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Trato, pero no puedo. Se supone que a esta altura de mi vida debería dejar de lado las explosiones pasionales y priorizar la reflexión. Enfriar las emociones como una estrategia de atenuación es lo que se esperaría de alguien que ya ha pasado el medio siglo de vida. Es fácil decirlo cuando se mira lo que pasa desde una butaca en la platea o saltando con la hinchada en la tribuna porque de última, el partido juegan los que corren por toda la cancha y no los que creen que se las saben todas y reparten indicaciones en base al derecho que les da haber pagado una entrada, lo que certifica que al menos en nuestro país, directores técnicos somos todos o casi todos, pero jugadores, lo que se dice jugadores, hay sólo unos pocos. No importa demasiado de todos modos porque las cosas se han ido desnaturalizando a tal velocidad que cuesta mucho saber quién es realmente quién en esta jungla en la que ni siquiera se tiene en claro quiénes son los animales y quiénes los guardabosques porque se supone que los primeros han de obedecer a una series de instintos que marcan su conducta, mientas que los segundos se guían por pautas de comportamiento que tienen que ver con su cultura, su formación y su capacidad de raciocinio. El problema es que a llega un momento en que todo se confunde y hasta se pierde la capacidad de definir las pertenencias de grupo porque cada vez hay más humanos que toman para sí lo más básico de los animales, pero no se han visto animales tentados a humanizarse, lo que no es un dato menor y hasta puede ser interpretado como un signo de estos tiempos en los que sobra las herramientas para saber, pero en apariencia al menos, faltan los operarios con la destreza suficiente como para manejarlas.

De verdad lamento ser demasiado evidente y que el título se referencie tan temprano en este texto porque le quita un poco de misterio a la cosa, pero es la sensación que me invade cada vez con más frecuencia, de un tiempo a esta parte y no me importa que salga a la luz ahora a poco más de un párrafo del comienzo. Estoy curado, sí, de la estupidez, del cómodo pudor de creer que lo que valgo no se paga con dinero de curso legal que me permitiría vivir con menos estrecheces. Se me pasó la convicción de que soy un sacerdote, al menos en el sentido de la pureza de algunos valores y lo entendí aunque he de reconocer que un poco tarde y no lo soy sobre todo porque no tengo una religión que me cobije, disto de practicar la tolerancia y la compasión indiscriminada hacia mi prójimo (soy despiadado con algunos de ellos) y si hay algo que me he jurado no hacer es poner la otra mejilla. Ni sacerdote, ni santo, ni abnegado servidor de la gente, a su disposición para lo que se necesite, más cercano del bombero voluntario de un pueblito del interior que de un profesional con años de formación (la mayor parte autogestionada) y que se ha tenido que abrir camino a fuerza de ensayo y error, con la certeza de que al menos de algunos de los errores no se regresa sin una que otra herida en el orgullo, en la dignidad, en la autoestima y en definitiva, en el alma.

No santo ni mucho menos libre de pecados porque todo ser humano que toma la decisión activa de hacer el bien, corre el riesgo inevitable de producir daño con alguno de sus actos. Vale decir que lo que cura a unos, es capaz de lastimar a otros y es muy complicado ponerse en el lugar de todos cada vez que se elige una opción que se ha evaluado como la más razonable. Es prácticamente imposible andar por la vida con una balanza a cuestas para tener la posibilidad de poner en cada uno de los platillos el peso que corresponde porque esa actitud anularía cualquier intento de acción. No defiendo las actitudes que surgen de impulsos ni pretendo que se subestime o se minimice la necesidad de reflexión. Sí creo que hay lugar para las dos posibilidades a lo largo de la historia que pretendemos escribir porque cuando se ve que algunos ascienden a costa de los demás y pierden hasta el más básico de los escrúpulos en su escalada, no caben las estrategias educativas ni las tácticas de convicción para que revean su visión del mundo, simplemente porque si llegan a tal grado de desviación que no conocen la diferencia entre valor y disvalor, están más allá del razonamiento y sólo responden a los hechos. En ese sentido, a veces ciertas recetas teóricas de algunos iluminados que gestionan recursos humanos me producen una sonrisa de tolerancia sarcástica, sobre todo cuando se pregona con cierto aire fundamentalista que la educación y la persuasión son mejores estrategias que la sanción o el castigo. Yo soy uno de los que ve que hay gente que ha desarrollado impermeabilidad y que la única manera de que se ponga en evidencia y a partir de ello se depure el sistema, es aplicando un castigo proporcional a la falta. Es inútil darle lecciones a un arquero después de que la pelota ha llegado por quinta vez al fondo del arco y en todas las oportunidades, el delantero rival le pegó a la pelota del mismo modo, desde una distancia parecida y hacia un sitio similar del arco.

Impotencia porque no tengo el modo de que mi decisión de decir basta se escuche con más claridad y que tenga la potencia como para que nadie argumente que no ha oído lo que tengo que decir y esa falta de herramientas me rebela, me enoja, me saca de quicio y me frustra porque sé  que en cierta medida es una carencia de la que yo también soy responsable. No he conseguido darle a mi voz el volumen suficiente como para que llegue a los rincones a los que debe llegar y conmueva allí los oídos de quienes han de tomas las decisiones para que esto que estamos viendo cambie del modo más radical posible porque en este estado de cosas, otro tipo de cambio sería sólo cosmético.

El fuerte está cercado. La desaprensión, la incompetencia, las actitudes negligentes, la defensa corporativa de algunos indeseables y la necesidad de la masa crítica de que las cosas sigan como están porque es el escenario más favorable para ocultar sus miserias que son muchas y grandes. Un escenario en el que los mediocres son protagonistas y los mejores, a lo sumo hacen de extras, de tal suerte que en muy poco tiempo dejan de ser los mejores para convertirse en comparsa que acompaña al resto, se confunde con él y hace más difícil revertir la decadencia porque es casi imposible llegar al núcleo haciendo tanta gente que lo protege y cada vez, viendo el modo en que evoluciona el asunto, habrá más y más, lo que en un momento dado, debería hacernos desistir de la ilusión del cambio porque si hoy es virtualmente imposible llegar al corazón de la inercia, mañana será efectivamente imposible hacerlo y entonces será el momento de proclamar que todo está perdido y que no hay vuelta. Ganaron ellos, podremos decir cuando en realidad lo más ajustado a la verdad sería reconocer que nosotros perdimos y nos han derrotado en una batalla que no supimos librar en parte porque creímos en cierta nobleza de los códigos de guerra que no cabe para quienes nos ha tocado enfrentar, pero mucho más porque nos olvidamos que de tanto despreciar al enemigo, se termina subestimándolo y ese, creo, fue el error, pensar que tener los valores, el conocimiento, el deseo de superarnos, la visón de excelencia y la vocación era suficiente. Hasta ahora se viene demostrando que nada de eso alcanza y que hace falta algo más. Ojalá nos demos cuenta qué es antes de que suceda lo que se ha profetizado tantas veces y la cucarachas terminen dominando el planeta.

Impotencia

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