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(Una vez más, al que le quepa el poncho que se lo ponga y si le calza  que no se ofenda y empiece a cambiar ahora porque mañana va a ser demasiado tarde)

No quiero ponerme amargo ni tan escéptico que termine provocando rechazo. Voy a intentar que el sarcasmo no se me escape y salga por ahí a hacer de las suyas fuera de control como un asesino serial. No vaya a ser que alguien con la sensibilidad a flor de piel se ofenda y bajo el amplio y utilitario espectro de la ética como se entiende ahora, se sienta tocado por cosas que pueda yo pensar y expresar. No nos olvidemos que a la hora de las susceptibilidades, nuestro gremio dice presente y copa el centro del escenario, del mismo modo que lo hacen las lloronas mexicanas en los velorios, sufriendo con todo el empeño y la voluntad posible. A estas mujeres se las convoca para que haya una música de fondo rebosante de lágrimas y cumplen con su cometido hasta tal punto que uno termina creyendo que en verdad ese difunto había dejado un tendal de corazones desquiciados por el dolor irreparable que produjo su partida.

Se trata de una puesta en escena efectiva y creíble, lo que no significa que sea verdadera, al menos en su esencia. Es un sufrimiento impostado, una ofensa sobreactuada, igual que la de mis colegas (por llamarlos de algún modo) que es puesta en funcionamiento para desviar el eje de la atención y no por otra cosa, cada vez que según su óptica (miope por otra parte) se los ataca. Sin ir más lejos. Cuando en algún medio sale una nota que pone en tela de juicio la atención que se le da a la gente en el sistema de Salud Pública (raro que el sector privado sea noticia porque son más hábiles para maquillar sus errores), en lugar de voces de autocrítica y reflexión, surgen como hongos los prolijos artesanos del atenuante y de la excusa que comienzan a tapizar el ambiente con circunstancias que justifican largamente las fallas asistenciales que impactan en la gente de manera directa, pero que reconocen siempre un origen que es el ‘sistema’, ente de mil cabezas y un solo cuerpo al que a lo largo de la historia se lo acusó de mil y un tropelías, pero jamás conoció una condena porque los ‘sistemas’ son en definitiva inimputables como lo es todo ente abstracto, dentro de cuya trama se diluyen hasta desaparecer las culpas y las responsabilidades.

Cuando no son los sueldos de hambre o salarios indignos, es la sobrecarga de trabajo, la agobiante presión que se sufre en los hospitales y centros de salud, la falta de recursos y la insensibilidad de los gobiernos de turno. Todas estas afirmaciones que pretenden funcionar como atenuantes, sólo consiguen añadir patetismo a la crónica de la situación actual de nuestra salud pública que cuando es encarad desde estas premisas, está a años luz de ser un análisis.

Los sueldos de hambre que reciben los profesionales son percibidos en la enorme mayoría de los casos sin que se haga una evaluación real del volumen, la calidad y la eficiencia, entendida como el uso racional del recurso. Para qué decir que tampoco se toma como variable el cumplimiento de los horarios, la puntualidad en la llegada a los sitios de atención, las suspensiones de prácticas muchas veces sin razón valedera, la poca adherencia a normas y protocolos, algunos de ellos universales como el lavado de manos. No. nada de eso se tiene en cuenta a la hora de poner en negro sobre blanco la realidad del trabajo médico que hoy por hoy y las pruebas sobran, está siendo cuestionado en su forma y en su esencia. Sería bueno que le prestemos tanta atención a una como a la otra porque son partes de un todo que se complementan y contribuyen a un resultado. Más allá de cualquier otra consideración, la falta de respeto por las formas, por ejemplo en un pedido médico podría asimilarse a la actitud de un chef que se esmera hasta el extremo (ojalá pudiera decirse lo mismo de los médicos) en preparar una comida gourmet y en vez de cuidar el equilibrio al presentarlo, opta por tirar sobre el plato las cosas y que caigan como caigan. Podrá estar muy rico, pero no dan muchas ganas de comerlo. Esa es la sensación que me producen muchos pedidos médicos que veo a diario en los que no sólo da la impresión de que hay muy poca idea de cocina, sino que además no existe la menor consideración por el cliente al presentarle el plato. Fallos de forma y de fondo. Una combinación peligrosa de displicencia que subestima la forma e ignorancia que desconoce el fondo, potenciada con la incapacidad de reconocer las carencias y autodefinirse como competente, sin permitir que nadie dude de ese dictamen que se derrumba a medida que las actitudes muestran lo contrario.

