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Necesitamos abrir un Servicio de Medicina del Trabajo para el Hospital, me dijo el entonces Director del San Bernardo. Si te interesa, te propongo que seas Jefe. Yo tenía el título de la especialidad y algunos antecedentes y como de costumbre parece que la palabra ‘Jefe’ ejerció en mí el mismo efecto que la carnada en un pez y cuando me quise acordar, tenía el anzuelo en el intestino delgado. En ese tiempo era muy vulnerable a esos ofrecimientos y más cuando me los hacían en primera persona del plural porque les veía como un cierto dejo a lenguaje de la realeza y tal vez mis antepasados europeos dejaban aflorar sus simpatías monárquicas a través mío. Ya mi enfermedad se había hecho evidente y cualquiera se daba cuenta que la padecía, tanto que cuando me hicieron la propuesta, café de por medio, en el despacho del Director del Hospital, ni se me ocurrió preguntar qué ganaba al meterme a controlar el ausentismo en un hospital. ingenuo (por decirlo de algún modo) de mí por creer que se trataba de sólo de eso y más aún por pensar que la tenía clara porque ya había hecho un trabajo así en una bodega de Cafayate, donde las cosas eran mucho más tranquilas y se trataba de una empresa privada. Nada más lejos de la realidad porque no es moco de pavo controlar el ausentismo en un hospital con más de mil quinientos agentes, la mayoría de ellos conocedores de todas las mañana habidas y por haber y con un sistema de tráfico de certificados de favor que funcionaba más aceitada que cualquiera de los servicios asistenciales. A las dos semanas de estar ahí, ya tenía identificados a los ‘certificadólogos’ más prestigiosos del hospital y una vez que elaboré el ‘top five’, se me ocurrió la peregrina idea de ir y encararlos uno por uno. Si algo aprendí de esa experiencia es que no se puede hablar con al autor de un certificado trucho porque se coloca tan a la defensiva que es lo mismo que tratar de darle besitos en la espalda a un puercoespín y desde esa posición agresiva con algunos matices de soberbia nos hace saber que no tenemos idea de con quién estamos hablando y que llevan aquí veinticinco años y a esta altura de su vida no va a venir un mocoso a decirles cómo hacer un certificado y a quién se lo tienen que hacer. Ese más o menos fue el modelo de respuesta que recibí en su momento de los más prominentes ‘certificadores seriales’ del hospital que incluso fueron a quejarse con el Director porque ese changuito de Medicina Laboral andaba cuestionándolos y no se lo iban a permitir.

Tuve que remarla (fue duro, ahora que lo recuerdo). Lo tenían todo montado y era una estructura tan cerrada que costaba meterse. Era tanta la mugre que uno terminaba desconfiando de todo el mundo y como suele suceder en estos caso, pagaban justos por pecadores y los justos encima pagaban con intereses punitorios porque siempre eran los que salías peor librados. Los otros seguían en la suya con la convicción de que eran intocables y debo decir que de acuerdo a mi experiencia tenían razón. Por motivos que en ese entonces eran oscuros para mí, se las arreglaban para estar bien con los que dentro del hospital cortaban el queso y si bien el Director me apoyaba (no por mis méritos sino porque yo estaba donde estaba por decisión suya), ese apoyo tenía sus límites y nunca los perjudicaba. Todos sabían o a menos tenían la firme sospecha de quiénes eran, era un comentario de pasillo frecuente que un certificado por tratamiento psiquiátrico costaba tanto o que eran unos expertos en fabricar lumbalgias o problemas de dolor crónico que ni Cristo Resucitado sería capaz de detectar. El folklore hospitalario hablaba de estudios disponibles con hernias de disco, artrosis de cadera, aplastamientos vertebrales o electroencefalogramas lo suficientemente alterados como para justificar meses de ausentismo. Todo con su precio y condiciones porque no sólo se trataba de dinero. Había una evidente cuestión de poder, de control y de necesidad de escalones para ascender por las laderas de la pirámide hasta colocarse lo más cerca posible del vértice. Si le daba una mano al enfermero que pesaba en el gremio o a uno de los médicos de la asociación interhospitalaria o a alguien clave en la dirección de personal, se allnaba notablemente el camino y se eliminaban ciertos obstáculos, con los que la vida den el hospital se hacía mucho más cómoda y más beneficiosa, sobre todo si se tenía en cuenta que esas fuente de ingresos que eran los certificados, se alimentaba por medio de la publicidad ‘boca a boca’. Era cantado que me metía más de lo aconsejable y ellos no me lo iban a permitir.

