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Corrían de un lado a otro como hormigas. Sin detenerse, como si no tuvieran necesidad de tomar aire y no conocieran el cansancio. Las mejillas rojas y apenas una gotitas de sudor perlando sus frentes. El pelo mojado en las puntas y la ropa desarreglada. Eran la definición de la libertad. Más que los pájaros aunque de lejos parecían moverse en bandada, como si todos persiguieran o escaparan de los mismo, al compás de gritos agudos y chillones y risas que parecían salidas de una cajita de música. Esa tarde de otoño estaba más viva que de costumbre por ellos que habían invadido el parque, tomando por asalto los juegos y obligando al resto del mundo a batirse en retirada, vencidos. Ellos eran los dueños ahora y disfrutaban de su nuevo territorio, explorándolo y descubriendo cada rincón como si lo dieran vuelta para exponerlo a la luz, así de ese modo dejaba de haber secretos y se acababan las sombras porque en los sitios donde los niños juegan, las sombras no tienen sentido y se nota que ellas lo saben porque en un momento desaparecen.

Había tomado la costumbre de llegarse al parque por las tardes, si el trabajo se lo permitía, se tomaba unos minutos y se sentaba en uno de los bancos cerca de los juegos y dejaba que sus ojos fueran a encontrarse con los chicos. Un ratito le bastaba. El tiempo suficiente como para que se le atenuara la angustia que le sacaba a la superficie todo lo que ella peleaba para mantener sumergido y cada vez que esos monstruos salían de su escondite en lo más profundo, sentía como si le hirviera el alma. No le alcanzaba el aire y la tristeza se hacía sólida y helada como la pared de una caverna. No había modo de escapar de esos fantasmas, los únicos que existen, salvo dejándose llevar por ese alboroto menudo que se llenaba el parque de vida, salvo los días de lluvia que se le hacían difíciles porque en ellos la soledad le cercaba las salidas y se quedaba encerrada en un calabozo lleno de espejos que le devolvían justo lo que ella trataba de no ver. Se miraba sin remedio ni alternativas, hasta que el sueño la salvaba de la condena y le daba otra oportunidad porque mañana, tal vez y sólo tal vez, las cosas serían diferentes.

Había dejado de ir a los peloteros. Habían demasiados niños y no tenía tiempo de mirarlos a todos sin que antes, alguien advirtiera su presencia o ella lo percibía así. Se ponía incómoda, las manos se le humedecían y en lo único que pensaba era en salir de ahí, huir de quienes la miraban con una expresión de desconfianza que era como si la condenaran sin juicio previo porque ella misma pensaba que lo que podría decir no cambiaría nada. En ese momento, cuando percibía un par de ojos posarse sobre ella, le surgía el impulso de irse lejos, donde pudiera ser invisible y en lo posible no provocara sensación alguna de la gente. Sabían. Estaba segura que ellos sabían aunque nadie se atrevía a decirle nada y ese silencio lastimaba más que el peor de los insultos. Tampoco ella les daba tiempo porque desaparecía en el preciso instante en que se sentía amenazada. La odiaban. Estaba segura de eso, como estaba convencida de que el estigma se le notaba. Era inútil negar eso porque los ojos que se posaban sobre ella rebalsaban de odio.

En el parque estaba más segura porque era tanta la gente que andaba por allí que nadie reparaba en ella y su presencia, lejos de llamar la atención, era ya una parte del paisaje. Se movía con cuidado, al punto de cambiar con toques sutiles su apariencia cada día y no  se vestía de manera llamativa para no correr riesgos. Siempre llevaba un libro o una revista y simulaba leer durante el tiempo en que permanecía sentada frente a los juegos mirando a los niños. En realidad ella estaba en ese banco con un libro o una revista en sus manos, pero sus ojos y su alma corrían por los senderos, se trepaban en las hamacas, se deslizaban por el tobogán, desfrutaban del vértigo del trompo y del encanto irrepetible del sube y baja. Procuraba ser transparente  para que ninguna mirada se detuviera en ella, más aún porque después de haber dejado los peloteros, ya no había vuelto a sentir cómo quemaban los ojos llenos de odio cuando se le posaban en la piel.