Estoy harto y se nota. Me satura el hecho de que en cada aspecto de la práctica médica donde palpo, aparece un absceso y más que desarrollar una capacidad especial para hundir el bisturí allí donde se acantona pus, me parece que son tantos los sitios indicados que cualquiera produciría el mismo efecto de drenaje porque la infección está lo suficientemente generalizada como para que haya pocos o ningún sitio del cuerpo que haya sido respetado por ella. Forma y fondo, desprecio y desconsideración. Negligencia y soberbia que invaden los estratos de la masa crítica desde la más temprana edad y se notan en los inicios de la residencia incluso y por cada uno que se parte la espalda todos los días para que la roca ascienda por la ladera de la montaña, hay cien que se sientan a mirar al que se desloma trabajando y esperan el momento preciso, cuando lo ven extenuado, para empujar la roca hacia abajo y poco o nada importa si le pasa por encima a ese infeliz que ha dejado la vida en el esfuerzo. Por cada uno que construye o repara los daños, hay diez que depredan y en ese contexto se corre el riesgo de generalizar, pero pareciera a como están las cosas que incluso esa opción de considerar que todo se cae a pedazos, no está demasiado lejos de lo que ocurre en realidad porque en el día a día, convengamos, son muchos más los que ensucian que los que se ocupan de limpiar y estos últimos, lo digo a modo de comentario y no de amenaza, ya se están saturando y en cualquier momento dejan el escobillón y se decidan a la caza y a la pesca y que otro mantenga más o menos ordenado el boliche.

Estoy repodrido de que un mocoso de veintipico no se atenga a las reglas de juego porque cree que un sello con su nombre, su matrícula y el prefijo usurpado de ‘doctor’ lo hacen por definición un ser especial que se halla por encima y más allá de las leyes que rigen a los mortales comunes de a pie. Los veo y nos veo hace veinte años, preguntando antes de irnos del hospital (generalmente más tarde que la hora de salida) si había algo que teníamos que ver, un laboratorio pendiente, un examen preoperatorio o una guardia saturada y poca gente a la que darle una mano costaba menos de lo que parece costar ahora. Nosotros. Ese es el tema. Creer que hay nosotros y por ende, asumir que existen ellos y después de ese contraste, apostar por nosotros que podemos cometer errores como episodios, pero no como sistemática y que habíamos desarrollado el suficiente sentido de la responsabilidad como para detectarlos y pedir ayuda como único modo de corregirlos. En este tiempo de prebendas y atajos, de falta de respeto y desconsideración, seguimos siendo capaces de ensuciarnos las manos para desentrañar los conflictos de intereses, de terminar con los ojos rojos, pero felices porque encontramos ese artículo que sustenta lo que pensamos y nos da la plataforma para hacer lo que decidimos, sin que nos interese en lo más mínimo qué pueda decir la industria al respecto. Somos capaces todavía de estudiar por el placer de hacerlo y de compartir lo que sabemos del mismo modo que se comparte cualquier cosa que gratifica. Nosotros.  De ellos en este punto me voy ocupar poco. Una cosa sí tengo necesidad de decir. Te apuesto veinte a uno que la mayoría de los que comparten título con nosotros sigue aprendiendo farmacología y terapéutica de los APM y sus folletitos, busca el modo de seguir el camino corto y a la hora de asumir la responsabilidad y de tomar decisiones, desaparece detrás de la primera puerta que encuentra y que se arreglen los que vienen detrás, desprevenidos ¿Les parece bonito?

Catarsis

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