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Ya son más de las diez y se enfrió la cena. Seguro que se demoró por el tránsito aunque me parece un poco raro porque a esta hora no está tan pesado. Podría haber llamado por teléfono. Qué le costaba. Por lo menos un mensajito para avisar que iba a tardar más que de costumbre. No suele ser así si sabe que se va a demorar. Siempre tiene en cuenta esos detalles y no deja que me preocupe. Es de estar pendiente. Me conoce y sabe que me doy manija de cualquier cosa. Son más de veinte años juntos y la verdad es que no puedo quejarme. Ha sido bueno y sigue siendo bueno. Hicimos muchas cosas. Crecimos. Lo veo en nosotros mismos y en la forma en que nos seguimos mirando por la mañana. Pese al tiempo que ha pasado, juro que sigue la magia aunque cuando lo cuento, casi nadie lo crea y me miren de costado con suficiencia como si estuviera fantaseando. Siempre me dijeron que yo era una especialista en hacer castillos en el aire para vivir en ellos a mis anchas y que mi mundo no tenía nada que ver con el real, el que le da alojamiento al resto de la humanidad. Sí. Es así. No ve da vergüenza reconocer que soy de soñar despierta y no veo cuál es el problema. No le hago daño a nadie y mi psicólogo dice que es el modo que tengo de protegerme de las cosas que me lastiman. Si siento que algo me amenaza, me desconecto y me voy. Así se simple. Me escapo apenas me veo en peligro y no vuelvo hasta estar segura que pasó. A veces tardo más de la cuenta y él me dice que exagero, pero yo me conozco y sé que si me deprimo de nuevo no voy a salir tan rápido como las veces anteriores. Antes de deprimirme por primera vez, era diferente. Vivía haciendo el esfuerzo para que pareciera que estaba todo en orden y cuando me quedaba sola, pagaba el precio porque se me venía el mundo abajo y no había nadie cerca para que me ayudara a sacármelo de encima y me oprimía, no me dejaba respirar y me llenaba de miedo. Tantas  veces pasaba lo mismo que una noche, me acuerdo clarito que fue después de una fiesta sorpresa que hicimos para su cumpleaños, llegó la noche y me derrumbé, me caí en pedazos y estuve llorando hasta la madrugada con él despierto mirándome y sin saber qué hacer. No se animaba ni a tocarme. Yo no decía nada, lloraba y me acurrucaba contra un rincón de nuestro cuarto, entre la cómoda y el perchero, como un cachorrito asustado.

No  llegaron a internarme. Por poco. El pidió licencia en el trabajo y se quedó en casa conmigo las dos primeras semanas que dicen que son las más bravas cuando uno empieza a tomar medicamentos. Yo no quería porque me habían dicho que uno con el tiempo se vuelve como adicto, pero parece que no había otra opción y tuve que aceptar. El psiquiatra que me vio era amable y trató de explicarme lo mejor posible lo que pensaba que tenía y me dio confianza. Dentro de lo mal que me sentía, escuchar cómo entendía lo que me pasaba por dentro. Era como si él mismo sintiera lo que yo sentía. Cada uno de los síntomas. Yo los miraba a los dos. Al él y a mi marido que estaba deshecho, pobre, asustado como se asustan los hombres cuando no tienen la menor idea de lo que hay que hacer. Se hacen los duros pero son tan frágiles cuando aparecen los problemas grandes. En realidad los maridos buenos son así porque el doctor que también era hombre, se portaba muy diferente y era como que estaba a cargo de la situación y no dejaba dudas al respecto. Eso me hacía sentir segura y mejor que mi marido escuchara todo porque en una de ésas no me creía cuando yo le contaba lo que sentía. Nunca me dio motivos para pensar que dudaba de mí, pero por si acaso, era mejor que estuviera cuando el psiquiatra me explicaba. Yo lo había pedido y él se sorprendió un poco porque me sabe más bien reservada con mis cosas íntimas, pero en este caso necesitaba que esté porque tenía toda la impresión de que las cosas que por las que estaba pasando eran demasiadas para mí. A veces, me daba miedo sólo pensar que tenía que empezar el día y que me esperaba tanto tiempo de incertidumbre. No le decía nada. Lo despedía como de costumbre cuando se iba a trabajar y me quedaba sola mirándome las manos un rato largo hasta que dejaban de temblar, más o menos a la hora que llegaba Leonor, la señora que me ayudaba en casa. Sabía que hasta las cuatro y media, cinco de la tarde, estaba más o menos a salvo. El problema era entre esa hora y las ocho que llegaba él. No quería preocuparlo y por eso no le decía nada cuando me llamaba para decirme que estaba retrasado. Todo está bien, no te preocupes, lo tranquilizaba, a la vez que le pedía que de vuelta del trabajo manejara despacio.

