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Estoy inquieto. Tal vez inquietud no sea la palabra que mejor define mi estado, pero es la que tengo más a mano y por lo pronto me voy a conformar con ella. Es una sensación como de piso móvil, de sismo inminente, sin que se pueda predecir el grado de intensidad que va a alcanzar en la escala de Richter. Hoy es el primer día de clase y eso debería explicar todo. La ansiedad se renueva y vuelven, recargados, los nervios que creíamos archivados después de tanto tiempo de calma chicha. Compañeros, materias y profesores nuevos. Todo un camino de conocimiento que se abre generoso delante nuestro para que lo transitemos hasta el final del mejor modo posible. Es razonable, entonces que se amontonen en el balcón de la conciencia todas las expectativas que despierta un ciclo académico cuando comienza. Es la oportunidad para nuevas promesas que uno se hace aunque sabe que va a ser poco menos que imposible cumplirlas, pero es casi una obligación imponerse objetivos y metas cuando los cuadernos están en blanco, cuando aún no se dijo la primera palabra en la clase inicial y hay tela y tiempo como para hacerse la ilusión de que uno cambió, de tal suerte que se ha vuelto más responsable, más organizado, más constante y menos disperso que de costumbre, base suficiente como para sustentar una serie de proposiciones que nos sirven como el aliento de la hinchada cuando el equipo la está pasando fatal y no puede revertir la situación sólo en base a su juego. Todos sabemos dónde estamos flojos y en la mayoría de los casos es ahí donde anclamos los objetivos más pesados y ahí también es donde se quedan adheridas las frustraciones más duraderas. Todo esto pasa antes del primer día de clase y lo único que realmente cambia en relación con nuestros lejanos días de la escuela primaria, es que ahora nosotros compremos nuestros útiles, no vamos de la mano de papá y mamá, nadie nos prepara ‘la valija’ (ahora es mochila) y la merienda de ha transformado en ‘coffee break’. Lo demás es más o menos igual. Una buena ducha antes. Un rico desayuno. Elegir ropa adecuada y llegar al lugar más temprano por ser el primer día, caminando entre inseguro y desorientado, como navegante sin brújula (ahora se llama GPS), buscando con afán caras de referencia que se destaquen en ese mar de gente y nos hagan sentir un poco más en casa o al menos no tan lejos de ella.

Este viernes empecé con más de cien compañeros un post-grado en Enseñanza Superior. Llegué repleto de ilusiones y consciente de que cometía el error de siempre de pensar que ahora iba a ser distinto, en el sentido de que se trataba de una actividad con aval de la Universidad Nacional de Tucumán que otorga (si uno se lo gana) el título final de ‘Magister’ luego de dos años de trabajo. Sentía la necesidad de creer que alguna vez en la vida me iba a sentir en medio de un post-grado y para ello, me hice el firme propósito de no buscar la mosca en la sopa, tratando en la medida de mis posibilidades de ver el vaso medio lleno, contradiciendo mi tolerancia cero a ciertas cosas que se ha venido exacerbando con el tiempo. En el intento de mantenerme fuera de la crítica despiadada y del nivel de exigencia inadecuado a nuestra realidad, no opté por una metamorfosis express con viraje hacia el budismo zen sino que apelé a la vieja táctica de esperar que el adversario (por así decirlo) mostrara su juego y ahí, recién en ese momento, mover yo mis piezas. Este modo de encarar las los desafíos nuevos lo aprendí hace muy poco tiempo y un poco a los golpes, después de haberme comido más de un amague y de haber quedado sólo, en el centro de la cancha, vestido de amarillo mientras todo el mundo lucía un vistoso tono verde y me miraba no sin un dejo burlón.

Una hora después de lo anunciado, como si se tratara de un recital de Rock, dos docentes de la Universidad Nacional de Tucumán que nos habían anticipado su estilo y sex-appeal en una reunión informativa algunos meses atrás, comenzaron con la ardua tarea de desperdigar conocimiento. Cosa complicada si se tiene en cuenta que estábamos en un salón anodino, sentados en sillas inadecuadas, a oscuras sobre todo porque la presentación en Power-Point® no tenía contraste. Para ser más claro. Letras grises sobre fondo tiza en slides llenos de texto que la docente leía con una voz monocorde, más apta para la recitación de una letanía de Viernes Santo que para una clase en la que se debe seducir al auditorio, capturar su atención, provocar el deseo de participar y despertar a los asistentes del letargo, no sólo en el sentido figurado porque a esa hora de la mañana la somnolencia puede ser epidémica, más aún con las luces apagadas que en este caso funcionan como un factor de tentación muy difícil de manejar.

