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(Insisto: Al que le quepa el poncho que se lo ponga y se lo banque puesto)

Me parece que por esta vez no voy a recurrir a la parábola aunque sea un modo tal vez más ameno y menos ácido de explicar cada una de las cosas que me pasan cuando debo enfrentarme cara a cara con las evidencias del desmoronamiento en la calidad de atención médica. Estoy consciente que no sólo yo las veo y que además esta realidad no es privativa de nuestro país. Da la impresión que este derrumbe es universal y al menos a primera vista parece no tener vuelta. En la demolición se usan herramientas como la displicencia, la soberbia, el corporativismo, la cesión a las presiones de la industria, el facilismo y un empeño a toda prueba de bajar las exigencias, siempre y cuando eso no signifique resignar prebendas u honorarios. No caben las parábolas, no caben las fábulas, no cabe la ironía ni la diplomacia porque el sentimiento es demasiado visceral como para que acepte cualquier tipo de cosmética, de modo que me he decidido, antes de clavar el hacha en la playa y rendirme, seguir dando pelea de la única forma que conozco y es defendiendo el derecho que tiene la gente a que los efectores hagan las cosas como es debido. Decir el derecho a la salud me sonó siempre y me sigue sonando demasiado abstracto y por qué no altisonante, pero planteado desde los que tienen la responsabilidad de promoverla, preservarla, recuperarla y mantenerla, el concepto gana en concreción y se hace prácticamente sólido porque cuando se niega ese derecho, uno tiene a quién recriminarle, más en estos tiempos en los que la ley del menor esfuerzo es la única que la gran mayoría acata sin reservas y por elección consciente, ya que recordemos que en el caso de la ley de gravedad, no hay modo de eludir su cumplimiento. La ley del menor esfuerzo. Interesante. De un tiempo a esta parte, pareciera que ante la pregunta que implica un problema clínico, se recurre a un menú muy limitado de respuestas que incluye indicar un medicamento, solicitar un estudio o derivar a un sub-especialista. Se mueven entre la patética práctica de la medicina defensiva (la doctrina del ‘por si acaso’), la ilegibilidad de su letra que se conoce con el humillante apodo de ‘letra de médico’, la incapacidad de narrar y de hablar en lengua comprensible cuando se trata de explicar una enfermedad o trastorno, el convencimiento de que son especiales, inmunes, impunes e intocables porque los bendijo vaya a saber qué dios trastornado, colmándolos de supuestos dones que sólo ellos perciben que poseen, de tal suerte que habitualmente se portan con el prójimo como se le estuvieran haciendo un gran favor en dedicarle algunos retazos de su tiempo disponible. ¿Así son todos? Es indudable que no, pero también hemos de reconocer que cada vez cuesta menos trabajo encontrar alguno que encaje en esta descripción y mientras más hay de ellos, menos lugar quedará para nosotros, los que se supone que todos los días tratamos de hacer las cosas como es debido, lo que incluye cumplir estos objetivos que según nuestro modo de ver la medicina, son básicos. Vaya como un decálogo (los obsesos somos muy afectos a las listas, sepan excusarme):

(1). Mantener al paciente en el centro del escenario como foco donde convergen esfuerzos y recursos para procurar incidir del mejor modo en su vida. Una persona que llega con un problema clínico, trae preguntas y lo único que pretende es respuestas.

(2). Tener presente que el recurso es finito y las necesidades son infinitas, de modo tal que llegará un momento en que ya no habrá lo que había y cuando eso ocurre, será demasiado tarde para todo. Priorizar, tener en cuenta costo de oportunidad, no claudicar ante presiones comerciales, evitar la medicina defensiva y mantener la racionalidad en las indicaciones son modos de ‘estirar’ el recurso, sin pretender que alcance para todos (imposible), sino que le llegue a los que más lo necesitan. El campo de batalla en el que se desarrolla la medicina es económico porque se trata de compatibilizar recursos con necesidades.

(3). Preservar la infinita variabilidad del acto médico y evitar que se vuelva un proceso rutinario que lo acercaría más a lo que ocurre en la línea de montaje de una fábrica. Es muy peligroso para la esencia de la medicina perder de vista el axioma: ‘No hay enfermedades, sino enfermos’. Es imperdonable trasformar el acto médico en un ritual donde sólo haya espacio para la transacción y en el que a cambio de preguntas se entregan indicaciones y órdenes.