Ya no soy joven. Tengo casi treinta y cinco. A  veces, como hoy que se está tardando demasiado y no tengo modo de comunicarme con él, se me da por pensar cosas que no quiero ni imaginar. No es que me dé motivos para hacerme ideas raras. Nada de eso. Es un santo. Jamás tuve el menor motivo para sospechar, pero mis amigas me dicen que no puede ser tan perfecto y que todos son iguales porque nos hacen creer que son una maravilla, pero esconden las garras y a la primera de cambio, ni bien nos descuidamos, se mandan alguna. Yo no lo veo así. El no es como los demás. Yo lo sé y con eso es suficiente aunque sean ya las once menos cuarto y no aparezca. Encendí la tele y en el noticiero no dicen nada del tránsito. No parece haber pasado nada raro, pero él no llega y a esta hora siempre está en casa. Hoy no. Tengo un mal presentimiento. No sé cómo explicarlo. Es una sensación fea que me aprieta aquí en el centro del pecho y no me deja respirar bien. Mi psicólogo, cuando le pregunté qué era esa cosa tan desagradable que me ahogaba, me dijo que era angustia, me acuerdo, me explicó que era tener miedo de que pase algo malo y no saber qué es y que ese miedo se quedaba como escondido hasta que por alguna cosa aparecía. Me di cuenta que me explicaba como a chicos. Me trataba muchas veces como si yo tuviera doce años y más desde que había hablado con mi marido esa vez que lo citó para pedirle que me llevara al psiquiatra porque me decía que era posible que necesitara medicación. En esa época, andaba raro, me huía y evitaba hablar conmigo de algunas cosas. Me decía que por el momento era mejor no tocar ciertos temas porque pensaba que me podía hacer daño. Yo le creía. El tenía más experiencia y por eso no me molestaba quedarme callada y tener un poco de paciencia. El me iba a avisar cuando llegara el momento de hablar. Me acuerdo él me acariciaba la cabeza muy suavecito hasta que me quedaba dormida. A veces tenía pesadillas y cuando me despertaba mojada de transpiración y muerta de miedo, él estaba ahí, me abrazaba y así me calmaba.

Tengo miedo. Tengo la sensación de que le pasó algo malo. Lo llamo al celular y me pasa a contestador. En la oficina no atiende nadie y ya son cerca de las doce de la noche. No sé qué hacer. El no me ha enseñado a estar sola tan tarde. No me dijo nunca cómo se hace para soportar esta cosa que tengo en el pecho. Siento que voy a estallar en pedazos. Estoy segura que me voy a desintegrar si no llega. No van a encontrar rastros míos en ninguna parte porque me voy a desvanecer, igual que si me evaporara. Estoy aquí, en su escritorio mirando las fotos que tiene en la biblioteca. En algunas lo reconozco y en otras no tanto. Es como si me pareciera un extraño. La cara me sigue siendo familiar, pero no logro asociarla a él. No me pasa con todas las fotos. Sólo hoy, con esa en la que está con sus amigos de siempre el día de su graduación. Yo no lo conocía entonces. Ha de ser por eso que no me puedo convencer de que sea él aunque dentro mío me doy cuenta que eso está mal. Entonces dejo de ver esas fotos y miro otras hasta que lo encuentro de nuevo y ahí me siento segura, pero en este momento no es suficiente porque no llega y ya es muy tarde. Su celular sigue pasándome a contestador y en la calle ya casi no hay ruidos. El barrio es tranquilo a esta hora. Son casi las tres de la mañana y me vienen ganas de gritar, pero he aprendido a controlarme. Estoy segura en casa. No puede pasarme nada. Hay alarma. La gente de la seguridad patrulla las calles toda la noche y desde que vivimos aquí nunca ha pasado nada. Yo al principio estaba un poco temerosa de alejarme tanto de la ciudad, pero no me arrepiento porque estamos tranquilos. No como en el centro que es una locura.

El había llamado a emergencias a las cinco de la mañana. Se había sobresaltado con un ruido extraño en la cocina. Bajó y la encontró. Acurrucada contra un rincón al lado de la heladera. El forense no encontró ninguna herida ni rastros de golpes. Dijo que llevaba muerta no más de un par de horas. Parece un ataque al corazón, lo oyeron decir mientras se iba. Raro, murmuró. Tan joven.

'Insomnio' Pintura de Romina Hoffman, imagen tomada de su blog www.rominahoffman.blogspot.com.ar

‘Insomnio’ Pintura de Romina Hoffman, imagen tomada de su blog http://www.rominahoffman.blogspot.com.ar 

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