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Por enésima vez lo repito: Al que le quepa el poncho, que se lo ponga

Por si acaso se nos ha olvidado. Somos médicos y como tales, deberíamos volver a sentir la necesidad de que nuestros pacientes estén mejor y en lo posible que se curen o al menos recuperen parte de lo que se les lleva la enfermedad porque en definitiva es lo que alguna vez juramos y lo que nos sostiene como profesionales y como personas. Nos da sentido dirigir nuestra vocación hacia el dolor porque si algo nos distingue (o al menos debería distinguirnos) es la posición que adoptamos frente al sufrimiento del prójimo que no puede ser otra que enfrentarlo con todos los recursos a nuestro alcance e independientemente del resultado, tener siempre la tranquilidad de conciencia en el sentido de que hicimos lo debido, conforme a nuestro conocimiento científico y nuestro juicio clínico. Es tan claro que cuesta entender por qué da la impresión de que cada vez se cumplen menos los preceptos que se supone guían el acto médico que en sí mismo parece ser víctima de una enfermedad que se caracteriza por síntomas muy evidentes que si pasan inadvertidos, es porque no se destina el tiempo suficiente ni la sagacidad y la paciencia necesarias como para observar lo que pasa y vaya que pasan cosas que muchos hacen como que no ven porque parece más conveniente negar una realidad que toca la puerta de la institución médica, sin pensar siquiera que más temprano que tarde conseguirá derribarla y a partir de ese punto ya no habrá retorno.

Es tiempo de cambiar, de torcer la ruta desviada por la que está transitando la medicina hoy y tratar de enderezar el rumbo. La opción, en cambio, sería seguir directo hacia el precipicio y de allí directo hasta el fondo del abismo, futuro que parece estar oculto para los ojos de la mayoría de los médicos que no perciben que se están rozando los límites de lo tolerable con algunas actitudes y que se juega peligrosamente no sólo con la confianza de las personas que acuden a nosotros, sino con la estabilidad y la credibilidad de los sistemas que le dan marco y sostén a la práctica evitando la anarquía aunque si somos honestos, de un tiempo a esta parte, los sistemas de salud, tanto públicos como privados, han tenido muy poco éxito a la hora de hacer efectivos los intentos de normatizar y regular el modo de hacer medicina porque da la impresión que para la masa médica en general es más importante conservar su ‘libertad’ y seguir en la ruta de la ‘medicina basada en la anécdota’, ‘medicina basada en la experiencia’ o práctica ‘a propósito de un caso’ que procurar hacerse de evidencia para crecer como profesional y asistir con la mayor seguridad posible y el convencimiento de que se le brinda al paciente lo mejor.

El acto médico está enfermo. Es increíble la insensatez que se observa a diario, rozando el error de manera permanente y repitiendo conductas equivocadas como si no se tuviera la suficiente inteligencia y madurez como para aprovechar cada una de las equivocaciones como un insumo vital del aprendizaje que permitirá desarrollar las competencias que no son otra cosa que la capacidad de saber estar, saber ser y saber hacer (y cuando sea preciso, no hacer). Mejor no. mejor treparse en la escalera de la soberbia para subir lo más alto posible y no mirar lo que sucede a ras del suelo, donde acostumbran vivir los seres humanos que vaya casualidad, son la razón de ser de la medicina. Desde allí, desde lo alto, no se alcanza a percibir la realidad y merced a esa gracia, se está más cómodo, negando lo invisible y simulando con ello que no existe. En la cumbre del monte del autismo, las cosas son como uno cree que son y se valorizan de acuerdo a escalas peculiares que no tienen modo de ser confrontadas, de tal suerte que se equivoca el camino, se eligen de manera inadecuada las estrategias y se deja de lado el sentido de la profesión sin tener real conciencia de ello y así, por ejemplo, vemos médicos que tienen tantos pacientes que no les alcanza el tiempo para atenderlos, pero a la vez están convencidos de que son la bomba porque la gente abarrota sus consultorios y lo recomiendan mediante el poderoso ‘boca a boca’. El doctor es incapaz de decir que no y entonces la consulta se convierte en un ping pong peligroso, en el que el error da vueltas en el aire como un ave de rapiña, esperando el menor descuido de su presa para lanzarse en picada y devorarla.