(4). Dejar establecido que podemos cometer errores por nuestra actividad, pero de ningún modo estamos obligados a equivocarnos para ser considerados humanos, pero sí tenemos el deber de hablar de nuestros errores, ‘hacerles la autopsia’ para llegar hasta el fondo de su origen, único modo de evitar que se reiteren. Es una estrategia valiosa, si las hay, para que de un solo error aprendamos todos. Seríamos más humanos tal vez si buscáramos el modo de prevenir los errores, aprendiendo de ellos cuando esa prevención falla y el error igualmente ocurre.

(5). Repetir frente al espejo día a día antes de iniciar la práctica que el desarrollo de las competencias clínicas básicas (Competencia: Saber ser, estar, evaluar, decidir, responder, comunicar, aprender y decidir), sumadas e un registro veraz de nuestros actos y a una relación médico-paciente sólida son la mejor defensa contra las demandas por responsabilidad profesional porque trascienden los resultados. Se expone a una demanda seria sólo el que no hace lo que debe o el que hace lo que no debe.

(6). Entender que cada uno de los integrantes del equipo de salud juega un rol y respetarlo porque el título de médico no nos hace ni mejores, ni superiores, ni especiales, ni benditos, ni infalibles, ni habilitados para tratar con displicencia, ni exceptuados de respetar normas, ni incontaminados (sin necesidad de lavarse las manos), ni imprescindibles, ni importantes por el sólo hecho de lo que dice nuestro sello de goma y/o nuestro cartón pintado por la Facultad. El título sólo es un envase vacío al que se debe llenar permanentemente con valores y actitudes.

(7). Desterrar la costumbre de confundir excusas con argumentos e ideas con personas cuando debatimos acerca de un caso clínico o de procesos de gestión de recursos en salud. Pocas cosas enriquecen más a un ser humano que el intercambio de conocimientos (argumentos) y por el contrario, empobrece y achata hasta la mediocridad recurrir a las excusas para explicar acciones o inacciones o personalizar la discusión borrando las ideas. Una excusa es a un argumento lo que un programa de Tinelli es a un documental del ‘National Geographic’ y personalizar una discusión en degradarla.

(8). Recordar que ante una decisión médica se debe tener presente beneficio, costo y riesgo propios de lo que se propone y en comparación con otras alternativas y a esta ecuación le debe integrar el paciente que debe participar del proceso con el mejor conocimiento posible del mismo. Hoy no basta con sólo no hacer daño, es imperativo procurar la mejor alternativa disponible.

(9). Tener claro quiénes son nuestros aliados, quiénes juegan el rol de adversarios y quiénes han asumido el papel de enemigos. Sin fundamentalismos, pero asumiendo unas cuantas cosas que nos van a servir a la hora de definir al lado de quién y contra quién luchamos. Dejar establecido que la industria y la corporación no son amigos ni buscan nuestro beneficio porque lo que recibimos de ellos sólo son pagos (mínimos) en concepto de alquiler de voluntad y de acción y si nos descuidamos, la cosa viene por el lado del leasing y de un día para el otro nos enteramos que nos han comprado (o descartado). Dejar establecido que la enfermedad no es otra cosa que una sumatoria de hechos y que las pasiones, la ira, la impotencia, el resentimiento y la bronca galopan por fuera de ella. La enfermedad es un enemigo sin pasiones y por eso tantas veces, usando esa formidable arma, nos supera. (10). Recordar cada día que nosotros deberíamos estar muy agradecidos de quienes nos permiten ejercer la medicina pese a nuestras falencias, debilidades, limitaciones y por qué no miserias. A ellos les debemos mucha más gratitud que la que debería existir de ellos hacia nosotros. Nos dan sentido, hacen que valga la pena existir y son los que saben hacer aflorar a la superficie lo mejor de nosotros si se los permitimos. Las virtudes y los valores de un médico afloran por su interacción con el paciente.

Edmund Burke, (1729-1797) escritor y pensador político irlandés dijo: ‘Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada’. La máxima tiene poco menos que trescientos años y parece que no ha prendido lo suficiente. Parafraseándola, se puede sostener que lo único que se necesita para que triunfe el profesional malo es que el bueno no haga lo que debe hacer. Sé que no estoy equivocado en mi percepción de deterioro, desmoronamiento o derrumbe de la concepción de medicina a la que adhiero (invito a quien piense diferente y dentro del respeto, a discutirlo) y por eso, mi objetivo diario es tratar de hacer lo que debo en base al decálogo que propongo, sobre todo porque creo que muchos de los que ven el derrumbe, tienen ganas de apuntalar la estructura, por lo menos para evitar que se caiga tan rápido y ganar tiempo hasta que sean posibles las reformas profundas que se necesitan y se deben hacer a nivel de los cimientos.

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