En este punto, es bueno recordar que no es lo mismo asistir que participar porque en el primer caso, el parámetro de medida puede ser horas nalga/asiento (siempre y cuando el control funcione y la fuga no sea sencilla), mientras que en el segundo se trata de establecer las diferencias con aportes, intervenciones y eventual generación de debate y por qué no de espacios de reflexión. Nada de esto último se hacía posible en este ámbito sombrío que oficiaba de camouflage indiscriminado y favorecía el paso a la clandestinidad (y en ciertos casos la huída) en el contexto de un grupo grande y heterogéneo de gente que está allí por variados intereses que van desde la obtención de un certificado hasta el enriquecimiento profesional. Oscuridad y discurso en voz monocorde que se refería a innovaciones, futuro, objetivos, metas, misión, visión, valores, indicadores, inserción de la Universidad en la sociedad y aprendizaje significativo. Sonaba como una canción con música de Bach y letra de Belén Francese. No es que me limite a hacer un juicio de valor o calidad del contenido solamente, sino del modo en el que era expuesto que en un momento dio la impresión hasta de displicente. Para leer slides a los que por otra parte les rebalsaba el texto, me hubiera quedado en casa, pensé y esta intrusión de ideas provocó que se encendiera una luz amarilla en cuanto a la coherencia entre la magnitud de la zanahoria y el precio a pagar por alcanzarla, habida cuenta que la zanahoria es la posibilidad de ser docente en un futuro más o menos próximo al abrirse el ciclo clínico de la Facultad de Medicina en Salta y el precio, además de una cuota mensual no despreciable en monto, es tolerar que una vez más aparecieran en el horizonte las manifestaciones clínicas de un nuevo intento de post-grado que nace con malformaciones congénitas que no siempre se pueden corregir sin secuelas graves. Es complicado cuando no hay criterios de inclusión para acceder a una maestría y resultan cohortes tan heterogéneas que atentan contra el nivel porque se supone que para una instancia de educación cuaternaria, se debería contar con un bagaje de conocimientos mínimo porque de otro modo, se tendría que regresar con demasiada frecuencia a lo básico.

Mi estado de ánimo en ese momento hacía juego con la penumbra del salón. Sombras de duda. Pronóstico de mal tiempo y una sensación conocida. Una especie de ‘deja vu’ que me hizo volver una vez más a plantearme qué es lo que realmente importa de un post-grado. Si que acaso y por ventura habrían cambiado las circunstancias que tantas veces hicieron que una actividad académica terminara siendo una desilusión. Tantas veces hemos estado decididos a poner desde el primer día lo mejor de nosotros para llegar a buen puerto en una propuesta de capacitación para que al final se quede a medio camino y deje un gusto amargo, acompañado del firme propósito de no caer nunca más en ese tipo de trampas, pero pasado un tiempo prudencial, vuelve a aparecer una zanahoria y ahí vamos de nuevo, con esa amnesia conveniente y selectiva que hace posible que tropecemos de nuevo porque no somos capaces de reconocer la piedra. ¿Qué importa en un post-grado? El contenido de la propuesta y su marco teórico sustentado con bibliografía del nivel que la instancia requiere, la solvencia y solidez del equipo docente para elegir los mejores recursos en cada una de las circunstancias de formación, así como su velocidad de reflejos y su capacidad creativa para modificar estrategias si la realidad aconseja hacerlo, el soporte tecnológico acorde al tiempo que vivimos y la modalidad de evaluación que debe ser clara en sus reglas, evitando la excesiva rigidez, así como una flexibilidad que supere el límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud. Importa el nivel de exigencia y la claridad de las consignas que se establecen para los trabajos individuales y en equipo (no los sigamos llamando grupales), el cumplimiento de lo programado y la fluidez de los canales de comunicación entre los distintos actores, canales que deberían oficiar como continentes no sólo técnicos sino también humanos porque un postgrado tiene como misión básica refinar aún más la formación de profesionales que van a decidir sobre situaciones humanas que inciden en personas. En definitiva, lo que importa en un postgrado es la coherencia entre la magnitud de la zanahoria y el precio a pagar por conseguirla.

Esto no empezó bien. No se cumplieron las pautas del encuentro y se adujeron razones poco menos que infantiles (un acto y un almuerzo protocolar que interfería con la agenda), se usó un método pedagógico que a Pedro Picapiedras le hubiera parecido antiguo (y aburrido). Se le faltó el respeto al concepto ‘aprendizaje significativo porque a lo largo del encuentro se puso proa justo para el lado opuesto. Se pretendió hacernos creer que por usarse una presentación con base Office®, la tecnología estaba presente, cuando un retroproyector y filminas transparentes hubieran producido en el auditorio un efecto similar aunque tal vez en los más veteranos, un dejo de nostalgia habría dado el toque pintoresco que el momento pedía a gritos, como para desacartonar y sacarle tanto almidón a la clase. Se interrumpió la primera parte de la actividad con un corte que duró tres veces lo pactado y la segunda sesión con un acto de inauguración en la que no se ahorró una sola obviedad y no se dejó de visitar ninguno de los lugares comunes que se suelen frecuentar en estas ocasiones y ni siquiera después de este patético acto que incluía hasta un sindicalista de ATE con look Ubaldini petiso mirando con cara de Rottwailer devaluado a la concurrencia, quedó clara la consigna y muchos no sabíamos si había que volver por la tarde. Que nadie haya hablado de las fuentes para consultar bibliografía, de los canales de comunicación con el cuerpo docente, del programa del próximo encuentro, de las pautas de evaluación de los trabajos individuales, son síntomas menores dentro de un contexto de pobreza que no me sorprende. Me quedan dos opciones. Elaboro el duelo por los quinientos pesos que gatillé como un lord inglés y no voy más o hago la de Bugs Bunny y pienso en la zanahoria.

¿Qué hay de nuevo, Doc?

¿Qué hay de nuevo, Doc?

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