Ese día en el parque le pareció verlo. Fue fugaz. Apenas un segundo. El tiempo suficiente como para que esa imagen hiciera retroceder el tiempo hasta el principio. Pequeño. El pelo negro azabache brillando en tonos azules con el sol. La piel morena como la suya y los ojos vivaces, de pequeño aventurero que adivinaba que detrás de cada árbol, debajo de los bancos y en algún rincón del arenero se escondían los duendes, los piratas, los marcianos y los terroríficos monstruos que él usaba para jugar con el desenfreno y la falta de medida que se tiene a los cinco años. A esa edad en la que hasta lo imposible queda al alcance de la mano, por menos hasta que el tiempo trae la realidad para que se adueñe del tablero, imponga sus reglas y transforme el juego en lucha y el horizonte en un lugar complicado que vivía cambiando y pasaba desde la calma celeste de un día apacible, hasta la peor de las tormentas que cuando uno es niño, se vive en los brazos de quien está allí para cuidarnos y que después, al crecer, no es que se vaya y nos deje, sino que esos brazos se quedan un tanto cortos y no alcanzan a ser el escudo que alguna vez fueron. Lo vio o al menos creyó verlo comandando un ejército desgarbado y sin disciplina que corría alrededor de la fuente persiguiendo a un enemigo imaginario que parecía estar ganando la batalla y pese a eso, los soldados se reían y ponían todo el entusiasmo posible en la carrera hasta que la fatiga les ganaba el lance y quedaban agachados, con las manos en las rodillas, jadeando, exhaustos y felices. Lo más lejos que se haya visto jamás de un ejército derrotado. Del enemigo, ni el menor rastro.

Esa madrugada hacía frío y en el hospital le habían dado una sola manta, delgada, áspera y vieja, con olor a humedad que alcanzaba apenas para que el cuerpo se entibiara y se detuviera el temblor. Ya casi no tiritaba y era menos el dolor ahí abajo, parecido al que le daba algunas veces cuando le venía con mucha sangre y sentía que algo se torcía hasta ponerse tenso como la cuerda de un arco y ceder unos minutos como si tomara impulso y de nuevo el dolor, la transpiración bañando el cuerpo, la náusea y el gusto ácido en la boca, las paredes dando vueltas y el miedo. La cara de él o lo que le quedaba en el recuerdo de esa cara que de un día para el otro había desaparecido junto con un manojo de promesas que sirvieron en su momento para mantenerla a flote y de paso hacerle creer que el tiempo del dolor quedaba atrás. La cara, la voz, las promesas y la presencia permanente que no se desvanecía por nada del mundo y le daba días seguros donde era posible pensar que todavía valía la pena el intento. Dos líneas en el test casero y él que la miraba con una expresión diferente y ella que buscaba en esos ojos lo que sabía que ya no estaba. Vacía. Sola. El fuera del alcance de las palabras y ella cargándose de ecos, con un gusto a metal en la boca y una tristeza seca que le perforaba el pecho. Se tocaba ahí, como pidiendo perdón mientras el colectivo la acercaba al hospital donde la esperaban para ayudarla. Ya se había puesto las pastillas y sentía el protector húmedo y tibio, junto con los primeros dolores y el mareo. Huevo muerto y retenido. Fue el diagnóstico y un legrado el tratamiento, junto con una manta demasiado delgada para ahuyentar el frío y un trato más helado aún de quienes ya habían dictado sentencia, tirando la primera piedra.

Lo soñó durante cuatro días en una imagen permanente que estaba colgada del aire delante de sus ojos y no la dejaba en paz. Era la cara de él, su piel y los ojos mezclados de los dos. Lo imaginaba de cuatro o cinco años y al quinto día, cuando regresó al hospital porque volaba en fiebre y olía muy feo abajo, esa imagen desapareció del aire y sus ojos se desocuparon y quedaron esperando mientras se tocaba abajo como preguntando por qué a los veinte años ya no habría forma porque ya no había nido. Estaba viva para todo el mundo menos para ella. Daba la impresión de que se había ejecutado la sentencia.

Acecho

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