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Empezaba el milenio. En lo personal pensaba que ese hecho debía significar algo. Debo reconocer que como era el primer inicio de milenio que me tocaba vivir, carecía de experiencia al respecto y no hay asesores serios disponibles que manejen el tema (conozco muy pocos asesores serios, por otra parte), de modo que todo era nuevo para mí en ese sentido. Así las cosas, me declaraba incapaz de establecer con cierto grado de autoridad que este tipo de transiciones temporales iba más allá del mero cambio de número, de tal suerte que opté por adherir a la sensación global de que era inminente una serie de sucesos importantes en todo el mundo. Julio Verne, Ray Bradbury, Athur Clarke, Gene Roddenberry, George Lucas, Isaac Asimov y muchos otros aventuraron un año 2000 con autos voladores, planetas conquistados, enfermedades erradicadas, guerras con armas de rayos, gente vestida con trajes metalizados y alienígenas caminando en las calles de las ciudades terrestres en amable convivencia con la población nativa, aunque la serie ‘Los Invasores’ de los ’60 planteaba ya en ese tiempo ciertos roces y una virtual ausencia de armonía entre visitantes del especio exterior y anfitriones, cosa que también, unos años después, dio a entender ‘V Invasión Extraterrestre’. Ahora bien. Seamos objetivos. Si se toma en cuenta el modo en que se encaró la conquista de América, el trato que los Turcos le dieron a los armenios, las guerras mundiales y no tan mundiales y la existencia de un odio extendido hacia congéneres de otro color o creencia que no necesita mucho para estallar, caben ciertas dudas acerca de una relación amistosa con seres de allende la galaxia. Los antecedentes disponibles hacían que fuera complicado sostener esta idea como profecía y no resultaba para nada sorprendente la cantidad de escépticos cuando surgía el tema de los extraterrestres y sus posibilidades de integración.

La enorme mayoría de las cosas que imaginaron los escritores y directores de cine de ciencia ficción no se cumplieron, dado que los autos siguen andando sobre la tierra y llenando el ambiente de monóxido de carbono como en los albores del siglo XX, los viajes interplanetarios no son una rutina, salvo en la mente afiebrada de Carlitos Menem que vaya uno a saber si tenía idea de lo que significaba estratósfera. Mal uno puede planear un fin de semana largo ‘all-inclusive’ en Júpiter o una escapadita a Venus si es poco menos que imposible conseguir un taxi un día de lluvia o un colectivo, tren o subte a horario para ir o volver del trabajo. La comida no se vende en supermercados automáticos, envasada como pasta de dientes y no hay robots a cargo de las tareas domésticas (‘total, la que limpia soy yo’) ni computadores ultrapoderosas a las que sólo les falta leer la mente para complacer los deseos de su amo, al igual que los genios de lámpara que ocupan páginas y páginas de las mil y una noches.

Ni que hablar de enfermedades erradicadas y de un mundo longevo y rebosante de salud porque si bien en algunos casos, la medicina le hace creer al mundo que ha avanzado, a poco de ahondar en esos progresos, nos damos cuenta que la letra chica muestra otra cosa, de donde es difícil de negar que estamos creando enfermedades nuevas, muchas de ellas relacionadas con el ansia de tratar otras y que la intervención del equipo de salud para mejorar la calidad de vida de sus semejantes es a lo sumo módica. Más aún, nos damos cuenta que la mayor cantidad de vidas salvadas corresponden a herramientas preventivas y terapéuticas de alta sofisticación tecnológica. Me imagino que la amable concurrencia estará pensando que hablo de anticuerpos monoclonales, medicamentos que estabilizan el ánimo, complejos vitamínicos que abren la puerta a la vida eterna o compuestos para adelgazar tan efectivos que ni se nota lo que hacen. No. nada de eso. Se sabe que lavarse las manos, vacunarse, hacer actividad física, comer sano (en algunos países uno debería conformarse con comer), trabajar en lo que a uno le gusta en un ambiente amigable y protegerse de los riesgos salvan muchas más vidas que todos los medicamentos puestos en fila de a uno.

