somos demasiado grandecitos para andar por la vida haciéndonos los sacerdotes altruistas y desinteresados que están más allá de los bienes materiales y eso no significa que hayamos renunciado a la vocación y de algún modo abandonado el amor por la profesión. Nada de eso. Lo que pasa es que para conseguir lo que se necesita en el día a día, los lugares que lo proveen, sólo aceptan efectivo o tarjetas de crédito.

(continuará)

Medida

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