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Macarena tiene 10 años y estoy orgulloso de eso porque creo que es una de las pocas vidas que realmente salvé siendo médico

– Usted me está diciendo esto porque es católico. Estoy segura. Yo los conozco bien. Fui a un colegio religioso toda la primaria y sé lo que creen los católicos. Piensan que somos asesinas y que no tenemos alma porque estamos matando a un hijo. ¿Es o no es así, doctor? Vamos. No se haga el que no sabe porque se nota que usted es de ir a misa los domingos. Es fácil en un sermón decirnos lo que tenemos que hacer porque de última, después se sacan la sotana y que nos arreglemos lo mejor que podamos.

En todos los años que llevo de médico, aprendí unas cuantas cosas que me han resultado de mucha utilidad a la hora de ponerle el pecho a las balas porque en la intimidad de un consultorio o en ese ambiente casi místico de un quirófano, los sentimientos y las expresiones humanas a veces alcanzan límites que no se ven en otros sitios. Aprendí por ejemplo que sólo el dolor, la bronca o la impotencia son capaces de arrancar chorros de palabras que se encadenan más rápido que el pensamiento y son capaces de lastimar al que ose acercarse, mezclando resentimientos y odios viejos con heridas nuevas. Aprendí que lo mejor es dejar que la ráfaga se agote para recién tratar de entrarle a ese que está sufriendo más allá de sus propios límites y no tiene otro modo de aguantar ese dolor inhumano. Es importante saber que uno no es el blanco y ni siquiera es tan importante como para acaparar ese odio reciente que se dispara ante noticias que son cualquier cosa menos bienvenidas. Ella estaba así, como un animal herido, acorralada en un rincón de la jaula y desde allí  se defendía tirando manotazos al aire mientras se apagaba despacio. Tendría a lo sumo veinte años y había llegado a la guardia sola, con cara de miedo y mirando hacia los costados como si se hubiera dado cuenta que algo o alguien la perseguía. La llamé por el apellido y cuando entró en el consultorio, me pareció que no pesaba y que se deslizaba por algún medio desconocido a pocos centímetros del piso. No sé. Es la sensación que tuve cuando la vi atravesar el vano de la puerta, más al mirar cómo se acercaba a la camilla y mucho más cuando se sentó, apoyó sus pies en la escalinata y se quedó quieta, sin decir palabra. Esperando.

– Buen día, señorita … Valeria Ortiz. Ese es su nombre ¿Verdad?

Hasta el día de hoy no entiendo por qué hice esa pregunta tan obvia y de inmediato me sentí un completo estúpido y hasta tengo la idea de que un vientito adolescente me sopló por el costado y se me encendió  de rubor la cara. Ella no era ni impactante y ni siquiera la hallaba atractiva. La podría definir como una chica joven común y corriente, de las que se ven cientos por las calles de la ciudad un día cualquiera, pero algo que no pude definir en ese momento y aún hoy está pendiente, hacía que ejerciera una extraña clase de poder sobre mí. Yo no podía evitarlo. Parecía tener capacidad para lograr que se jugara según sus reglas.

– Estoy de dos meses y vengo a que me lo saquen.

Lo dijo con tanta naturalidad que no sonó brutal. Ella ni siquiera cambió la expresión de su cara y por primera vez me dejó ver que iba en serio. Los ojos helados, sin rastro alguno de emoción, como si estuviera hablando de algo que le pasaba a otra persona y que no le importaba en lo más mínimo. Estaba segura de lo que venía a buscar y no parecía dispuesta a negociar la respuesta.

– Perdón. Creo que se confunde, señorita. Este es un Hospital y aquí ese tipo de prácticas no se hace

Ni yo me lo creí. Su sonrisa ladeada y el gesto de tolerancia que me hizo con los ojos me dieron la certeza de que ella tampoco lo había creído. Lo dije con tan poca convicción que parecía un guía de turismo explicando a un contingente de japoneses por enésima vez lo maravillosa que es la Garganta del Diablo camino a Cafayate. Se me ocurrió pensar en un legislador defendiendo la honorabilidad de la cámara en una conferencia de prensa o en Al Capone promoviendo el pago puntual de los impuestos. Mito urbano o realidad, la cosa es que la gente piensa que en un hospital sí se hacen ese tipo de prácticas y que se hicieron siempre. Ella adhería a esa idea y con mi comentario entre pacato y defensivo, lo único que hice fue empezar el partido perdiendo por goleada. Todo el mundo sabe que estoy en contra de interrumpir un embarazo, pero no soy juez ni Dios y es a ellos en todo caso a quienes les corresponde emitir sentencia. Yo lo único que digo es que la pena de muerte, sea quien sea el condenado, no sirve para solucionar nada y para colmo, la decisión es irreversible y no admite retorno. No me gustaría estar en la piel del que toma la opción y en un momento, pasada la tormenta, se da cuenta que había otro modo de hacer las cosas. Decidí cambiar la estrategia, sin decirle que yo era clínico y no era conmigo con quien debía hablar del tema

– Tenés miedo

No suelo tutear a los pacientes, pero me pareció que en este caso había que acortar distancias. Nadie va solo a una guardia a pedir semejante cosa si no está efectivamente solo.