Vuelvo de este tour por la asociación libre de ideas (más o menos era eso). A poco más de un año de su estreno, daba la impresión de que pasaban cosas diferentes en mi ciudad. En realidad, a la hora de ser justo y viéndolo en perspectiva, pasaba algo lo suficientemente distinto como para perturbar el equilibrio chato de un escenario harto conocido dentro de una sociedad de comportamiento previsible y donde en general, nunca pasa nada. Somos una provincia pequeña y periférica. En nuestro país, las relaciones con los gobernantes mantienen una estructura feudal con siglos de antigüedad que la democracia joven no ha conseguido atenuar todavía.  La transacción es de una simpleza brutal. Los candidatos prometen, la gente les cree y los vota. Asumen y de inmediato empiezan a incumplir sin perder un segundo. Los votantes se sienten defraudados y hasta da la sensación de que se enojan (a veces hasta se enfurecen en serio) y protestan con distinto grado de agresividad, hasta que las aguas se calman, más por el paso del tiempo que por medidas activas para solucionar los problemas. Viene un período de llamativo silencio y calma chicha,  donde se aprovecha la volada para hacer inauguraciones y anuncios que tampoco es vital concretar y así, de ciclo en ciclo, se llega al momento de las nuevas elecciones y contra todos los pronósticos, ganan los mismos que prometieron, defraudaron por incumplimiento y encima se quedaron con más de un vuelto ante los ojos de un azorado pueblo que mira pasar el desfile de impresentables como si fuera un espectáculo digno de verse y para el que sin darse cuenta, todos los meses paga la entrada.

En ese 2001 pasaba que un nuevo hospital abría los ojos. Se anunciaba (con demasiado bombo y platillo para mi gusto, lo dije desde siempre), como el mejor, como el buque insignia de la futura flota que cambiaría el paradigma de la salud pública de Salta. Era un lugar donde ir a trabajar daba placer y donde, al menos al principio, se deban explicaciones conforme al precepto de que uno ha de hacerse cargo de lo que genera y de lo que deja de generar. Cosas no menores como médicos respetando protocolos y cumpliendo horarios. Conductas llamativas en cuanto al uso racional del recurso y al respeto por la calidad. Cambios en el modo de asistir a la gente, poniendo al paciente en el centro de la escena con  medidas concretas, entre las cuales se destacaban puntualidad en la atención, respeto en el trato y limpieza en el edificio. Había gente que se ocupaba de vigilar de cerca las infecciones hospitalarias, de controlar las desviaciones en el empleo de medicamentos o de estudios complementarios. Otros equipos analizaban la historia clínica o se ocupaban de los aspectos bioéticos de la atención. Era un hospital que se inició como dando la razón a los que decían que el cambio de milenio traería cosas importantes, cambios profundos y un nuevo viento de esperanza para quienes estaban sumergidos en una ciénaga de pesimismo y creían que ya nada bueno era posible en la salud pública. Ahí estaba. Desperezándose mientras calentaba motores para estar listo y mostrar lo mejor, insinuando a la gente hasta dónde podía llegar. Daba la sensación de que una vez que arrancara, nada ni nadie podrían detener su marcha y el ejemplo de ese modo de prestar salud cundiría y sería imitado aquí y allá, hasta ser moneda corriente y paso previo para subir otro escalón más hacia la excelencia. El Hospital del siglo XXI. No habíamos desaprovechado la oportunidad y habíamos iniciado el camino junto con el mileno, lo cual no podía ser otra cosa que un buen augurio.

No voy a estar vivo para verlo, pero tengo la esperanza que cuando empiece cuarto milenio haya podido crearse la conciencia de que el ser humano es algo más que un destructor de cada cosa buena que es capaz de producir. Ochocientos ochenta y siete años pasan volando y deseo que ese tiempo no transcurra en vano. No sería bueno ver otra vez cómo se cae a pedazos algo que nació para mejorarla vida de la gente que más lo necesita. Ver cómo se destruye y no poder hacer nada porque no hay nada que hacer. Duele y duele sobre todo porque de nuevo se ha jugado con la esperanza y la fe de los que menos tienen. Por una vez se había logrado incluir a los postergados de siempre y se les hizo sentir que eran personas. Por una vez ser pobre no habilitaba para sentirse humillado ni despreciado. Duele. Da pena y mucha más pena da ver en qué nos hemos convertido. En mediocres incompetentes para sostener y hacer crecer lo que nos debería llenar de orgullo, en estúpidos capaces de cometer varias veces el mismo error y en definitiva, en pobres marionetas movidas por miserables más miserables que nosotros que especulan con nuestra pasividad porque saben que no nos queda fuerza para tomar las tijeras y cortar los piolines. Ya nos convencieron que no vale la pena o están a punto de hacerlo. Es sólo cuestión de tiempo.

Al ‘Nuevo Hospital El Milagro’ de Salta. A lo que pudo ser, pero no fue. Por el tiempo en el que fue una esperanza de cambio, hasta que el egoísmo de una clase dirigente indigna cerró las puertas del futuro. Ellos arrojaron la llave demasiado lejos como para que sea posible encontrarla.

Nostalgia

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