El acto médico está enfermo de desconocimiento que no sólo se refiere a los aspectos técnicos y científicos de la medicina, sino a la esencia del ser humano que nos necesita. Cada vez hay menos tiempo (y menos vocación) de conocer a las personas y para qué decir establecer vínculos, involucrarse e implicarse en la historia que tienen para contarnos. Se desconoce que la consulta para muchos es lo más importante que les pasa y la esperan con ansiedad, se preparan para el evento y tratan de no decepcionar al doctor con sus pequeñeces, cuando la verdad del asunto es que en la mayoría de los casos el que decepciona a los pacientes es el propio médico que todavía es tan incauto como para afirmar que lo único que el paciente busca es que se le hagan estudios y se les indiquen medicamentos, cosa que está por verse y si fuera cierto, los principales responsables de esta subversión de valores son precisamente los médicos que han dejado que las cosas lleguen a este punto y las personas le crean más a una imagen borrosa llena de puntos grises que a la palabra honesta y franca de un profesional que con sus manos ha palpado más o menos lo mismo, por decir, un hígado grande, una tiroides aumentada de tamaño, caliente y palpitante o ha escuchado esos ruidos pulmonares que se esconden hasta de las tomografías de alta resolución. Creer eso es estar divorciado de la realidad, encerrado muy confortablemente en una fortaleza a salvo del sentido común, desde donde delega la responsabilidad de sus aciertos y errores a los resultados de los estudios y a la intervención de los especialistas a los que convoca pata que la red, por si se cae del trapecio, evite que se estrelle contra el piso y termine mucho más maltrecho de lo que se lo ve.

Vayamos por la opuesta. Si por si acaso a alguno se le ocurre sostener que el acto médico goza de toda sanidad y que lo que digo son puras estupideces, le pido encarecidamente que me explique:

¿Por qué cada vez se nota más distancia entre el paciente y el médico? ¿Por qué los médicos son más decididos a la hora de indicar que a la de suspender?  ¿Por qué da la impresión de que los médicos han olvidado cómo se cuenta una historia? ¿Por qué se siguen ‘poniendo de moda’ medicamentos que a la corta se demuestra que no sólo no superan lo existente, sino que son menos efectivos? ¿Por qué la ‘porsiacasoterapia’ se ha convertido en una de las ramas de la medicina que más expansión experimentó en los últimos tiempos? ¿Por qué los médicos ignoran las normas básicas para de confección de un pedido de estudios, una receta, una solicitud de interconsulta o una derivación a un centro de mayor complejidad? ¿Por qué cada vez se escucha a más pacientes diciendo que el médico no les explica lo que les pasa? ¿Por qué se sigue pensando que un sub-especialista es ‘la bomba’ y el clínico ‘nada más que clínico’? ¿Por qué la cesárea va reemplazando al parto normal y no parece haber nadie que alerte sobre los riesgos? ¿Por qué se reemplaza indiscriminadamente la palaba, el vínculo y la contención por moléculas que no sólo son de efectividad dudosa, sino que en no pocos casos entrañan peligro? ¿Por qué los médicos se resisten al uso de computadoras y persisten en la ilegibilidad? ¿Por qué en la mayoría de las actas de defunción se sigue colocando ‘paro cardiorrespiratorio’ como causa de muerte cuando se ha repetido hasta el cansancio que es incorrecto? ¿Por qué en pediatría se siguen usando los antibióticos como antifebriles y como ansiolíticos para padres? ¿Por qué se abusa de los estudios por imágenes que implican radiaciones, anestesia y contraste? ¿Por qué se sigue subestimando el riesgo bajo la peligrosa premisa de ‘a mí no me va a tocar’? ¿Por qué se coquetea con las demandas por responsabilidad profesional gracias a la mala relación médico-paciente, la ilegibilidad y la desidia con la que se asiste? ¿Por qué la industria es omnipresente en el entorno médico? ¿Por qué la actitud corporativa ha reemplazado a los valores de la ética?

Por favor, por el amor de Dios. Que alguien me diga que estoy equivocado. Va a tener que aportar pruebas en contra de los que digo. Bienvenidas sea, si existen. Igualmente: Al que le quepa el poncho que se lo ponga y en lugar de sacar a relucir excusas por sus actitudes, sería mejor que pruebe cambiando para mejorar y volver a ser médico con todas las letras. Amén.

Acto II

 

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