– ¿Cómo dice?

– Me escuchaste perfectamente, Valeria. Estás muerta de miedo. Querés sacarte el bebé porque no sabés qué hacer porque además no tenés a nadie que te de una mano. Estás sola

– ¿Cómo sabe usted tanto de mí? ¿Es psicólogo acaso?

– Es mucho más sencillo que eso. Llegaste sola. Te vi entrar. No pusiste a nadie para que se le avise en caso de emergencia y hasta me juego que mentiste del domicilio. Te digo más. No trabajás de vendedora. Estudiás en la Universidad ¿Me equivoco?

– ¿Y qué hay si no se equivoca? ¿Qué tiene que ver todo eso con lo que me está pasando? ¿Se puede saber qué tiene que ver?

– Mucho. Tiene mucho que ver porque todo esto es la primera vez que te pasa y no te lo esperabas. Creés que no podés confiar en nadie porque te van a juzgar como me dijiste de entrada. Te aclaro que hace más de veinticinco años que no voy a misa. Fui católico alguna vez, pero gracias a Dios se me pasó y no sé qué es lo que piensan los católicos. En lo que a mí respecta. No te veo como una asesina ni mucho menos y alma. La pucha que tenés alma, se te rebalsa el alma por los cuatro costados y por eso estás como estás porque sabés que mañana no habrá pasado todo. Mañana, para vos por lo menos, va a empezar un infierno del que no creo que vayas a poder salir.

– ¿Un infierno? ¿Qué me quiere decir con eso?

– Que desde mañana, cada vez que veas un niño, algo te va a doler adentro, bien profundo. Tanto que no vas a poder siquiera localizar el punto. Te vas a hundir la mano en la panza buscando eso que te lastima, pero no lo vas a encontrar. Desde mañana te va a costar alzar en brazos a un bebito. Vas a sentir que te rechaza. Creeme. Sé lo que te digo porque se nota que va a ser así. No hay modo de equivocarse con vos, hija. Hasta que viste las dos rayitas en el evatest no eras capaz de hacerle daño a nadie y no se puede pasar de ese extremo a ser capaz de permitir que se mate para solucionar un problema. Yo sé que te das cuenta que esa alternativa no sólo no te va a solucionar las cosas, sino te las va a hacer más difíciles y escuchame bien lo que te digo. Estás por tomar un camino que no tiene vuelta. Respirá hondo. Imaginate lo peor que puede pasar si dejás que el embarazo siga y nunca, creeme, nunca va a ser tan malo como si lo interrumpís porque de una manera u otra, vas a vivir el resto de tu vida pensando qué hubiera pasado si apostaba diferente.

– Pero es que él no quiere saber nada con que yo lo tenga

– Pues lo tendrás sin él. Por lo menos sabés a qué atenerte. No como tantas que pensaron que él si quería y después se dieron cuenta, demasiado tarde, lo equivocadas que estaban. Ahora decime. Pero sé absolutamente honesta. ¿Estás segura de lo que querés hacer? Dos respuestas posibles ¿Sí o no?

Me miró con los ojos húmedos y todas las ganas del mundo de que yo me hiciera cargo de esa angustia que se la estaba llevando. No necesitó pedirlo. La dejé llorar sin decir una palabra y esperé no puedo precisar cuánto tiempo, hasta que al fin se calmó. Estaba sentada en la camilla, con los pies apoyados en el escalón más alto de la escalinata, las manos tapándole la cara y sólo de tanto en tanto le daba como un temblor pequeño que ni llegaba a ser sollozo y después seguía respirando tranquila. Se fue y antes de salir me dio un beso y me abrazó. No tengo hijas, pero en ese momento la sentí casi como si lo fuera y la verdad es que no se notó la diferencia. Hace un par de días, después de esa vez la volví a ver en el centro con su hijita. Iban las dos caminando y daba la impresión que para ellas, el mundo era una alfombra. Me miró y supo. Yo ya sabía y sentí una humedad sospechosa en los ojos mientras me hacía señas con la mano para que las esperara y empezaban a caminar las dos hacia donde yo estaba.

Madre II

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