La verdad es que nunca me llegaron noticias de que no me lo permitieran y yo a todo esto, subía la apuesta e insistía en ganar amigos, como hice en estos últimos veinte años porque no conforme con el tema de los certificados y como si no tuviera suficientes conflictos, me metí con el tema de las juntas médicas para las jubilaciones por incapacidad. Todos los que tenemos más de veinte minutos de recibidos, sabemos que ese es todo un tema, para decirlo de modo cortés. Un asunto más que espinoso y nos estamos aproximando. Se podría definir como un campo minado sobre el que hay que ir caminando con todo el cuidado del mundo porque detrás de cada inocente pedido de determinación de incapacidad, se pueden esconder promesas de padrinos políticos que se ven obligados de devolver favores, estudios de abogados que hacen la suya para rapiñarle unos pesos a ese pobre infeliz que cree que de ese modo se ‘apuran las cosas y el trámite sale o sale’. Conste que no estoy hablando de las juntas  médicas en las que se decide el retiro de una persona que trabaja en blanco, se enferma o se accidenta y queda con las suficientes secuelas como para que se considere la posibilidad de jubilarlo. No, hablo de las otras juntas médicas, de las que se constituyen en repuesta a esa suerte de brote epidémico que ocurre en fechas cercanas a las elecciones. En esos caso, llega el buen señor o la buena señora con un formulario donde su médico de cabecera hace constar uno o dos diagnósticos que en general suenan a graves, incluso hay algunos profesionales que se especializan en adjetivar las enfermedades de tal modo que uno siente un cierto escalofrío de pánico mientras evalúa a la persona porque no vaya a ser que caiga fulminado en el consultorio. Uno nunca sabe. Con tanta cosa que le ha descubierto su médico con un análisis de orina y uno de sangre, surgen dudas y la verdad que hasta invade un cierto temor porque no es broma estar frente a una persona que tiene depresión severa reactiva, artrosis, osteoporosis generalizada, hipertensión arterial, hipercolesterolemia, miopía, astigmatismo, seborrea y calvicie incipiente y que encima en su formulario de solicitud de pensión alguien escribió con lápiz en el casillero correspondiente (porcentaje de incapacidad) ’76 %’, número mágico que por ese entonces era el piso a partir del que la persona podía acceder al beneficio. Los punteros políticos en su rol de padrinos, no se tomaban jamás la molestia de decirles a sus ahijados que nosotros éramos la primera instancia y después, nuestro dictamen iba a una junta nacional, donde se rechazaban noventa y ocho de cada cien pedidos. Eso no interesaba, lo importante era dejar al incauto con la esperanza de que su trámite estaba en curso y que había que tener paciente porque esas cosas tardan y mientras tanto, en las próximas elecciones ya se aseguraban unos cuantos votitos que nunca vienen mal. Ahí estaba yo para intentar patearle el asado a esta gente. De más está decir que ellos siguieron con su modo peculiar de hacer política y yo con mis principios que en esa época confundía con valores que al final del mes no me aportaban un centavo para pagar las cuentas. ¿El sistema? Bien gracias. El sistema debió haber perdido mi dirección o no tuvo la oportunidad. Por eso es que jamás me llegó una carta de felicitación ni una muestra de gratitud por los servicios que prestaba en honor a la rectitud y a la honestidad de la salud pública desde mi humilde lugar de trabajo. Menos aún se me solicitaron mis medidas para el monumento que se supone hay que erigir a los benefactores que entregan su vida por los demás de manera desinteresada.

(Continuará)

Curado VII

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