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Tratamiento I

(A quien le caiga el sayo que se lo ponga)

Salvo que esté muy equivocado, el diagnóstico ya está hecho. Se sabe que el sistema de salud pública está enfermo y más aún, es indiscutible que la patología es severa y debe ser tratada lo más rápido posible, sin usar palabras como urgente que ya han sido demasiado bastardeadas por el abuso como para seguir siendo creíbles. Hay que arremangarse, poner manos a la obra y dejar de declamar como las lloronas mexicanas ante cuanto micrófono o cámara se pone delante lo mal que está el sistema, lo terminal de la crisis, la necesidad de cambios, el deterioro de los valores, la falta de motivación del recurso humano. Para lo único que sirve esa letanía a la que son tan aficionados políticos y funcionarios es para hacer tiempo y en lo posible que se encarguen del problema los que vienen porque sin duda se sigue pensando en ciertos ámbitos que jugarse el pellejo para mejorar la realidad sólo vale le pena si los resultados (obviamente favorables) aparecen antes de que cambie el gobierno. En política parece que no se admite que uno siembre y otro coseche, sin que se tenga en cuenta que este paradigma egoísta sólo es útil a la hora de fortalecer el corto plazo, las medidas espasmódicas y los parches coyunturales. Como resultado de ese modo de hacer las cosas, sólo pensando en el día a día, es que tenemos una estructura de Salud Pública que se va a desmoronar apenas alguien la sople. Da la impresión que el Lobo Feroz se ha enterado del tema. Si es así, estamos en el horno, y vamos a tener que vivir apoyados contra las paredes de la choza esperando que empiecen a crujir las tablas ni bien el Lobo empiece a poner a punto los pulmones.

El tema es así de sencillo. Se construyó a los ponchazos una estructura precaria que casi no recibió mejoras ni mantenimiento programado y se la dejó a merced de las inclemencias. Suena lógico que con o sin el Lobo Feroz soplando desde afuera, este castillo de naipes se venga abajo a la primera de cambio y antes de que se asentara la polvareda, salgan de los rincones los personajes de siempre lamentándose y rasgándose las vestiduras mientras miran al cielo y se preguntan cómo llegamos a esto. La verdad es que la respuesta está cantada. Se llega adonde se va, más o menos rápido según el camino que se tome, de modo que aquel que ose sorprenderse por el estado en el que están las cosas, merece al menos una evaluación psiquiátrica o en todo caso, la toma de muestra para ADN, así descartamos que se trate de un ser de otro planeta, posibilidad a ser tenida en cuenta cuando se encuentra a alguien que no vio venir semejante avalancha.

Así como cuando una enfermedad permanece activa más allá de un cierto tiempo deja de ser llamada aguda para pasar a definirse como crónica, del mismo modo las crisis deberían tener fecha de vencimiento o un punto de corte a partir del cual dejen de denominarse así, para pasar a ser conocidas como realidad o estado de cosas. No es posible permitir décadas de crisis, ni lógico hacer de la crisis una forma de vida. Se admite que la crisis sirva de oportunidad para resurgir, como pregonan los orientales. Es lícito que se use como plataforma de lanzamiento para cambiar o mejorar lo hecho o como capital de aprendizaje al recordar sus implicancias cuando hay peligro de caer en la tentación de repetir estrategias que fracasaron. No está mal, en definitiva, pisar firme en la crisis como primer escalón de un ascenso, pero siempre teniendo en cuenta que lo que de verdad importa es que a este primer escalón le siguen otros.

En salud pública, el paradigma no es este y hay demasiada evidencia que sustenta tal realidad como para que se pierda el tiempo tratando de discutir el asunto. En este ámbito y sobre todo a nivel de los que toman decisiones, parece haber un regodeo hasta sensual cuando se rumia el vacío, cuando se da vueltas sobre lo que no está, imaginando universos ideales con o sin nostalgia setentista incluida. La famosa ´parálisis por el análisis’ que condena a la anquilosis y por ende a la inmovilidad dolorosa que sólo puede solucionarse reemplazando las articulaciones afectadas, procedimiento de alto costo, para nada libre de complicaciones y que no siempre resulta como se espera. ¿Para qué llegar a la postración si se puede prevenir manteniéndose en movimiento? Es evidente que conviene economizar empuje y dinámica para que los frutos (no importa si escasos y miserables) sean cosechados mientras el que sembró siga a cargo de la huerta. Total, mantenerse más o menos quieto y sin hacer olas por un par de años (duración media de un equipo ministerial) no cuesta tanto, más aún cuando se sabe de antemano que no se trata de dejar una profunda huella en la historia, sino de fabricarse un espacio en ese gran centro de reciclado que es un Ministerio, donde, a decir de Lavoisier: ‘Nada se pierde, todo se transforma’. Haciendo abstracción de la postura ecologista que se adopte frente al reciclado por lo que significa para la preservación del medio ambiente, en este caso de funcionarios que a través de los años saltan de rol en rol sin hacerle la menor mella al sistema, uno se plantea si no sería mejor adoptar una posición ‘pro-descarte’, con lo que seguramente en unos años, se lograría esa ansiada depuración que tanta falta hace y que jamás se plantea, tal vez porque quienes deben hacerlo, tienen la intención de perpetuarse.

Es lo que hay, por decirlo de algún modo. Estructura endeble y en pleno proceso de derrumbe, ausencia de recambio conductivo, mucho discurso y poca acción, demasiadas miradas puestas en el armado de las campañas electorales, centralización de las prestaciones en la capital y en el interior que los melones se acomoden como puedan. Tenemos improvisación sin el talento de un solista de Jazz, así que los resultados son lamentables, sobran decisiones espasmódicas, abuso del parche y falta de visión a la hora de pensar en revisar la cubierta para ver dónde están los clavos porque para ser gomero también hay que saber. Se nota el pánico a la audacia y la aversión al ejercicio creativo al formular políticas a mediano plazo (de largo plazo en este país, ni hablemos), así que aún ahora, paradigmas que han demostrado fracasar estrepitosamente siguen engarzados en el ideario de los que deberían conducir la salud pública hacia una situación mejor de la que está en este momento. Abundan las guerras de egos y la estrechez de mente que impide ver más allá de las cuatro paredes de la oficina a cuya silla giratoria están atornillados estos insignes funcionarios, a lo que se suma una notable escasez de destornilladores, conveniente y tal vez favorecida por ellos mismos. Choca el abuso de oratoria y la colocación de los problemas en la vereda de enfrente, como si las cosas sucedieran en otro planeta y lo que percibe la gente que usa el sistema fuera una aviesa distorsión de la realidad inducida vaya uno a saber por quiénes y con qué intenciones. Autoproclamas para que el mundo se entere de todo lo que trabajan por los demás, con lo que indefectiblemente caen en el viejo adagio: ‘Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces’. Es lo que hay. Menos ideas que agua en el desierto de Gobi. Puro despliegue de contrastes entre lo que nos cuentan y lo que vemos. ¿Qué se puede esperar de un sistema que no evalúa a sus integrantes y desalienta a los mejores a seguirlo siendo? ¿Qué se puede esperar de un sistema en el que la mediocridad se hace carne y no hay modo de erradicarla porque en cierto modo conviene? ¿Qué se puede esperar de un sistema que cobija (y promueve) indeseables sin que se le mueva un pelo? En fin (pausa para respirar). Sobre todo los que transitamos desde hace algunos años en el ambiente de la Salud Pública sabemos de lo que estoy hablando.

Como se suele decir, el problema es que si la cabeza anda desquiciada, qué se puede pretender del resto de las instalaciones sino un comportamiento acorde a lo que emana de los más altos niveles de conducción y ahí, en las líneas de mandos medios y en la ‘trinchera’, también es lo que hay y se nota que empeora el trato, la calidad en las respuestas y en las prestaciones, la información y se deteriora la comunicación del equipo de salud con la gente, hace agua por todas partes la organización de los sistemas y la gestión de los recursos. Se nota que el equipamiento del sector público tiene más incidencia de averías que el del sector privado y que de tanto en tanto llegan a los hospitales pacientes particulares para pruebas de laboratorio o imágenes que después exhibirán sin pudor alguno a su médico, después de entregar la orden de consulta y eventualmente abonar un adicional, de modo que no sólo se usa de manera indebida un sistema que debería priorizar a los que no tienen alternativa, sino que se lo corroe con la desidia, la desaprensión o el desinterés o como se quiera llamar a esa actitud de desapego a la gente y las reglas de funcionamiento y convivencia. Se mina la confianza y la credibilidad. La sensibilidad de los pacientes se hace carne viva y de manera constante estallan conflictos que cada vez se hacen más mediáticos y encarnizados ¿Es que acaso se hizo algo para que hoy no estemos como estamos?

 (continuará)

Tratamiento

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